Marginación, caos y gloria: la historia de Extremoduro | Cultura

El Colorao, El Trispi, Kike Babas, Fredi El Punki, Kike Turrón, El Coca… Todos personajes reales del barrio madrileño de Hortaleza. Todos tipos que se movían en los bordes de la marginalidad. Todos jóvenes buscando una banda sonora a su etapa más festiva y tóxica. Y todos se agarraron a las canciones de Extremoduro, claro. Estos chavales fueron el primer aliento en la carrera del grupo de Robe Iniesta. Un músico que se formó en el margen truculento, que tuvo la suficiente sobriedad como para potenciar su talento para hacer canciones, que conectó con la calle primero, y que después se ganó a los críticos refinados que en un primer momento no tragaron su ruda honestidad. Y justo ahora que Extremoduro ha logrado ser lo más radical que entra en los salones de los españoles, justo ahora que es el grupo que reivindican los políticos en su Twitter cuando quieren empatizar con el pueblo, el grupo acaba de anunciar que lo deja. Así funciona Robe Iniesta, así es su historia.

Año 1989. Robe Iniesta (Plasencia, Cáceres, 57 años) tiene un plan: salir de la marginalidad y triunfar con sus canciones, de cuyo potencial es absolutamente consciente. Realiza una grabación casera con algunas de sus obras: Extremaydura, Jesucristo García, Romperás, La hoguera…Viaja a Madrid para mover la casete. Se dirige a Hortaleza, zona norte de la ciudad, donde vive su primo, El Coca.

«Robe tenía 27 o 28 años, 10 años más que nosotros. Pero incluso parecía que tenía 10 más. Se veía que había vivido mucho. Ya tenía dos hijos, decía que era un exyonqui… Mucha vida», recuerda uno de aquellos chavales del barrio, Kike Babas, hoy con 50 años. Iniesta llevaba a gala el macarreo, la toxicidad y la provocación.

La casete de Extremoduro se convierte en la más pinchada en las tabernas de este barrio obrero de la capital. Esa música visceral era el secreto personal de estas pandillas. Iniesta había testado sus composiciones en alguna sala pequeña de Plasencia, su ciudad, y la gente había respondido positivamente. Pero para triunfar el camino era Madrid. Y Robe, sobre todas las cosas, ambicionaba tener éxito con su música.

El primer concierto de Extremoduro en Madrid fue en 1989 en la céntrica sala Jácara, dentro de un concurso de bandas nuevas patrocinado por Yamaha. Tocaron tres canciones ante un jurado donde estaban Pablo Carbonell y Bibi Andersen. Quedaron los terceros, a pesar de recibir el voto de Carbonell. Ganaron unos heavies imitadores de Europe enfundados en mallas. Una humillación para el ego del músico extremeño. Fue más duro el segundo recital. «Era una discoteca de un pueblo por el norte de Madrid, creo que Alcobendas. Fuimos solo 30 personas, la panda de Hortaleza: El Trispi, Fredi El Punki, El Coca… Robe estaba desolado al final por la poca asistencia. Lo recuerdo fuera de la sala, encogido. Me dijo: ‘Tío, esto no sale. No sale», rememora Kike Babas, con el que ya había entablado amistad.

Poco después consiguió el dinero para grabar su primer disco. Inventó el crowdfunding: vendía papeletas a los colegas por 1.000 pesetas a cambio del disco… cuando estuviera hecho. Lo grabó, entregó el álbum a sus creyentes y, a partir de ahí, todo fue en ascenso.

¿Por qué Robe y no otro? Posiblemente por el componente emocional de sus canciones. Sus influencias eran Leño, Barricada o Los Suaves, pero su música exhibía una característica original. Manuel Ramone, ilustrador de tres de los discos de Extremoduro (Pedrá, 1995; Agila,1996, y el directo de expeditivo título Iros todos a tomar por culo, 1997) apunta una de las claves: «Nunca nadie había hablado con esa naturalidad del amor. De forma descarnada, directa, visceral. En realidad es el mismo lenguaje que se habla en la calle, y él lo dota de poesía».

Pronto empieza la llamada etapa del caos, en los primeros noventa. Conciertos descontrolados, letras de canciones que se olvidan, perros en el escenario, demasiado alcohol y sustancias. Viajan incluso con un camello. Extremoduro era la nueva reencarnación de Atila: dejaban a su paso un paisaje calcinado. Iniesta se apunta a la juerga, pero durante las resacas piensa que está jugando con fuego: su objetivo sigue siendo trascender como artista, no solo pasárselo bien. Por esta época se separa de su pareja. «Estuve cuatro años por ahí dando tumbos. Pero tumbos auténticos. Iba con mi bulldog Angelito de ciudad en ciudad. A veces dormía en casas de colegas y otras nos buscábamos la vida», dijo a este periodista en 1996 en una entrevista para El País de Las Tentaciones.

En ese mismo encuentro declaró: «Necesito la droga para componer. No me meto caballo. Mucha gente está empeñada en que soy yonqui, pero no es verdad. Solo me pongo… lo normal». Y continúa: «La droga no es mala. Los malos son los hombres y sus acciones. Es como si pegas un tiro a alguien y le echas la culpa a la bala». En 2007, en una entrevista en EP3, señaló: «Dejé la heroína mucho antes de empezar con Extremoduro… Le eché cojones y la dejé solo. Siempre he hecho todo solo».

