Otras voces, otros ámbitos

La última vez que estuve en Caracas, Sofía Ímber me narró con lujo de detalles aquel día horrible, el 15 de enero de 1988. Carlos y ella se habían levantado al alba, como de costumbre, para su programa televisivo, Buenos días, y éste había transcurrido de manera sosegada, sin las polémicas y griterías, tan frecuentes. Se alistaban para irse, ella a su museo y él a su despacho, a escribir los artículos que salían en El Universal o en Vuelta,la revista mexicana de Octavio Paz. Carlos recordó entonces que tenía un paquete en la esquina que necesitaba con urgencia y, como era día de salida del servicio, pidió a su mujer que lo recogiera. “Tardé diez minutos, a lo más”, me aseguró ella. Cuando volvió, la casa había cambiado. Reinaba un silencio profundo en todos los cuartos. La voz de Sofía era insegura: “¡Carlos! ¡Carlos!”. Estaba en el baño, con el revólver en su mano. Se había volado la tapa de los sesos.

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