Nosotros, los intelectuales

Desde que el mundo es este fastuoso lugar de intercambios, desde que las tribus se unieron para formar otras más grandes y desde que todos habitamos nuestra cosmopolita y provinciana aldea global, siempre ha habido una causa noble a la que unirse, un pleito al que aportar nuestra personal sabiduría, un litigio en el que nuestra firma, nuestro nombre o eso que llamamos tan vanamente “nuestro prestigio” pueda ponerse al servicio de algo más grande, participar en el empeño de cambiar las cosas, virar el curso de la historia o torcer (¡Imagínense!) el brazo del destino. No hablo, por supuesto, de los ciudadanos de a pie, cuya identificación con esta o aquella idea puede, acaso, hacer de su vida algo más interesante, pero difícilmente trascenderá los márgenes estrechos de cualquier existencia individual; hablo de esa estirpe noble, circunspecta y elevada a la que el imaginario colectivo muestra a la vez estricta y bondadosa, con el cabello cano por las muchas tribulaciones que provoca la incesante indagación responsable del mundo y sus muchos misterios y problemas. Hablo de nosotros, los intelectuales.

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