Oliver Laxe, el cineasta que fue a buscar el origen del fuego

Prometeo no robó el fuego a los dioses: nos lo devolvió a los hombres. Para admirarlo, para calentarnos, para recordarnos que hay bellezas malditas que pueden destruirlo todo sin perder su encanto, también maldito. Ante esas fuerzas desatadas solo cabe aceptar que somos muy pequeños y abrazar la sumisión. La soberana sumisión. Esta es la historia de unos cuantos locos que fueron a arrancarle esa verdad a las llamas.

En el verano de 2017, el cineasta Oliver Laxe recorrió con su equipo de rodaje los incendios de Galicia. Acompañaban a los bomberos, vestían como ellos y sufrían el calor de la primera línea. Habían entrenado y escuchado sus lecciones. Habían superado sus pruebas de pulsaciones –cuantas menos mejor, porque en el humo hay que respirar poco y bien– y convencido a estos profesionales de que podían sobrevivir en condiciones extremas con el peso del aparataje necesario para filmar esas tragedias naturales. Todo por el cine.

—Si quieres hacer una película con el fuego en la actitud tiene que haber fuego—, dice Laxe.

La idea no se planteó como un reto, sino como una necesidad. «Trabajamos como siempre, preguntándole a la película qué es lo que quería, sometiéndonos a ella», añade este director gallego nacido en París. La película les pidió esfuerzo y mucha creatividad. «No sabíamos ni si se podía hacer», insiste. Había que inventar un sistema de producción nuevo para una cosa insólita. Y lo consiguieron.

«Es algo inaudito. Teníamos una coordinación para que el director de cada incendio trabajara con el equipo cinematográfico, para que se responsabilizara de nosotros», recuerda Xavi Font, productor de la cinta y, por tanto, responsable, entre muchos otros, de convertir delirios en realidades. «A los mismos niveles de locura estaban los niveles de responsabilidad», sentencia.

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Después de esta preparación, se lanzaron a grabar todas las escenas que no tenían que ver con las llamas. Pasaron frío en invierno, entre nieve y escarcha, y disfrutaron de la primavera. Fue en el verano de 2018 cuando planeaban volver al fuego, ya con la intención de convertirlo en arte. Pero aquel fue uno de los veranos con menos incendios de los últimos tiempos, así que tuvieron que esperar al fuego.

—Las películas, como son tan esenciales, te hacen experimentar aquello que tú quieres evocar. Queríamos hablar de la soberana sumisión, de aceptar que la naturaleza nos trasciende, y tuvimos que experimentar lo mismo—, confiesa Laxe.

Así que allí estaba el equipo, en un cuatro por cuatro con trajes contra el fuego, persiguiendo incendios, siguiendo las indicaciones que les llegaban desde la central de alertas, como surfistas a la caza de gran ola perfecta. Siempre llegaban cuando ya estaba extinto. Solo veían las cenizas. Se agotaba el tiempo, el dinero y la paciencia. Entonces llegó el fuego, que siempre vuelve. Y ellos estaban allí para filmarlo.

«Son unos tipos muy arrojados. Me sorprendía lo cerca que grababan, pensaba que iban a poner unos objetivos enormes, pero no. Estaban ellos al lado del fuego, en situaciones de calor extremo», asevera Xan, uno de los bomberos forestales que participaron en el proyecto. A esas temperaturas el sudor se evapora y los aparatos electrónicos fallan, por eso él nunca lleva el móvil a un incendio. Ellos se plantaron allí con su cámara de 16 milímetros, con el temor de que el negativo pudiera velarse.

Hay una escena que Xan recuerda perfectamente. El director de fotografía, Mauro Herce, estaba rodando muy cerca de las llamas, y su traje empezó a chamuscarse, así que él y su compañeros tuvieron que protegerlo de la radiación con sus cuerpos: «Iban al límite… Fue brutal». «Es que Mauro vuelve un ser excorpóreo con la cámara, no es sensible a la temperatura», bromea Xavi Font. Por cierto: también se derritió parte del equipo de sonido…

Imágenes nocturnas

Las imágenes se capturaron de noche. «El fuego por la noche es más abstracto. Me parece más esencial: es un fuego más prometeico, edénico, más inaugural del mundo… De noche es todo más pictórico», recalca Laxe. Más pictórico, sí, y más peligroso: uno no sabe nunca dónde pisa y puede perderse con facilidad. Además, en esos momentos se producía un extraño contrasentido: la victoria de los bomberos era su derrota, pues estos apagaban su fuente principal de luz… El fuego: hogar de paradojas.

«Estábamos deseando que hubiera incendios», resume Laxe, ese hombre que no puede evitar explorar la complejidad de los contrarios y los sentimientos incómodos. Quizás por eso «O que arde» (así se llama la película, que ha sido preseleccionada a los premios del Cine Europeo) escapa de las explicaciones simplonas y se esfuerza por retratar la figura del pirómano –ese paria– así como la desolación que deja a su paso. «Me interesan los culpables, aunque como ciudadano me identifico mucho con la rabia colectiva y participo en ella. Como cineasta estilizo ese dolor… Nadie puede negar que el fuego sea hermoso y cruel al mismo tiempo, como el hombre», zanja.

Prometeo nos devolvió el fuego y, con él, también nos regaló un espejo.

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