Los ojos de la verdad

Trump, el hombre desatado, había advertido que se negaría a aceptar una derrota. No hay motivo entonces para la extrañeza: el presidente venía propagando en Twitter la idea de que sus enemigos querían derrotarlo a través del voto fraudulento. Le salía a cuenta sembrar la duda sobre el recuento porque los votantes demócratas, más comprometidos contra la pandemia, optarían por votar desde casa. También aquí, si se dieran unas elecciones en estas circunstancias, muchos preferiríamos el voto por correo. Aunque, visto lo visto, tanto el alcalde de Madrid como su inefable presidenta aconsejarían lo que podemos imaginar: unas cañas después de celebrar la fiesta de la democracia. A mí me sorprende que Trump sorprenda: ese prototipo de ególatra grotesco exhibe una sinceridad pavorosa, es transparente. Sin menospreciar el apoyo de un partido republicano, que no desea la democracia sino una república oligárquica y que dejará caer a su candidato en cuanto huela a muerto, Trump es un hombre psicológicamente negado para trabajar por un bien colectivo. No puede gobernar pensando un prójimo porque, sencillamente, no lo ve. Solo está dotado para ejercer un poder absoluto, rodeado de una corte de pelotas que asuman sin rechistar sus insensateces. Ni tan siquiera como empresario levantó mucho el vuelo, aunque hubiera un público dispuesto a creerse su papel de triunfador en un show televisivo.

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