Nancy Pelosi, la mujer con más poder en la historia de EE.UU.

El miércoles, cuando regresó al despacho del Capitolio que ya ocupó durante cuatro años, Nancy Pelosi lo volvió a amueblar como estaba entonces. Junto a la chimenea dispuso cuatro sillones ribeteados de color crema en torno a una mesilla baja. En sus reuniones, la recientemente reelegida presidenta de la Cámara de Representantes siempre ocupa el mismo asiento, de espaldas a la puerta y desde el que tiene una vista inigualable de la avenida de Pensilvania, que cada cuatro años recorre el presidente tras jurar el cargo para llegar, al fondo, a la Casa Blanca.

Pelosi es, a sus 79 años, la mujer con más poder en la historia de EE.UU. No sólo fue la primera en ser elegida presidenta de la Cámara en 2006, sino que es la primera persona que vuelve al cargo tras un paréntesis de ocho años. Como sucede con su despacho, la veterana diputada demócrata vuelve a presidir una cámara del Capitolio cuyos entresijos conoce a la perfección. Lo que ha cambiado, y mucho, es el inquilino de esa mansión pintada de blanco que puede contemplar perfectamente desde el sillón que ya ocupa en su despacho.

El problema no es tratar con un presidente republicano. Pelosi coincidió con George W. Bush en los dos últimos años de mandato de este y, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas, ambos trabaron una sincera amistad, intensificada por las negociaciones sobre la intervención del Gobierno en la crisis económica de 2008. El problema para Pelosi son Trump y sus exabruptos, el caos que reina a su alrededor y el estilo iconoclasta y agresivo de un hombre al que le cuesta tenerle respeto.

En algún punto intermedio de ese camino entre el Capitolio y la Casa Blanca deberán encontrarse Pelosi y Trump en los próximos dos años de legislatura. De momento, está por ver cuánto está dispuesta a ceder la nueva presidenta de la Cámara, pero si sirve de indicio, en su discurso tras ser reelegida, el miércoles, recordó desafiante que «el poder legislativo es el primer brazo del Gobierno, igual a la presidencia y al poder judicial».

Es cierto que en EE.UU. hay una férrea separación de poderes que impide que los daños que le ha infligido Trump –gustoso– a la presidencia sean todavía mayores. Pero sea como sea, al final todas las leyes tienen que pasar por la Casa Blanca para que las ratifique el presidente. De momento, Trump se niega a firmar más presupuestos si Pelosi no le da 5.700 millones para construir el muro. La Administración lleva cerrada 17 días y los 800.000 funcionarios que no perciben sueldo tienen su confianza puesta no en el presidente sino en Pelosi y los demócratas.

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En una era de renacido feminismo, avivado por la existencia misma de una presidencia Trump, la resurrección de Pelosi es sorprendente y a la vez precaria. Le costó bastante conseguir los votos suficientes para volver a presidir la Cámara, ante la resistencia de los demócratas jóvenes y primerizos que están hartos de que la gerontocracia domine el Capitolio. Al final pasaron por el aro pero una nueva hornada de diputadas que se proclaman socialistas, como la rutilante Alexandria Ocasio-Cortez, cada día le pide más a Pelosi: más compromisos, más ecologismo, más gasto público, más feminismo.

Lo bueno para Pelosi es que ya no tiene cuentas que rendir. Se ha comprometido a marcharse en cuatro años, por lo que puede maniobrar con libertad. La presidencia de la Cámara equivale a la figura de primer ministro. Pelosi tiene ahora la sagrada labor de tutelar los proyectos de ley, incluidos los presupuestos, para que la primera potencia mundial funcione como una máquina bien engrasada. Con Trump al otro lado de la calle será un reto formidable.

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