«Los franceses que se unieron a Daesh deben volver y ser juzgados aquí»

El islamólogo Rachid Benzine (Kenitra, Marruecos, 1971) acudió la semana pasada a la Casa Árabe de Madrid para conceder una charla titulada «Islam (s) y musulmanes: malentendidos y malentendientes», y, en el marco de ese evento, ABC tuvo la oportunidad de conversar con él. Este estudioso del islam abandonó su Marruecos natal cuando era un niño para asentarse con su familia en Francia, en la localidad de Trappes, donde creció y contempló como arraigaban algunas de las versiones más radicales de su religión, fanatismo que creó el caldo de cultivo perfecto para que sucediera la tragedia. Un total de 78 jóvenes de ese municipio se enrolaron en las filas de Daesh durante el auge del grupo terrorista en Siria e Irak en los últimos años. Benzine no se conformó con ser testigo de esa deriva y se interesó por comprenderla, acercándose, desde su concepción liberal de la fe y su profundo conocimiento del Corán y de los otros textos esenciales para los musulmanes, a la propaganda yihadista. Fruto de sus entrevistas con jóvenes que habían regresado del autodenominado Estado Islámico, y que se encontraban en prisión, escribió «Nour, pourquoi je n’ai-rien vu venir» (Seuil, 2016) («Nour, ¿por qué no lo vi venir?»), donde relata un intercambio imaginario de cartas entre un padre y su hija, una chica que se ha unido a los terroristas en Faluya. La obra cosechó éxito y captó interés, y se convirtió en una obra de teatro, «Lettres à Nour» («Cartas a Nour»). En esta entrevista, hubo tiempo de hablar sobre ella y también de otros desafíos a los que se enfrenta el islam en Francia, un país donde viven 6 millones de musulmanes y en el que el terrorismo islámico ha hecho un daño que ha enturbiado gravemente la convivencia.

Usted es uno de los representantes del llamado islam liberal. ¿Me puede explicar en qué consiste esa lectura que hace de su religión?

El islam liberal intenta tomar en cuenta las cuestiones que plantea la modernidad. A la vez, el islam liberal somete al Corán y a la tradición a una examen crítico, sobre todo a través de las ciencias humanas, y propone nuevas lecturas. Es, en definitiva, un islam que valora los derechos humanos, la igualdad entre hombres y mujeres, la diversidad religiosa y la libertad de conciencia. Todas las preguntas que se le plantean a un creyente que quiere vivir su religión en los albores del siglo XXI.

¿Cómo hay que leer las escrituras sagradas del islam para alcanzar una concepción de la religión de ese tipo?

En primer lugar, hay que intentar consagrar mucho trabajo al Corán, y sobre todo a su primer contexto. Cuando se hacen estudios de historia sobre el Corán, sobre ese primer momento llamado islam primitivo, se descubre que es un periodo borroso. El Corán es el primer gran texto árabe y para estudiar esa etapa solo tenemos esa fuente. Además, toda la tradición musulmana que se refiere al Corán fue elaborada dos siglos más tarde. Fue la sociedad iraquí, de Bagdad, la encargada de hacerlo, a partir del año 750. Sin embargo, según la tradición musulmana, el Corán fue anunciado entre 610 y 632. Es decir, que entre 632 y 750 no tenemos gran cosa en lo que se refiere a documentos o literatura. Es un silencio total. Una vez que somos conscientes de eso, se puede empezar a trabajar sobre los textos. Es un trabajo colosal.

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Macron ha dicho en varias ocasiones que quiere crear un islam francés. Sin embargo, la islamóloga Razika Adnani considera que un proyecto de ese tipo es una utopía, y que está lejos de suponer «una solución para el salafismo y el radicalismo», como ha explicado en varios medios. ¿Qué le parece?

Si miramos cómo se ha desarrollado el islam históricamente, vemos que la manera de vivir la religión en Pakistán, Senegal, Irán o Irak es diferente. Así que no es una utopía, porque el islam como religión se inscribe en una cultura, y esa cultura interroga al islam. Es una dialéctica continua. Por ejemplo, la manera de vivir el islam en Bélgica es muy diferente a la de Francia, porque el principio de laicidad no existe en el primer país. Cuando Macron habla del islam de Francia, se refiere a la cuestión de la organización del culto. Es decir, a la formación de los imanes, que es muy importante, y a la construcción de las mezquitas o al peregrinaje. La cuestión es cómo institucionalizar la religión para obtener transparencia, sobre todo en lo que se refiere a la financiación. El presidente no alude a un cambio teológico o religioso, porque el Estado no puede ocuparse de esos aspectos.

