‘Pagainfantas’

Crecí viendo a las infantas Elena y Cristina en la portada de las revistas rosa. Sus bautizos y comuniones, sus idas y vueltas al cole, sus veraneos en Mallorca, sus compromisos y, claro, sus fastuosas bodas, transmitidas por la tele pública con gran despliegue de medios sin que nadie dijera ni pío. Qué menos. Se casaban la primogénita y la mediana del idolatrado rey Juan Carlos, hermanas del heredero, relegadas por una Constitución que aún prima al varón sobre la mujer sin que a ningún partido se le caigan las siglas del oprobio. Después vinieron todas las debacles, privadas y públicas. El divorcio de Elena. La cárcel del marido de Cristina. La pérdida del norte, el sur, el este y el oeste de Juan Carlos. La disgregación de la familia real y de la real familia. Se acabaron las vacaciones, las Navidades, la misa de Pascua juntos en la catedral de Palma. A Cristina, incluso, le quitaron plazas y calles y su nueva Majestad, su hermano, la despojó del ducado que le dio su padre por su boda. Desde entonces, hermanas y padre parecen habitar, dos palmos sobre el resto y eternamente enojados, un mundo que no entienden.

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