No hay poseedor ni poseída

Creen los adolescentes en su comprensible ignorancia que ellos inventan el deseo y desde ese convencimiento suelen considerar que sus padres son ajenos al impulso sexual. Es un malentendido justificado por la inevitable egolatría juvenil, cuya ceguera suele curarse con el tiempo. Mi generación, y las de esos jóvenes que protagonizaron el advenimiento de las libertades en España, estaba a gusto con la idea de que nuestros padres habían limitado sus encuentros sexuales al único fin de procrear, como así establecía la Iglesia católica: evitábamos la incómoda visión de imaginar a los progenitores gozando y en consecuencia nos erigíamos en inventores de la libertad. No digo que la Iglesia no fuera eficaz en demonizar y perseguir cualquier encuentro extramatrimonial o fuera de la estricta heterosexualidad, porque así fue, pero hay que imaginar que en la intimidad del dormitorio, por opresivo que fuera el ambiente social y el catálogo de pecados al que habían suscrito a la sociedad, cabía siempre la posibilidad de que se obrara el milagro del poema de Borges, dejando que dos amantes se buscaran y descubrieran el uno al otro: “Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan”. Al construir el relato del pasado solo en torno a la opresión, no podíamos imaginar que algunos osados se burlaran de ella.

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