Merkel: La magia de una gobernante

Cuando era niña, en Francia, en los años ochenta, el maestro encargado de mi clase nos mostró una película sobre la lI Guerra Mundial y, al terminar, dio un grito de júbilo: “¡Hurra! ¡Vencimos a esos sucios boches!”. Todos los alumnos corearon su “hurra” y alzaron los brazos en señal de victoria. Menos yo, hija de madre francesa y padre alemán. Tenía ocho años y, después de aquello, dejé de hablar alemán con mi padre durante seis años. La germanofobia que imperaba entonces en Francia y en muchos otros países europeos hacía que mis orígenes alemanes fueran un lastre. No imaginaba que, un día, iba a decidir desarrollar mi vida en Alemania.

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