Ludita

No condenéis a los zurcidores que rompieron máquinas de hilar ni a los rurales muchachos del capitán Swing. Dicen en Wikipedia —fuente autorizada— que ellos no se oponían al progreso, pero temían el hambre. Nosotras, ahora, amamos las máquinas de escribir con sus cintas entintadas y el sonido de sus teclas. Amamos espejos, autómatas, microscopios. Unimos nuestros corazones con los de replicantes que vieron rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Adoramos las lavadoras, sus programas cortos y eco; las amamos como becerros de oro y les dedicamos un altar. Reservamos el lavado a mano en el río para que Rosalía cante en una peli de Almodóvar. Nunca renunciaríamos a la penicilina ni a esas inyecciones, en vítrea jeringuilla, que te dejaban la pata tiesa. “Es que cristalizan”, lamentaban los practicantes mientras nosotras, con soplos cardiacos o sarampiones, poníamos el culo más duro que una piedra. Ni siquiera renunciaríamos a esos curativos dolores y, sin embargo…

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