«No me alegro de que hayan cogido a Garcia Juliá. No me gustan las venganzas»

A pesar del paso de los años, el artista Juan Genovés (Valencia, 1930) recuerda con inusual viveza, como si el tiempo se hubiese detenido hace en los años setenta, todo lo referente a la creación de «El Abrazo», su obra más conocida. Nacida como una pintura más dentro de su producción, el Partido Comunista, del que el creador formaba parte, la empleó en 1976 como cartel para pedir la amnistía de los presos políticos durante los últimos estertores de la dictadura. La imagen, que le costó al pintor seis días en prisión y un «vergonzoso paseillo» desde Preciados hasta la Puerta del Sol, no tardó en convertirse en un icono en tiempos de la Transición. En un fiel reflejo de perdón y concordia. De todo lo bueno, de lo muy bueno, que trajo consigo la democracia.

Un año después de la creación del cartel, llegó la matanza de abogados de Atocha a manos de terroristas de extrema derecha. En 2003 se decidió que la pintura de Genovés, que colgaba de las paredes del despacho de los letrados laboralistas el día que se produjo el atentado, sería la ideal para rendir tributo a las víctimas. Fue así como nació la versión monumental de «El Abrazo», que desde entonces descansa en la plaza madrileña de Antón Martín. ABC charla ahora con Genovés sobre la historia de su obra, la Transición y la reciente detención Brasil de Carlos García Juliá, uno de los perpetradores del atentado, tras pasar más de 20 años huido de la Justicia.

-Usted en la década de los setenta ya era un pintor reconocido a nivel internacional, ¿qué le lleva a unirse al PCE y enfrentarse directamente a la dictadura?

Pues que la izquierda era la única forma de enfrentarse al franquismo por entonces. A mi, más allá de la política, lo que más me interesaba era luchar para que se cumpliesen los derechos humanos, que sigue siendo una de mis principales inquietudes ahora mismo.

-Y de esa inquietud por los derechos humanos nace «El Abrazo».

Efectivamente. Fue una petición de la Junta Democrática del partido, que se encontraba reunida en mi estudio. Acababa de morir Franco y el Gobierno estaba dirigido por Arias Navarro. Los altos cargos del PCE estaban peleando por la amnistía de los presos políticos. Me llamaron para pedir un cartel que expresase dicha reivindicación. Algunos compañeros me dijeron, «qué enchufe que te hayan pedido a ti el cartel», y eso que no se pagaba (ríe).

Estaba un poco preocupado, porque solo me dieron 24 horas. Entonces caí en la cuenta de que tenía una obra que sería ideal, en la que aparece gente abrazándose, y que iba a salir en una exposición itinerante por Europa. En principio no tenían ningún objetivo reivindicativo.

-Enseguida se convirtió en todo un símbolo de hermandad.

Acabó enfrentándose a una idea que siempre me ha preocupado, la de los buenos y los malos, que es algo tan español. Siempre nos hemos enfrentado por quién tiene la razón. Lo que quería con el cartel es que la gente se diese cuenta de que, en el fondo, somos nosotros. De que debíamos fundirnos en un abrazo.

Al día siguiente de que saliese nos detuvo la policía en la imprenta con un montón de carteles. Me llevaron desde Preciados hasta la Puerta del Sol esposado. Todo por hacer un cartel en el que aparecía gente abrazándose. Yo le decía a la gente, «no soy ningún criminal, hago esto por vosotros». Me hicieron pasar una gran vergüenza. Luego me tocó pasar seis días preso.

-El cuadro original pasó mucho tiempo en el extranjero.

Sí, volvió en tiempos de Adolfo Suárez. Pero en España, ni en el Museo Español de Arte Contemporáneo de Ciudad Universitaria ni en el Reina Sofía solía estar expuesto. Estuvo más en el almacén que otra cosa. Un periodista japonés me preguntó una vez por ello, yo le dije que lo que pasa es que al cuadro le gusta estar en la clandestinidad (ríe).

-De «El Abrazo» nació el monumento a los abogados de la matanza de Atocha de 1977. Acaban de arrestar a uno de los terroristas, Carlos García Juliá, en Brasil por ese acto ¿Se cierra un capítulo con su captura?

El capítulo no se cerrará nunca. Pero mire, ni siquiera me alegro de que lo hayan cogido. No me gustan las venganzas. Sí que me gusta ver que todavía se reconozca a las víctimas.

-Cuando le llegó el encargo del monumento para los asesinados, ¿qué sintió?

Todo vino porque el cartel lo tenían en la pared, y se manchó con la sangre de los abogados. Eso hizo que se convirtiese en un símbolo de la resistencia. De la calamidad cometida por esos estúpidos. Querían poner una placa conmemorativa, pero yo siempre tuve claro que allí había que hacer un monumento de verdad. Y ahí está ahora. Manuela Carmena dice que Madrid es la única ciudad del mundo que tiene un monumento al abrazo por esa obra.

-Últimamente, se pone en duda la Transición y su espíritu, ¿fue la mejor que se pudo tener?

Creo que sí. No estábamos para más desastres. Hacía falta cambiar y ser unos europeos más, como ocurría con el resto de países de nuestro entorno. No hubo más remedio que llegar a un acuerdo que, para mi, fue admirable.

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