México: entre dos fuegos

Fue mi amigo Sergio quien por primera vez me habló del lugar: “Es una escuela sencilla”, me dijo frunciendo el ceño, “ya verás, pero mi hijo fue muy feliz allí”. Y así fue, seguí su consejo y, primero mi hija mayor y luego el menor, fueron a esta escuelita de la colonia Nápoles de la Ciudad de México. Como había preanunciado Sergio, en esta escuela mis hijos fueron felices y lo fueron de forma sencilla, una gran virtud en una ciudad donde las escuelas compiten para atraer a los hijos de nosotros, los privilegiados, ofreciendo clases de cross fit, enseñanza exclusivamente en inglés o alemán y quien sabe qué otra parafernalia. A pesar de ser una escuela privada, era, antes mis ojos, lo que más se acercaba en estética, simplicidad y falta de retórica grandilocuente a una de aquellas instituciones públicas donde yo me había educado, había aprendido y, eso es, había sido feliz.

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