Todo cambió con la edición de Agila, en 1996. Iñaki Antón Uoho ya formaba parte del grupo y se encarga de la producción. El guitarrista de Platero y Tú pone orden en la dispersión de Iniesta, encauza su genialidad y limpia su sonido cutre. No fue fácil. «Aquello era una casa de locos. Tenía que organizar toda esa anarquía: uno desaparecía del estudio, el otro tocaba muy puesto e iba demasiado deprisa. Pero también fue divertido», comentó Uhoho a este periodista para el libro 201 discos para engancharse al pop/rock español (editorial Fundación Autor).

Robe se acababa de comprar una caravana. «Me decía: ‘Iñaki, cómo voy a pagar la caravana’. Y yo le dije: ‘No te preocupes: la vas a poder pagar». Uhoho acertó: Agila fue un éxito de ventas e incluso algunas canciones sonaron en Los 40 Principales. Poco antes el cantante había conocido a Ramone. Entablaron amistad, cómo no, en los bares. «Era una etapa muy buena. Extremoduro estaba en vías de profesionalizarse. Conservaban ese punto gamberro, pero a la vez no descontrolaban mucho. Salíamos mucho de noche, a echarnos unos cantes. Robe llevaba siempre una grabadora pequeña, de casete. Y cuando se le ocurría una idea de letra o de música la grababa. Tenía un gran sentido del humor. Un tipo lúcido y rebelde», relata Ramone.

Era 1997 y la etapa del caos debía tocar a su fin: los pabellones repletos exigían un directo competente y estaban en una compañía con recursos. David Bonilla trabajó con ellos durante unos años. Hoy continúa en Warner: «Mucha gente tilda de desconfiado a Robe, pero no me parece una mala virtud, todo lo contrario. Trabajando siempre ha sido muy profesional, perfeccionista, y cada cosa que hacía se meditaba mucho».

Iniesta ordena su vida: deja los vicios severos y vuelve a vivir con su pareja y sus dos hijos, primero en Granada y luego en el País Vasco. Empieza a leer, sobre todo poesía. Su paleta va desde los autores underground que encuentra en los bares (Sor Kampana, Chinato…) a las referencias clásicas (Machado, Neruda, Miguel Hernández…). Según va aumentando su éxito va disminuyendo su predisposición mediática. «La razón por la que no quiere conceder entrevistas es por la inseguridad que tiene por no dar la talla», dice una persona que ha trabajado con él que prefiere mantener el anonimato. Iniesta gana adeptos en el silencio y genera misterio con su hermetismo.

Los consultados destacan su olfato empresarial. Saca discos cada tres o cuatro años, seguidos casi siempre de giras. Entremedias se borra. Cuando anuncia su vuelta, su público, ansioso, le recibe rendido. Una estrategia inédita en el rock y solo comparada en el pop con Manolo García.

Con el viento soplando a favor, en 2003 hay un fundido en negro. O mejor dicho: una hoja en blanco. El grifo de la inspiración para hacer canciones se corta. Es cuando el músico decide poner en marcha el mayor reto artístico de su vida: escribir una novela. Antes se apuntó en un curso de la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia) de gramática y ortografía. Tenía 40 años. “Estaba totalmente frustrado. La primera noche lo pasas mal, pero si empiezas a sumar noches y llegas hasta seis años, es como un pozo”, contó sobre su incapacidad de hacer canciones a este periodista en 2008 en una entrevista para EL PAÍS.

La prosa, sin embargo, fluye, aunque lentamente. La novela se publica en 2009: El viaje íntimo de la locura (Autor Editor), una originalísima historia de liberación individual. El músico empieza a acumular lectura en su mesilla de noche: “Soy un lector tardío y tiene su parte buena, porque puedo coger de todos los territorios. Ahora leo todas las noches. Me sienta bien. Y varío: si me he leído una novela de acción, luego cojo una biografía y más tarde a Cicerón”. También estudia latín. “Me divierte hacer traducciones», me comentó en aquella entrevista, para luego dejar una frase digna de estudio: «Es falso que el saber no ocupe lugar. Si te tiras cuatro horas estudiando, te ocupa lugar y tiempo”.

Ahora, Extremoduro cierra la verja con una gira de despedida en 2020. Dicen que se van porque «no hay compenetración» entre los componentes. Otra de sus fechorías: Extremoduro es Robe Iniesta. Quizá la realidad sea que seguramente es consciente de que su música, sobre todo la de los primeros discos, está demasiado condicionada por ser la banda sonora de las noches juveniles. Pasado ese trance corre el riesgo de caducar. Tanto es consciente de ello que lleva ya dos discos en solitario bastante más sofisticados, recibidos muy positivamente por aquellos seguidores suyos que ya han crecido. Hoy, actúa en teatros, riñe a los que intentan grabar con el móvil y en algunos recintos no permite que se consuma alcohol en las butacas.

Iniesta tiene hoy 57 años, dos hijos ya treintañeros, una vida desahogada y sencilla con su pareja de siempre y le han concedido, en 2014, la Medalla de Extremadura. Incluso acudió al solemne acto. Él, que siempre vio en los políticos al demonio. «Pensé en no venir, pero ese día no tenía nada mejor que hacer», se justificó.

Alguien que estuvo comiendo con él hace un par de semanas dice que básicamente consumió agua: «Éramos un grupo grande y solo en los brindis se echó en un vaso de casera tres gotitas de vino». La comida fue en Madrid. Llegó en coche con su pareja, almorzaron con los amigos y se marcharon, también en su vehículo, a su vivienda del norte. Ya no le gusta dormir fuera de casa…

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