«No comparto en absoluto que Valle-Inclán sea irrepresentable»

En «La ternura» -recuperada en estos momentos en el madrileño Teatro Infanta Isabel-, Alfredo Sanzol (Pamplona, 1972), uno de los mejores dramaturgos y directores de escena de las últimas hornadas, firma y dirige una brillante recreación del universo de Shakespeare, rebosante de humor. No falta humor en el espectacular montaje de «Luces de bohemia» -con una potente escenografía, música en directo y más de una quincena de actores-, del que ahora lleva la batuta. Pero es un humor muy diferente, cargado de negra ironía, de feroz crítica, que Ramón María del Valle-Inclán esparció a raudales en su genial creación del esperpento, del que esta pieza es su más perfecta muestra.

Usted ya había trabajado textos del escritor gallego…

Sí. Entre otros, monté una de sus piezas breves, «La cabeza del Bautista», pero subir a escena «Luces de bohemia» era un sueño que ahora se ha convertido en realidad. Cuando Ernesto Caballero me propuso hacer un Valle en el Centro Dramático Nacional (CDN) no dude ni un instante en elegir «Luces…», obra de la estoy enamorado desde que la leí por primera vez en el instituto.

¿Qué le llamó especialmente la atención en esa lectura primeriza?

Tenía dieciséis años y, a pesar de que a veces se considera que era difícil, a mí no me lo pareció. Me resultó tan fácil como fascinante acompañar a Max Estrella, un personaje referente para mí, en su periplo nocturno por ese Madrid «absurdo, brillante y hambriento», en el que Valle nos sumerge de manera formidable. Igual que nos transmite la lucha interna de cada personaje consigo mismo y con los otros, Y, por supuesto, su lenguaje y estilo riquísimos.

Una escena de «Luces de bohemia»
Una escena de «Luces de bohemia»

¿No le dio cierto miedo la difundida idea de que Valle es irrepresentable?

Eso es algo que no entiendo ni comparto en absoluto. Es un prejuicio que, en todo caso, tendría que ver con un planteamiento de hace cien años, cuando se tenía una visión muy limitada de las posibilidades escénicas. Pero se han ido abriendo opciones para que se pueda trabajar Valle en el escenario. Sus textos son muy teatrales, y para mí ha sido un enorme disfrute este montaje.

«La obra es una radiografía que nos muestra unos huesos rotos, muchos de los cuales continúan así»

He visto todos los que he podido y seguro que me han influido porque así sucede, de forma consciente o inconsciente, con todo lo que ves o lees. Sin embargo, cuando comienzo a preparar un montaje me asomo al abismo de ponerme en el kilómetro cero e imaginar que eres el primero que sube a las tablas la obra.

Quizá utilizar espejos es obligado al montar «Luces de bohemia». Los que usted pone no son cóncavos como los célebres del callejón del Gato…

Ponerlos cóncavos, como de los que se habla en el texto, me parecía redundante. Y en ello coincidía el escenógrafo Alejandro Andújar. Decidimos emplear espejos lo más limpios posible. Y al situarlos unos frente a otros, ya iban a conseguirse considerables deformaciones.

¿Y una inquietante sensación de laberinto y de magia? Hay momentos en los que la acción solo se ve en los espejos…

Sí, por ejemplo en el episodio de la Pisa Bien y el décimo de lotería. Desde que empezamos a trabajar con el texto, pensamos en lo que usted señala. Y, en efecto, los espejos incrementan la sensación laberíntica. La ciudad se convierte para Max Estrella en un laberinto y la ciudad es metáfora del mundo y del hombre como laberinto.

«España es una deformación grotesca de la civilización europea», sentenció Valle, precisamente en «Luces de bohemia», publicada por entregas en una primera versión en 1920 en la revista «España» y en una revisión definitiva en 1924. ¿Lo sigue siendo?

Pienso que se puede sustituir España por cualquier país. La civilización europea es un ideal construido a lo largo de los siglos. Ideal basado en nobles conceptos como democracia, justicia, libertad… Pero, ¿en qué país se dan totalmente? La realidad siempre contradice al ideal. De ahí que haya que tener una mirada crítica, exigente, hacia la propia sociedad, hacia nosotros mismos. La autocomplacencia no lleva a ningún lado. «Luces de bohemia» es una radiografía, con no poco de amarga y agónica, que nos muestra unos huesos rotos, muchos de los cuales continúan estando rotos. Esta pieza de Valle mantiene incólume su vigencia.

«Hay que tener una mirada crítica, exigente, hacia la propia sociedad, hacia nosotros mismos»

¿No cree, no obstante, que los españoles nos autofustigamos demasiado, que hemos interiorizado la leyenda negra?

Bueno, quizá sí. Contra el exceso, el remedio es criticar también, junto a la autocomplacencia, la autoflagelación. Sin duda, está bien reconocer los logros, sobre todo para defenderlos.

¿Valle contempla el mundo y a sus personajes desde el aire, como él mismo explicó a Gregorio Martínez Sierra en la entrevista aparecida en ABC el 7 de diciembre de 1928?

Los ve desde arriba, desde abajo, desde los lados. No conozco ningún personaje de ficción de interés que no se observen así. Y que no nos recuerde a partes de nosotros mismos. Para eso las técnicas son infinitas. Una de ellas es el extraordinario hallazgo de Valle del esperpento.

¿Max y don Latino tienen ecos de don Quijote y Sancho?

Claro. Y de alguna forma se complementan. Max es mucho más espiritual, un quijote, tiene un ideal que no puede cumplir, pero intenta mantener la dignidad. Don Latino es un Sancho y a la vez un anti Sancho, no es totalmente leal a Max. Don Latino tiene momentos y rasgos que a uno le asustan, pero Valle consigue que no sea simplemente un villano.

¿Acomete de forma distinta la dirección de un texto suyo o de otro?

En esencia, no. Aunque tengo un «truco». Si es ajeno imagino que es mío y viceversa. En una pieza propia hay que alejarse para verla bien. Y con la de otro, es preciso acercarse.

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