Mejorar la universidad

Ninguna norma obliga a ligar el nombramiento de consejero de Educación a la universidad. Sin embargo, el error se repite al confeccionar los gobiernos. Las experiencias resultan negativas y los resultados, los mediocres lugares de las universidades en los múltiples rankings elaborados. La designación de Fernando Rey concitó esperanzas: hombre con prestigio en y fuera de la universidad, ascendiente y sin militancia popular (igual podía ser consejero de una hipotética Junta socialista). Pero los cuatro años han resultado tan baldíos como de costumbre y las universidades castellanas y leonesas siguen estancadas en el pelotón, cuando esta región sin demasiados recursos, debería brillar por los del conocimiento.

La situación es lógica por la malhadada endogamia universitaria. ¿Se va a atrever un consejero que retornará a la universidad cuando cese, a adoptar medidas contra sus compañeros, aunque mejoren el servicio? Un colega político afirmaba, mejor llevarse bien con los rectores con unos güisquis, que sufrir sus iras por meterles en vereda. Esta máxima no aletea por esta consejería, pero la realidad es que han pasado cuatro años y los dos mayores problemas de las universidades públicas no se han resuelto: financiación y optimización de recursos con las tantas veces aplazados mapas de titulaciones. Rey no se ha atrevido. Tampoco ha promovido iniciativas loables en conectar la universidad con la sociedad y el resultado es la formación de estudiantes que se marchan a otras CCAA, ni ha cambiado las rutinas de altos cargos.

Continuista en otros ámbitos de la Consejería, la Comunidad no ha pegado el salto en enseñanzas no universitarias (el cese de Pascuala al inicio de su mandato, por motivos personales que no profesionales, no fue un acierto), y se ha desentendido de los chiringuitos dependientes, cada día más predios erráticos.

Ya solo cabe esperar a un nuevo consejero que no proceda de la universidad e insufle aire fresco.

José Gabriel Antuñano

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