Mundo

El sintagma “crisis reputacional” nació asociado a las prácticas irregulares, cuando no delictivas, de la banca y desde ahí fue extendiéndose, cual mancha de aceite, sobre gran parte de las instituciones en cuyo entramado descansa o se agita la vida social. Lo curioso es que los organismos que conservan su reputación progresan poco o mal. Se diría que la ausencia de honra constituye más un mérito que una rémora. ¿Quién siente aprecio por su compañía eléctrica, por su suministradora de gas o por su banco? Nadie, sin duda, y con razones más que fundadas para ello. Pero dependemos hasta tal punto de sus servicios que no podríamos mandarlos a freír espárragos. Se diría que crecen, que engordan y que se multiplican gracias a nuestro desafecto. Tal vez si en un ataque de locura decidiéramos amarlos, quedarían reducidos a cenizas en cuestión de horas. Suena raro, pero ¿hay algo que no suene raro en nuestros días?

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