Parejas que pasaron separadas el confinamiento nos cuentan sus reencuentros

Las dos últimas semanas fueron las peores. Claudia Rodrigo, de 20 años, vive en Madrid. Y su novio, Pablo, de 22, en Zaragoza. Que su relación fuera a distancia hizo que se adaptaran con facilidad a la separación impuesta por el confinamiento. Sin embargo, conforme avanzaban las fases de la desescalada, veían cómo otras parejas se iban reencontrando. Y a ellos, al estar en comunidades autónomas distintas, no les quedaba más remedio que seguir esperando. «Ya estamos haciendo planes y estamos más nerviosos», contaba Claudia a mediados de junio, cuando aún les quedaban dos semanas para verse.

Como ellos, muchas parejas pasaron separadas el estado de alarma decretado por el Gobierno el 14 de marzo. Las dos semanas iniciales se convirtieron en más de tres meses, aunque solo los que vivían en distintas comunidades autónomas tuvieron que esperar hasta la nueva normalidad, el 21 de junio, para volver a verse. En Verne hablamos con varias de estas parejas en marzo, cuando el confinamiento apenas había comenzado y sorteaban sus primeras semanas sin abrazos. Ahora hemos vuelto a contactar con ellos para ver cómo llevaron estos meses y cómo fue el reencuentro.

Comunicación y roces

En la primera semana de estado de alarma, Óscar Rodríguez, de 37 años, y su novia, de 34, en Madrid y Tres Cantos respectivamente, no habían hecho aún ninguna videollamada. Ahora él cuenta que después sí que las fueron necesitando, aunque el ritmo de las videollamadas fue bajando con el tiempo. «Las últimas semanas ya era raro que las hiciéramos», asegura. Pero le pasó con todo el mundo, también con sus amigos. «Hubo un boom al principio, pero luego cuando te acostumbras, entre comillas, a la situación, ya menos», reflexiona. No es algo del todo extraño: muchas personas fueron cambiando el vídeo por las llamadas solo de voz conforme pasaban las semanas.

Algo similar cuenta Claudia Rodrigo. Como en realidad ni a ella ni a su novio les gustan las videollamadas, las hacían solo cuando alguno estaba pasando por algún momento más difícil. «Pero a mí la videollamada me ponía muy triste», asegura, «es como que está muy cerca pero a la vez muy lejos». Al final, la comunicación era continua pero por WhatsApp, y alguna vez se llamaban también sin vídeo. «Se llevaba mejor que verlo y no poder acercarse», recuerda la entrevistada. Cuando faltaban aún dos semanas para verse, ella se preguntaba si todo seguiría siendo igual. «Supongo que sí, pero es un poco como si estuviésemos de nuevo empezando a salir», cuenta.

Mireia Cantero, que cumplió 24 años durante el confinamiento, dice que ella y su pareja, Víctor, sí hablaban todos los días, con o sin vídeo. Ella vive en Valencia y él en un pueblo a 10 minutos en coche, y desde el principio intentaron que la comunicación no fuese constante. «Intentábamos no hablar todo el rato, es fundamental tener tiempo para uno mismo», cuenta. Además, si hablaban sin dejarse espacio para desconectar, «al final todo era el mismo tema, todo era el coronavirus, o lo mal que estaba todo», relata. Mejor dejarse tiempo para respirar. Si en algún momento alguno de los dos se sentía más agobiado o solo, sí hablaban.

Por lo general, aunque todos pasaron por momentos difíciles, nunca vieron sus relaciones peligrar. El confinamiento de Cantero fue duro porque su abuela se rompió una cadera y estuvo dos semanas ingresada, así que pasó mucho tiempo de hospital con ella (permitían un acompañante). Ahí sí que echaba mucho de menos tener a su pareja al lado, al igual que cuando no pudo soplar las velas de su tarta con él. «Todo se fue haciendo un poco más complicado y agobiante hacia el final», dice. Pero aclara que lo hicieron bien y que no hicieron «trampas», aunque la tentación estuviese a 10 minutos en coche.

De las discusiones que pudieron surgir con sus parejas, todos tuvieron claro siempre que era culpa de la situación. Óscar Rodríguez y su novia tuvieron «algún roce», aunque nada grave. «Creo que también era por la monotonía, por parecer que vives en un mismo día continuo. Eso te afecta al carácter y a veces a las relaciones», dice el entrevistado. Hubo también días en los que a él no le apetecía hablar, porque después de estar todo el día en el teléfono por trabajo ya no quería usarlo para nada.

Por su parte, Claudia Rodrigo cree que también aguantaron esos posibles roces que pudieran surgir pensando que preferían verse en unos meses a no verse ya más. «Al vivir a 300 kilómetros tenemos ese compromiso», dice. Hay días en los que lo veía «todo negro» y otros «todo de color de rosa», pero como son «muy de hablar» solucionaban los problemas enseguida. «Hablamos de todo y no hemos discutido en año y medio de relación», asegura.

El reencuentro

Valencia estrenó la fase 1 el 18 de mayo y ese mismo día, a las 8 de la mañana, Víctor cogió el coche y se plantó en casa de Mireia Cantero. «No sé quién estaba más nervioso», afirma ella. «Él desde luego lo estaba mucho, se me puso a llorar, pobrecico», recuerda. Desde entonces, se ven todos los días. «Casi vive aquí», se ríe Cantero.

Óscar Rodríguez estrenó la fase 1 de Madrid yéndose a Tres Cantos, donde vive su novia. Dice que fue «un poco raro al principio», sobre todo en la calle, por «la mascarilla, no tocarte tanto»… Pero poco a poco se han ido adaptando. Se ven sobre todo en Tres Cantos, que es más tranquilo y hay menos gente. «Madrid sí que estaba más complicado», cuenta, especialmente cuando aún había franjas para salir a la calle.

En cuanto a Claudia y Pablo, por fin se vieron el 29 de junio. Ella cogió un autobús a Zaragoza («cuatro horas con la mascarilla puesta», relata) y él fue a buscarla a la estación de autobuses. Fueron en taxi hasta la casa de los padres de él, un trayecto «muy extraño» porque seguían los dos con la mascarilla. «No nos dimos un beso hasta que estuvimos en su casa», asegura la entrevistada, que dice que al principio estaba muy nerviosa.

No se quedaron en Zaragoza con la familia política de ella. Claudia Rodrigo habla en la última entrevista con Verne, a principios de julio, desde Calafell, en Tarragona, donde la familia de él tiene una casa. «Aquí no hay mucha gente, en la playa estamos casi solos y no salimos mucho», dice. «Son unas vacaciones de relax absoluto», asegura. El miedo a que las cosas no fueran igual al final resultó ser infundado. «A los dos minutos ya era como siempre. Es como si no hubiese pasado el tiempo», concluye.

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