«Navegué siete horas en un hinchable»

Esta es la historia de un chico, Mahamoud Diallo, que cruzó el mar en un hinchable, sin saber nadar y sin chaleco salvavidas, en busca del sueño de un mundo mejor. Cuatro años después, este menor ya es adulto; tiene «papeles» y un trabajo, y vive con varios compañeros en un piso tutelado por la Comunidad de Madrid. Reivindica a sus compañeros, los menores inmigrantes que llegan hasta la región: «No se les puede dejar en la calle; no vienen a robar, sólo a tener una vida mejor, y un buen futuro».

Mahamoud vino de Guinea. Salió de allí en 2014, con 16 años, y tardó dos en atravesar Mali, Argelia y Marruecos, hasta llegar a España, por la que es considerada la ruta más dura de las africanas. En el hinchable en que se lanzó al mar, junto con otros tres compañeros, permaneció más de siete horas a la deriva, «hasta que nos rescató la Guardia Civil». De ahí a tierra firme: Algeciras primero, y luego Cádiz. «Pero yo me vine en un autobús a Madrid; prefería estar en la capital».

Así llegó hasta el intercambiador de Avenida de América. «Y ahí me quedé, sentado en un banco. No conocía a nadie aquí, no sabía dónde ir». Una vigilante de seguridad le vio y le preguntó; avisó a la Policía, que se hizo cargo de él. Y así llegó hasta el centro de primera acogida de Hortaleza. El mismo donde hace unos meses se denunciaba su saturación por la llegada masiva de menores. La Comunidad ha intentado reubicarlos en varias localidades, y sólo ha encontrado rechazo y negativas, hasta que ha optado por no informar de dónde los lleva.

En el piso tienen que cumplir unas normas básicas, como trabajar y no consumir sustancias ilegales. Está limpio como una patena

La vida de este joven ha transcurrido ya desde entonces bajo tutela de la Comunidad de Madrid. Ahora, que es mayor de edad, reside con otros cuatro amigos en un piso de la asociación Paideia, que tiene concertado este servicio con la consejería de Políticas Sociales que dirige Lola Moreno.

Allí, tienen que cumplir unas normas básicas:, como trabajar y no consumir sustancias ilegales. Los compañeros se ponen de acuerdo para realizar las tareas domésticas, la compra o la comida. El piso está limpio como una patena. «Los vecinos nos quieren», asegura Mahamoud.

Un «colchón»

David López, uno de los responsables de Paideia, explica que les hacen ahorrar la mitad de su salario, «para que tengan un colchón cuando se independicen». Ahora, la asociación les proporciona el alojamiento y corre con los gastos de agua, luz o internet, además de darles una cantidad semanal para comida. «El resto del sueldo lo usan para sus gastos y los mandan a su familias».

Todos han dejado a sus seres queridos atrás. Mahamoud piensa ahora, ilusionado, en bajar a Guinea a ver a sus padres y sus dos hermanos pequeños, a los que no ve desde hace cuatro años. Ahora ya puede salir como turista, y regresar a su casa y su trabajo después.

Ebrima Konate, casi 19 años y natural de Gambia, bromea con su llegada: «Yo vine el 6 de enero; me trajeron los Reyes Magos».

A su lado está Ebrima Konate, casi 19 años y natural de Gambia. Bromea con su llegada: «Yo vine el 6 de enero; me trajeron los Reyes Magos». Aunque lo dice con una sonrisa, atrás quedó una travesía por el infierno, que en su caso incluyó varios meses de cárcel en Libia -«y torturas, y disparos», recuerda- cuando aún era menor.

Por eso, se comprende que ahora diga: «No he sufrido nada desde que he venido aquí; me tratan como un rey». Hasta le han salido varios «padres» y «madres» españoles, como «el médico que me operó de la rodilla, que quiso llevarme a su casa y presentarme a su familia» porque «la gente ve que somos buenas personas y nos echan una mano».

Otro programa regional, el de tránsito a la vida adulta, les ayuda a buscar empleo: «Se han conseguido así cerca de 400 contratos este año», explica Alberto San Juan, director general de Familia y Menor. Lamenta el rechazo que se genera allí donde se quiere trasladar a estos jóvenes: «El desconocimiento produce miedo».

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