Mentalidad, novedoso, marrón: palabras que son más modernas de lo que parece

Somos conscientes de que la palabra coronavirus es más o menos moderna y que, en cambio, maravedí es una voz arcaica en nuestra lengua. Pero, en general, los hablantes de un tiempo y un lugar concretos no tenemos capacidad para detectar lo recientes o antiguas que son las palabras que hemos adquirido por vía heredada al empezar a usar la lengua. Muchas de las palabras que son frecuentes en nuestro léxico común, que nos parecen “tradicionales” o “de toda la vida” tienen, en realidad, prácticamente tres días.

Las lenguas romances, esto es, las hijas del latín, se consideran ya nacidas en el siglo X. Por ello, si algo comienza a usarse en el siglo XIX entendemos que esa palabra es relativamente nueva, aunque nuestra memoria viva, la de nuestros abuelos y bisabuelos, la tenga como palabra bien asentada en nuestro fondo léxico. Vamos a bucear en la historia más reciente del español a la búsqueda de ejemplos de palabras que a mediados del siglo XIX no se usaban o se sentían recientes y muy novedosas.

La primera es precisamente ese adjetivo que acabamos de emplear: novedoso. La palabra empezó a usarse en el español americano a mediados del siglo XIX. Se forma a partir de la unión del sustantivo novedad y la terminación –oso, pero tiene la gracia de perder una sílaba al crecer: no decimos “novedadoso” sino novedoso, por lo que hemos enviado la sílaba da al arcón de lo que sobra al construir palabras. El adjetivo novedoso entró al diccionario de la RAE en 1927, en un principio marcado propia de Chile y el Río de la Plata. La intelectualidad abrazó esta voz que se terminó extendiendo también en el español de España. El resultado es que ya no tiene nada de novedoso decir que algo lo es.

Un caso similar es el de otro adjetivo, exitoso; tiene la misma terminación que novedoso y también se difundió desde el español americano al español europeo, aunque en fecha aún más reciente. Se utilizaba en textos americanos desde la segunda mitad del siglo XX y, por ello, entró en el diccionario de la Real Academia como americanismo en una fecha bien próxima: 1989. Hoy no sentimos este adjetivo como voz americana ni como novedad, lo que muestra la capacidad de influencia mutua que hay entre el español de un continente y de otro: las lecturas compartidas, el prestigio del ensayismo americano y la difusión de los medios han ayudado mucho a esa doble dirección de intercambio.

Si hoy somos particularmente sensibles hacia (o contra) los anglicismos, nuestros antepasados del XIX estaban aún muy influidos por el francés. Eso explica algunas incorporaciones a nuestro vocabulario reciente desde la lengua vecina, en los llamados galicismos. Veamos un caso curioso: el color marrón existe desde antiguo pero antes se llamaba castaño. Nuestros antepasados desde mediados del siglo XIX empezaron a hablar de ropa de color marrón, trayéndose tal palabra del francés. Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, en Un viaje de novios (1881) habla de un “traje semimasculino, de paño marrón” y en la tardía fecha de 1927 la palabra ingresa en el DRAE. Como ya explicamos aquí, los nombres de colores son un catálogo constante de cambios léxicos. Hoy seguimos usando el viejo adjetivo para nombrar al pelo castaño.

En otros casos, lo reciente no es la palabra sino la construcción en que se inserta. La palabra furor deriva de latín furia y está en curso desde el siglo XV para nombrar a una forma de enajenación, pero en español las cosas hacen furor desde fecha muy reciente. La construcción hacer furor con el significado de «despertar entusiasmo» se trajo desde el francés (faire fureur) a mediados del siglo XIX. Mariano José de Larra (1835) hablaba de cierta moda que “comenzó a hacer furor” en París y usaba para ella esta construcción que también se puso de moda, se condenó por galicista pero terminó siendo común en nuestra lengua en el siglo XX.

Otras novedades tienen que ver con innovaciones en conceptos o dispositivos que hoy nos parecen generales pero que nuestros antepasados del XIX veían como singularidades. Pongamos dos ejemplos al respecto. Uno procede del léxico de la filosofía: mentalidad. Esta palabra se empezó a extender a fines del XIX y no se generalizó en el español de España hasta principios del siglo XX. Otro ejemplo, este menos abstracto, es el de la palabra gasolina. Deriva de la palabra gas y se trajo desde el inglés gasoline. La voz gasolina era una rareza a fines del XIX; de hecho, los diccionarios de esa época remitían a gasoleno y gasolina no tendrá una definición propia en el diccionario hasta 1925.

Como vemos, el léxico es la parte de la lengua que más sujeta está a cambiar para reflejar la realidad de la historia que afecta a los hablantes, sus gustos o su apetencia de novedades. En la actualidad de estos días de coronavirus, hemos podido comprobar cómo el confinamiento revitalizó viejas palabras que apenas circulaban en el lenguaje cotidiano, como pandemia; también hemos visto cómo se introducían otras nuevas en nuestras conversaciones, como desescalar e incluso nos hemos hecho a usar un nuevo anglicismo, PCR (sigla de polymerase chain reaction o sea, “reacción en cadena de la polimerasa”). En estos casos, los hablantes somos conscientes, a poco que tengamos un poco de sensibilidad lingüística, de que estamos ante novedades léxicas, por vía de revitalización o de introducción. Pero ahí están, agazapadas entre vocablos medievales, otras voces que fueron adquisiciones nuevas en el armario de palabras de nuestros antepasados del XIX. Es la paradoja de que, aun dándose constantemente cambios en nuestro vocabulario, en el fondo no hacemos con las palabras nada nuevo bajo el sol.

Lee más: elpais.com


Comparte con sus amigos!