Otessa Moshfegh y Jamie Quatro, dos mujeres al borde de todo (o de casi todo)

Una de ellas no desea nada, salvo dormir. La otra, en cambio, sólo desea despertarse. La primera vive en Nueva York a principios de este milenio y no deja de consumir somníferos e hipnóticos provistos por una terapeuta más bien poco ortodoxa y rápida para la receta y muestra gratis (la formidable doctora Tuttle es algo digno de Joseph Heller o de Kurt Vonnegut, y mucho cuidado con el inventado Infermiterol) y está tan cansada (de sus padres muertos, de su ex novio estúpido y feroz y de una amiga bulímica pero casi agresiva en su sometimiento a ella) que hasta parece haber olvidado su propio nombre. La segunda se llama Maggie Ellman y vive en Tennessee y fue educada como evangélica y se casó muy joven con Thomas, un muy/demasiado obsequioso marido y de pronto -ahora que los hijos han crecido y se han ido de casa- conoce a James: un ardiente poeta bohemio y confortablemente antisistema y cristiano cuyos versos se ocupan de «recalibrar el lenguaje de la fe». Ya pueden imaginarse cómo sigue la cosa.

Ambas protagonizan novelas de Otessa Moshfegh y de Jamie Quatro, dos de las nuevas más poderosas voces literarias de Estados Unidos en tiempos en donde las buenas y flamantes narradoras han aparecido por doquier (y por allí anda lo de Rachel Kushner y Catherine Lacey y Kelly Link y Clare Vaye Watkinks y Laura van der Verg entre tantas otras). Pero Moshfegh y Quatro -«Mi año de descanso y relajación» es oscurísimamente desopilante mientras que «El sermón de fuego» resulta casi inspiradora y beatífica en su encandiladora melancolía- no podrían ser más diferentes en lo que cuentan y descuentan.

La hermanita menor

Moshfegh -quien luego de la más sombría «Mi nombre es Eileen» parece combinar aquí lo mejor de Joan Didion y Fran Lebowitz y Lorrie Moore y A. M. Homes– consigue una protagonista que bien podría pasar por hermanita menor del Patrick Bateman de Bret Easton Ellis con su fascinación por marcas y modas y mal cine y tv (Whoopie Goldberg es Dios para ella) y su mirada cáustica acerca del arte moderno. Pero a diferencia de aquel «american psycho», esta chica no tiene ganas de matar a nadie sino de consagrarse como muerta viviente, como una sonámbula de sí misma apenas interactuando con los egipcios del almacén de la esquina y con los cada vez más opacos destellos de su propio pasado. Lo que desea, sí, es desaparecer, eclipsarse, tachar su historia de la Historia. Y casi lo consigue: pero el beso de un luminoso día de septiembre del 2001 trae de vuelta a esta bella durmiente al guion donde ya no será una sino parte de un todo que incluye a esas dos torres que de pronto ya no están ahí.

Estas autoras son dos de las nuevas y poderosas voces literarias de Estados Unidos

La Maggie de la sureña Quatro, en cambio, es una palpitante y omnipresente revisitación a las figuras adúlteras pero casi santas de Anna Karenina y Madame Bovary. Idea y motivo que ya se hacía presente en el descomunal debut de esta autora -los relatos reunidos en 2013 en «I Want to Show You More», que ojalá sean pronto traducidos; al igual que los de Moshfegh en «Homesick for Antoher World», donde su acidez resulta aún más potente en dosis pequeñas- girando como variaciones alrededor del aria de la mujer con amante llegando hasta a lo fantástico y lo grotesco. Y allí Quatro demostraba que la distancia que separa a Flannery O’Connor de David Lynch es mucho más breve de lo que se pensaba.

En «El sermón de fuego», Quatro recompone lo mejor de aquellos singles y propone todo un álbum conceptual remezclando voces, personas, puntos de vista, fragmentos de diario intimísimo, hasta ofrecer un perturbador oratorio acerca de los efectos devastadores a la vez que revitalizantes del pecado en los cuerpos y almas de los muy inocentes y de cómo la figura de Dios encaja o desencaja en todo eso. Esta expansión podrá sonarle un tanto arbitraria y hasta innecesaria a sus ya muchos fans, pero se comprende al asumir que -en apenas dos títulos- Quatro no solo ha encontrado Su Tema sino que pareciera pretender hacerlo suyo y solamente suyo.

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Y hay algo muy interesante -más allá de leerlas por separado- en apreciar en tándem lo que Mossfegh y Quatro proponen aquí. No sólo dos novelas que tienen en lo episódico su baza más fuerte sino, más importante, dos novelas que buscan y encuentran sus respectivos y muy particulares idiomas propios para arrojar al aire una misma moneda. Y contemplar cómo sube y cómo cae. Y descubrir que ambas caras –el deseo y la culpa o la de la falta del deseo y de la culpa– valen y equivalen a exactamente lo mismo.

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