Los tesoros del Palacio de Liria al descubierto

El duque de Alba abre al público el Palacio de Liria. Por fin podrá visitarse sin restricciones una de las colecciones particulares más bellas de España. Quien suponga que esto añade poco a Madrid, sede de varios museos fantásticos, se equivoca. Los espectadores no sólo van a tener ahora ocasión de contemplar un puñado de obras señeras, desde Fra Angelico a Chagall, sino de conocer también el ambiente de una gran casa señorial en la que esas obras, integradas en la vida cotidiana, no se han convertido aún en piezas de museo.

Estrictamente hablando, allí no hay pinturas, estatuas y piezas decorativas dispuestas sin más en paredes y vitrinas, sino recuerdos de un clan aristocrático cuya Historia se confunde con la de Europa. Si conseguimos no impresionarnos demasiado con el lujo, ni caer en los prejuicios que incitan a condenarlo, tal vez logremos captar incluso la ligera opresión que, bajo el brillo de tantas cosas venerables, debe de producir la omnipresencia de generaciones de antepasados en quienes han vivido desde niños rodeados por su memoria.

Una lista que no se agota

A tres de esos antepasados de los Alba los conocemos todos bien: el gran duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, el general de Carlos V y Felipe II al que invocaban las madres belgas para amedrentar a los niños traviesos; la duquesa Cayetana, cuyos amoríos con Goya han dado pábulo a toda clase de tórridas fabulaciones; y Eugenia de Montijo, la esposa de Napoleón III, fallecida en 1920 a los 94 años en este mismo palacio asistida por su hermana, entonces duquesa de Alba. Sus retratos, firmados por Tiziano, Goya y Winterhalter, ocupan un lugar principal en la colección de los Alba y en el imaginario de cualquier español que haya ido al colegio.

Cuando se pertenece a una familia como esta no queda otro remedio que apechugar con el pasado: títulos y hacienda, sí, pero, a la vez, cuanto acarrea su posesión

La lista de grandes artistas representados en el palacio no se agota, sin embargo, con los nombres citados. Hay que sumar otros muchos: El Greco, Velázquez, Zurbarán, Ribera, Rubens, Guido Reni, Luca Giordano… Y, con ellos, escultores, orfebres y artesanos de todo tipo. Están, además, los fondos documentales, también de gran importancia cultural (desde autógrafos de Colón a las capitulaciones matrimoniales de Juana la Loca o el último testamento de Fernando el Católico) y la biblioteca, con varios miles de ejemplares, muchos primeras ediciones, del «Quijote», por ejemplo.

«Última Cena», de Tiziano y taller

Uno piensa en lo que debe significar pertenecer a todo esto y no puede dejar de sentir cierta angustia. Bajo el dorado esplendor de la riqueza y los privilegios hay presumiblemente un montón de costosas obligaciones. «Deo patrum nostrorum» (Al dios de nuestros padres), rezaba el lema del gran duque, un dios que a buen seguro incluye también toda clase de personificaciones terrenales: patria, rey, linaje.

Están, además, los fondos documentales (desde autógrafos de Colón a las capitulaciones matrimoniales de Juana la Loca o el último testamento de Fernando el Católico) y la biblioteca
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Cuando se pertenece a una familia como esta no queda otro remedio que apechugar con el pasado: títulos y hacienda, sí, pero, a la vez, cuanto acarrea su posesión, comenzando por la imposibilidad de ser lo que uno quiera. «Soy mi único antepasado», decía con orgullo Voltaire. Y sabía por qué. La última duquesa, pese a su cacareada independencia, jamás olvidó la promesa que hizo al padre de reconstruir el palacio de Liria, destruido durante la Guerra Civil, ni nunca, ni siquiera cuando se empeñó en actualizar el majismo de su celebre antepasada, dejó de trabajar en favor de la «Casa», exactamente igual que cualquiera de sus predecesores. Nobleza obliga.

Rebelarse contra el destino

El actual duque de Alba se apellida Fitz-James Stuart. Es el apellido familiar desde que a inicios del siglo XIX heredó el título un sobrino de la duquesa Cayetana, Carlos Miguel, duque de Berwick. Un abuelo de este construyó el palacio de Liria en el XVIII. Cayetana se apellidaba Silva, nombre que llegó a su familia con su abuelo paterno. Una tradición poco fiable asegura que la obsesión por recuperar el apellido original de la casa llevó a los padres de Cayetana a casarla a los trece años con su primo José Álvarez de Toledo. Por desgracia para ellos, el matrimonio no tuvo hijos. Si las cosas del abolengo eran tan cruciales no hay que admirarse de que la duquesa se rebelara contra el destino escandalizando a la sociedad madrileña con su conducta libertina. La historia le pesaba.

Y eso que no vivió en el palacio de Liria, ni poseyó más que una parte de la actual colección, aportaciones de los Berwick al patrimonio familiar. Era dueña, en cambio, de la «Venus del espejo», de Velázquez, en realidad de la colección completa del VII marqués del Carpio, quien casó a su heredera con el duque de Alba. La pintura de Velázquez le gustaba tanto que pidió a Goya que la retratara desnuda. No como vino al mundo –los Alba nacen vestidos–, sino desnuda de verdad, ella misma. ¿Será la desnudez el sueño secreto de quienes han heredado demasiado?

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