París se prepara para una batalla campal entre policías y chalecos amarillos

Desde el cielo, la plaza del Arco del Triunfo dibuja la silueta de una estrella de doce puntas, que se corresponden con las doce avenidas que nacen desde el monumento que le da nombre. Georges Eugène Haussmann, más conocido como el barón Haussmann, fue el responsable de ese prodigio: como prefecto del Sena, cargo que ostentó desde 1853, impulsó la gran reforma urbanística de París en el siglo XIX. Su objetivo, además de embellecer y sanear la ciudad, era evitar que las barricadas, como las de 1848, volvieran a brotar en sus calles; la solución que encontró fue construir bulevares y avenidas anchas, donde levantarlas era una tarea difícil. Más de siglo y medio después, el movimiento de los chalecos amarillos, que el pasado sábado tradujo su ira en grandes disturbios, cuestiona que la capital está a salvo de las revueltas.

La plaza del Arco del Triunfo, donde las carísimas Cartier o Bulgari conviven con los restaurantes para turistas y las tiendas de recuerdos, no conservaba huellas, el jueves por la noche, de los diturbios del sábado pasado. Solo un paseo por la avenida Kléber y Morceau, muy cercanas, mostraba huellas de lo ocurrido: pintadas en las paredes (“Macron, hijo de puta” o “Llevados por una ola revolucionaria”), bancos protegidos con postes de madera y cajeros reventados recordaban que, hace menos de una semana, los chalecos amarillos más violentos decidieron destrozar todo lo que se puso a su paso.

La jornada, que dejó imágenes de auténtica guerrilla urbana, con choques entre manifestantes y antidisturbios, se saldó con la detención de 412 personas, y con 133 heridos. Y aunque el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hizo esta semana concesiones a la protesta través de su primer ministro, Édouard Philippe, el sentimiento general en París, en consonancia con las noticias de los medios franceses, es que mañana se vivirá un nuevo día de ira, que se teme más violento que el anterior.

“Romper y matar”

Ayer, el periódico Le Figaro abría su edición digital con un artículo titulado “Chalecos amarillos: las fuerzas del orden se preparan para lo peor”, donde se citaban las declaraciones de un policía que afirmaba que, si se repetían las escenas de violencia del pasado sábado, “los compañeros no dudarán en utilizar sus armas para salvar el cuello”. El mismo diario, el pasado miércoles, hablaba sobre el temor del Elíseo ante la posible llegada a París de miembros radicalizados del movimiento, dispuestos a “romper y matar”. “Hay un llamamiento para venir armado -se leía en esa información- con el objetivo de ir a por los parlamentarios y a por las fuerzas del orden”.

“No me gusta la violencia, soy contrario, pero apoyo todo lo que nos pueda ayudar a salir de este clima de impuestos”, cuenta Orival, un taxista parisino de 46 años, a ABC. Sobre la protesta que se prepara para mañana, insiste en que no quiere “la imagen del pasado sábado”, y pide “que los chalecos amarillos, a los que apoyo, tengan cuidado, y que la policía también preste atención a quienes son verdaderos chalecos amarillos y a los falsos, que actúan como locos”. Su simpatía por el movimiento, con todo, es firme: “El Gobierno pone impuestos a todo. Yo, por desgracia, no puedo estar en la calle, pero animo a todos los que salen”, añade. De fondo, en su coche, un programa de la radio France Info da las últimas novedades sobre las manifestaciones.

En la avenida de los Campos Elíseos, el temor es palpable entre los dueños de comercios y restaurantes. Hamed Silva, de 32 años, trabaja en uno de ellos, que lleva cerrando tres sábados seguidos, uno de los días “que más dinero se hace”, como consecuencia de los disturbios. Es previsible que mañana suceda lo mismo. “Los impuestos suben, pero los salarios se quedan igual. Primero, los chalecos amarillos empezaron como un movimiento suave, pero ha ido alcanzado más amplitud, y el Gobierno está sobrepasado. Desde el 17 de noviembre, solo hay violencia. Hay muchos heridos, tanto policías como chalecos amarillos. Lo que piden es que el presidente hable”, explica. “Este sábado va a ser todavía peor -lamenta-. Habrá áun más gente”. Su juicio coincide con el de un camarero de otro local cercano, que no quiere dar su nombre, pero que cuenta que “este sábado hay que tener cuidado, porque la cosa se va calentar”.

Cerca de allí, unos estudiantes universitarios, sentados en un banco, también dan su opinión sobre los chalecos amarillos. Los jóvenes franceses se han incoporado al movimiento, sobre todo durante las manifestaciones más recientes: “Creo que es magnífico, estoy de acuerdo con él. Luchan por lo que quieren”, señala uno de ellos. Otro puntualiza: “Yo también, pero lo del Arco del Triunfo fue demasiado”. “Además, creo -vuelve el primero- que hay demasiada violencia, de la policía y contra la policía también. Creo que ha tomado una amplitud mucho más grande de la prevista, sería mejor si las manifestaciones fueran menos violentas”. “En mi facultad -explica también este alumno de la Sorbona, que prefiere no dar su nombre- los chalecos amarillos vienen para reclutar manifestantes, aunque está prohibido”.

Según ha anunciado el primer ministro francés, 8.000 policías y gendarmes vigilarán las calles de París este sábado. Las concesiones que anunció el martes -moratoria de seis meses de los nuevos impuestos a los carburantes- y su posterior ampliación -que los nuevos impuestos fueran suspendidos en 2019- no han logrado calmar los ánimos. En la página de Facebook de los chalecos amarillos, se anuncian dos eventos para mañana. Uno de ellos, titulado: “Chalecos amarillos, acto IV. Disolución de la Asamblea Nacional”.

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