Marciana

Ya he comentado alguna vez —es obsesión— que existen dos axiomas que plantean visiones literarias y políticas antitéticas: hay quien asegura que la ficción es verdad y con esta alegre propuesta avala la capacidad de la poesía para intervenir en lo real; y hay quien asevera que la realidad no existe y, entonces, nuestra preocupación por colas del hambre, violencia machista o rebrotes coronavíricos es una gilipollez. Cuerpo o espejismo. La poesía es un arma cargada de futuro frente a un no future decantado por el tamiz erudito de una acracia derechista. Estas polémicas son peccata minuta cuando un presidente propone a sus compatriotas que se inyecten hidrogeles o cuando vemos, en granjas ucranianas, a los bebés que no han podido ser recogidos —están en consigna— por sus compradores y compradoras. Aquí también se producen acontecimientos extraños que me obligan a mirar bajo la cama o a confiar en los santeros que matan gallinas para curar cánceres.

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