Pérez-Reverte y José Luis Márquez recuerdan la guerra 25 años después

«No hay guerra sin fotografía» («Ante el dolor de los demás», Susan Sontag)

Casi 25 años después de su publicación, «Territorio comanche» (Alfaguara), de Arturo Pérez-Reverte, se ha convertido en un doble clásico: del periodismo y de la literatura. «Se moja en el contenido, pero se contiene en la escritura y elige perfectamente las palabras», describió la periodista Berna G. Harbour al presentar la charla entre Pérez-Reverte y José Luis Márquez, el cámara de televisión al que Reverte dedicó esta novela, que escribió tras 21 años como corresponsal de guerra, los últimos nueve en Televisión Española; o como «cazador»; o como «puto reportero que no opinaba».

«Territorio comanche» cumple un cuarto de siglo el próximo julio, por lo que la conversación llena de tacos entre estos dos viejos periodistas, organizada el pasado 21 de mayo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, sirvió como homenaje en directo por parte del escritor a su «fiel amigo», aunque a veces se hayan «agarrado por el pescuezo».

«El que salía en el Telediario era yo. Sin él, no sería posible», reconoció un locuaz Pérez-Reverte. Aquel originario homenaje de 1994, a medio camino entre la ficción y la realidad, tenía un principal propósito: hacer volar un puente (una obsesión) que el dúo no había podido filmar en la antigua Yugoslavia.

«Márquez era como un robot, un trípode. Cuando caía una bomba, yo le movía para que pareciera real», reveló el miembro de la RAE. Pero el legendario reportero también le devolvía sus jugarretas; como aquella en la que le hizo repetir una entradilla –buena desde la primera toma– con un tanque serbio de fondo.

Imanol Arias y Carmelo Gómez fueron los «alter ego» de Pérez-Reverte y Márquez en la película «Territorio comanche» (1997), adaptación del libro homónimo a cargo de Gerardo Herrero – IMDb
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«Nuestro trabajo era contar lo que estaba ahí», defendió Pérez-Reverte; una «misión» compartida por Márquez, ávido de «hacer las imágenes más crudas posibles». Su otra misión era «joder un poco» la comida a los burócratas que veían la guerra a través del televisor. Bajo aquella premisa, Márquez pudo grabar, aunque mínimamente, la masacre de Tiananmén (1989). «Fue un verdadero caos. Era el único periodista que estaba en la plaza», recordó el cámara, que también describió cómo logró salir de allí en la parte trasera de una ambulancia, con un cartón sobre él. Aunque no entendía el chino, aquella vez sí que entendió las palabras de un nativo: «¡No te muevas por el amor de Dios!». Se quedó dormido del agotamiento hasta llegar al hotel.

Más que las tripas («Eran capítulos que pasaban y los dejaba atrás», comentó Márquez), son los nimios detalles los que acamparon en su memoria. A Pérez-Reverte le persigue una persecución: la de un perro con una pata rota en el Líbano («el horror es un perro que te mira»)… Un niño con un peluche levantando el puño a su paso… Las botas dejando huellas de sangre… Pero el «momento de la soledad del hotel», según Pérez-Reverte, siempre llegaba: «Márquez se apoyaba sobre la pared y fumaba. Yo leía mucho».

Al reportero gráfico le ha seguido toda la vida una imagen de Yugoslavia: «Una niña musulmana, de 6 o 7 años, vivía a cincuenta metros de un control que le disparaban todos los días. La madre la había dejado en manos de su abuelo y se había marchado a Italia. Esta niña, todos los días, iba al edificio de Naciones Unidas a pedir que la dejaran llamar a su madre para hablar con ella. Un día lo consiguió y la madre le dijo “No puedo hablar contigo”». «Eso es la guerra», apostilló su excompañero de faenas.

Un reloj y un nombre

Hace 25 años, Reverte dejó por escrito en «Territorio comanche» las tres causas de muerte como reportero de guerra: la mala suerte, la inexperiencia o la ley de las probabilidades, o sea, porque toca y punto. «Me acuerdo mucho de Julio Fuentes y Miguel Gil [“El Muyahidín”], que era abogado en Barcelona y unas vacaciones decidió irse a Yugoslavia a ver qué pasaba allí», rememoró Márquez. «Somos unos supervivientes. Hemos tenido mucha suerte», continuó.

Eso sí, Reverte avisa de que la buena y la mala suerte hay que «adiestrarla» («porque acaba») mediante la experiencia. Lo mencionó en la novela, cuando en una encrucijada en Vukovar (Croacia), Márquez deduce que el camino de la izquierda podría tener minas a raíz de la hierba no pisada. La suerte fue que les pilló de día y no de noche. Aunque, para mala suerte, la de «Jose» en Eritrea, durante 1975, donde se cayó por un precipicio, «desde veinte metros de altura», y se rompió la espalda.

«Ahora la gente sabe que la televisión es también un arma de guerra»

Pero el televisor siempre está ahí, recordándoles sus años mozos e inflando el mono de volver. «Es ver la tele y decir “ahí tenía que estar yo”», reconoció Márquez. Pero aquel Periodismo ya no existe. El excámara señaló literalmente su teléfono móvil como el acabose del oficio. «Ahora la gente sabe que la televisión es también un arma de guerra», justificó Reverte, resignado con que ahora «mover conciencias un día no vale para nada».

Y por aquel camino se dejaron la salud, el matrimonio… Márquez, de hecho, se divorció en cuanto acabó la guerra. Ya se había dejado por escrito en «Territorio comanche»: «Quizá por eso su mujer no se había divorciado aún: porque existían guerras a las que mandarlo». Algo quedó, sí: como aquel rolex que Márquez se había prometido a sí mismo como premio de jubilación y se lo acabó regalando Reverte con un pellizquito de «Territorio comanche». Fue durante una cena en Casa Lucio. «Toma, gilipollas, tu puto rolex». Y el impasible Márquez lloró; casualidad o no, uno de sus hijos se llama Arturo.

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