Los tres palacios que definen a los reyes más grandes de España

Los Trastámara, nacidos de un fratricidio medieval, prefirieron los anchos muros defensivos del Alcázar de Segovia para proteger sus espaldas. Los Austrias erigieron un palacio monasterio en plena sierra madrileña como alarde de su todopoderosa austeridad. Mientras que el primero de los Borbones se alejó de todas las miradas y las escuchas para dar rienda suelta a su locura en los bosques de La Granja. Un palacio, una dinastía. Tres palacios, toda una historia.

Un castillo de cuento

Si bien las tres grandes dinastías que vertebran el pasado y presente de España construyeron, habitaron o visitaron sinuosos palacios de toda la geografía, para cada una de ellas hubo una residencia que, por lo vivido allí o por su particular estilo, los representaba por encima del resto. En el caso de los Trastámara, ninguno fue tan emblemático como el Alcázar de Segovia, un complejo de edificios que alcanza 125 metros en su eje vertical y sesenta metros en su parte más ancha.

La documentación apunta a que ya desde el siglo XII existía un primitivo palacio, donde se convocaron las Cortes castellanas en 1256 por orden de Alfonso X «El Sabio», que tras el trabajo se refugiaba en sus altas atalayas para estudiar el firmamento y, tal vez, atreverse a dudar de que el Sol girara en torno a la Tierra.

Alcázar de Segovia
Alcázar de Segovia – Antonio Tanarro

En sus largas estancias en Segovia, los Trastámara ampliaron y engalanaron el Alcázar, cuya torre del homenaje, de ochenta metros, fue edificada por Juan II en la época de transición del románico al gótico. No en vano, la comunión plena entre esta familia y el lugar se selló con la proclamación en la ciudad de Isabel «La Católica» como Reina. Arropada por los segovianos, la castellana dio este paso al frente, sin consultar con su marido, que cambiaría su vida y la historia. Consciente de la importancia del lugar, Felipe II restauró el palacio, colocó sus emblemáticos tejados de pizarra y reformó la Sala de los Reyes, decorada con un friso con 52 imágenes policromadas de los Reyes de España.

En 1862, cuando ejercía de sede del colegio de Artillería, el Alcázar sufrió un incendio que arrasó su interior. Daños que no restaron magia a un palacio de cuento de hadas, definido por el poeta Dionisio Ridruejo como «el castillo más parecido a uno de mentira soñado por un niño». La factoría Disney se inspiró en él para algunas de sus películas.

El Templo de Felipe

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Para la posteridad ha quedado la imagen de Felipe II como hombre gotoso, de vestimenta negra y encerrado en sus palacios, que más bien corresponde a la última fase de su vida. El Rey Prudente no sufrió de gota, a pesar de su mala salud de hierro, hasta pasados los cuarenta; vistió vivos colores en su juventud, y fue un viajero por estaciones. Su costumbre era la de pasar las primaveras en Aranjuez y el Pardo, los inviernos en Madrid, donde estableció la corte en 1561, y los veranos en El Escorial.

El Monarca escogió la sierra madrileña para construir la primera «Casa de Dios en la tierra» (la Domus Dei) tomando como modelo arquitectónico el Templo de Jerusalén. Bautista de Toledo, autor de las líneas maestras, volcó en sus planos un festín de formas geométricas y referencias bíblicas. El resultado fue, al mismo tiempo, el sueño de juventud de un Rey aficionado a la arquitectura, un monumento para conmemorar la victoria en San Quintín (1557) y el lugar donde Felipe quería hacerse enterrar junto a su padre. Hoy, en la Cripta Real, al borde de su capacidad, reposan los restos de la mayoría de Reyes de la historia reciente de España.

Retrato de Felipe II de joven
Retrato de Felipe II de joven – ABC

Durante las obras, cualquier cambio que los aparejadores realizaran en los planos, por muy leve que fuera, debía ser antes consultado al Monarca, lo que ralentizó el proceso pero no justifica la expresión «tardar más que la obra de El Escorial». En solo veintiún años se finalizó de forma oficial con la apertura de la basílica, aunque las obras se alargaron diez años más en otras estancias.

A la vista de su legión de peones, Felipe II lloró durante la consagración de la basílica el 13 de septiembre de 1584. En la obra trabajaron de ordinario «1.500 oficiales de la construcción, 300 carros de bueyes y mulas», empleados que recibían diez días de vacaciones al año y tenían derecho a media paga si resultaban heridos en las obras. Pues hasta de esos detalles se preocupó el meticuloso Rey, fallecido y enterrado allí en 1598.

En junio de 1671, se desencadenó el mayor incendio en la historia de la «Octava maravilla del mundo», que se alargó tanto tiempo (15 días) «que podía acabar con un mundo entero». La primera propuesta de reconstrucción pretendió restar tres metros de altura al edificio para reducir el riesgo de incendios. Ante las fuertes protestas cortesanas, la reforma de Carlos II, el último de los Austria, mantuvo la traza primitiva.

A su llegada a España, a Felipe V los palacios de los Austrias le parecieron sombríos y destartalados, aparte de encontrar absurda la costumbre de mudarse según el clima. El incendio del Real Alcázar de Madrid le sirvió de ocasión para crear su particular Versalles en la capital, mientras que sus problemas mentales, cada vez más descontrolados, le obligaron a buscarse una jubilación precoz en un entorno más saludable, en plena Sierra de Guadarrama.

Lugar de ensueño

El «Animoso» (apodo que le pusieron por sufrir de un trastorno bipolar) se construyó un palacio de ensueño, más francés e italiano que español, en un terreno rodeado de fuentes, jardines, flores, ciervos y silencio, es decir, lo único que necesitaba y esperaba ya de la vida. «¡La Granja! ¿Quién no ha oído hablar de sus maravillosos jardines, de sus risueños paisajes, de la sorprendente arquitectura de sus fuentes, de sus laberintos y vergeles?», describió Galdós. Los seguidores de Le Nôtre, diseñador de los parterres y frondas palaciegas de Versalles, tuvieron que adaptar las consignas de su maestro a un terreno desigual y pródigo en cortaduras y ribazos.

La Granja de San Ildefonso
La Granja de San Ildefonso – Fernando Peñalosa

Las obras se iniciaron en 1721 y se prolongaron, con importantes variaciones, hasta bien entrado el reinado de Carlos III. Durante unos meses de 1724, Felipe V abdicó y se retiró a su Pequeño Versalles, como llamaba a La Granja de San Ildefonso, «para pensar en la muerte y solicitar mi salvación». El retiro terminó con la muerte de Luis I, cuando llevaba pocos meses reinando y, en definitiva, cuando Isabel de Farnesio, que calificó de «desierto» lleno de «ciervos y aburrimiento» aquella sierra, determinó volver al mundo de los vivos.

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