Lucía Lacarra y Víctor Ullate sacan a bailar a la heroína clásica: Antígona

Antígona ha vuelto a Mérida; en el escenario del sobrecogedor teatro romano la heroína clásica se ha suicidado decenas de veces. Esta vez, sin embargo, lo ha hecho de una manera inédita: con zapatillas de punta y bailando. El responsable, Víctor Ullate, que junto a su pareja y mano derecha Eduardo Lao firman la adaptación de la tragedia que Sófocles escribió alrededor del año 441 a.C. No podía tener Antígona, además, mejor encarnación que Lucía Lacarra –que cerrará en breve su segunda etapa en el Ballet de Víctor Ullate–. La bailarina donostiarra vuela con un baile dulce, magnético, asentado sobre una técnica poderosa y unos movimientos llenos de sutileza y de hermosura; en resumen, de una primerísima bailarina que confiemos en poder seguir disfrutando en nuestros escenarios.

Jesús Cimarro, director del Festival de Mérida, lo decía al concluir el espectáculo: es muy difícil encontrar producciones basadas en los clásicos grecorromanos; mucho menos en el terreno de la danza, aunque en el repertorio de nuestra danza haya magníficos precedentes, como la «Medea» que Granero, Narros y Sanlúcar crearon hace más de tres décadas para el Ballet Nacional de España. Ullate y Lao han creado una versión que desarrolla la historia con mucha claridad, aunque, con toda lógica, han dejado de lado la parte política y han subrayado la historia de amor entre Antígona y Hemón (encarnado por Josué Ullate), apenas insinuada en el texto de Sofocles. Alguno de los momentos más bellos de la coreografía son, precisamente, los que tienen a estos dos personajes como protagonistas; también es conmovedora –Lucía Lacarra la convierte en conmovedora– la escena inicial en la que guía a su padre, Edipo, después de que éste se arrancara los ojos.

Con un collage de músicas de ecos orientales –de Peter Gabriel a Lisa Gerrard–, Ullate y Lao desarrollan una coreografía eminentemente lírica, como es marca de la casa, con la belleza de las figuras y los movimientos por delante de su desarrollo dramático. El resultado es un espectáculo hermoso pero todavía tierno, que seguro que crecerá con el paso de las funciones –próximamente se presentará en los teatros del Canal de Madrid–; la inteligente escenografía de Curt Allen Wilmer (basada en bidones apilados), el sugerente vestuario de Iñaki Cobos y la acertada iluminación de Luis Perdiguero envuelven el espectáculo, en el que además de la pareja protagonista destacan el Creonte de Mariano Cardano y la Eurídice de Keiko Oishi.

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