‘PCRcracia’

Ayer fui a mi centro de salud por primera vez en la pandemia. Es un ambulatorio público de barrio, barrio. De esos en los que hay más viejos que niños, menos cotizantes que pensionistas, más enfermos crónicos que agudos y menos bombas de aire acondicionado que bombonas de butano en los balcones, cerrados de aluminio para ganarle un par de metros a los 70 clavados del piso entre salón, cocina, tres alcobas y baño. Hoy, muchas de esas casas donde nos criamos quienes salimos del rodal al casarnos se venden porque los abuelos han muerto del virus pero, entre prisas y crisis, no hay compradores. Igual pasa con algunos bares, amortajados en vida con el cartel de se traspasa en la barra. Solo aguanta la cafetería frente al dispensario, con su tele de 85 pulgadas arrojándole los muertos, contagiados e intubados del día a la parroquia. Y la farmacia, con su cola al raso.

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