Como usted acaba de señalar, Francia es un país laico, con una ley de separación de la Iglesia y el Estado que data de 1905. Allí viven ahora seis millones de musulmanes. ¿Cómo pueden integrarse y convivir en un país que ha puesto cortapisas a la religión?

El gran problema de la organización del islam es que a sus diferentes tendencias les cuesta dialogar entre ellas. Cuando las personas no quieren dialogar entre ellas, es muy difícil que se organicen. A pesar de la separación establecida en 1905, el Estado necesita interlocutores para ciertos auntos, como la ética o la organización del culto. La cuestión es cuál es la legitimidad de los interlocutores. Creo que, en lugar de una institución nacional, hay que partir de lo local, de los departamentos, región por región, y luego crecer hasta que se conseguir una institución que sea representativa de todos los musulmanes.

Usted nació en Marruecos y luego, cuando era un niño, se asentó con su familia en Francia. Creció en Trappes, de donde han salido 78 personas para unirse a las filas de Daesh. Muchos eran jóvenes que se habían educado como franceses. ¿Cómo puede explicar este fenómeno desde su experiencia?

Trappes tiene una población de 32.000 habitantes. Ha habido casos de jóvenes que han sido un éxito. Pero un grupo de ellos se ha ido a Siria. El número se eleva porque a menudo son de la misma familia. En Trappes, había un ambiente que propiciaba que sucediera algo así: la inmigración tras la guerra civil de Argelia, la presencia de los Hermanos Musulmanes, los salafistas… Cuando la salida hacia Siria fue posible, algunos jóvenes creyeron que era su ocasión para vivir lo que llaman «el verdadero islam». Creían que en Francia no se podía ser musulmán del todo. Y por eso decidieron marcharse.

He trabajado sobre el discurso de Daesh, con sus textos y vídeos. También he ido durante un año y medio a las cárceles para entrevistarme con jóvenes que habían vuelto de Siria o Irak. Creo que fueron atraídos por los cuatro sueños o promesas de Daesh. Primero, por la unidad del mundo musulmán, que se iba a posicionar contra Occidente, recuperando sus antiguas fronteras. Segundo, por la vuelta de la dignidad. He escrito un libro llamado «Cartas a Nour». Es un intercambio epistolar entre un padre y su hija, que se ha unido al grupo terrorista. Hay un momento en el que la chica dice: «Se puede reparar una injusticia, pero una humillación no se cura nunca». Algunos jóvenes sentían que el discurso de Daesh les devolvía la dignidad y el orgullo. La vuelta a la pureza fue el tercer sueño prometido. Los captados pensaban que se habían alejado del auténtico islam, y consideraban que los gobiernos musulmanes no estaban en sintonía con la verdadera religión. Esa voluntad de pureza conducía al deseo de purificación, por lo que la violencia se convertía en un acto moral. Por último, el cuarto sueño de Daesh fue dar sentido a sus vidas. Les dieron una especie de kit que contenía una revolución religiosa y política.

En «Cartas a Nour», la hija que se ha unido a Daesh escribe esto a su padre: «Me doy cuenta de la inutilidad y del vacío de mi vida de antes». Hay autores que consideran que el terrorismo deriva del nihilismo, o que hay una vinculación. ¿Está usted de acuerdo?

No, el yihadismo no es nihilismo. El yihadismo es un movimiento revolucionario que quiere cambiar el mundo. La mayoría de las personas que se marchan a Siria no buscan morir, sino vivir su propia experiencia. Cuando se unen a Daesh, tienen la impresión de que van a participar en una revolución, y que su vida va a ser útil.

Usted ha entrevistado a jóvenes que se hicieron terroristas y que ahora han vuelto a Francia. Hay un debate sobre las responsabilidades, sobre quién es el culpable de que algo así haya podido suceder: el Estado, la sociedad, la religión o los propios chicos, por irresponsables y desconsiderados con el país en el que han crecido. ¿Qué piensa usted?

Es culpa de todo el mundo. La sociedad ha fallado, porque son hombres y mujeres que han crecido en ella. Que hijos de la sociedad francesa decidieran ir a un país en guerra quiere decir que nos hemos equivocado colectivamente en algo. Creo que tiene que ver con la utopía, los sueños y la esperanza. Muchos jóvenes dudan de la sociedad francesa y de su capacidad para proponerles una vida digna. Además, también es un fallo del islam. No hemos sabido desactivar sus lecturas mortíferas. Los líderes musulmanes que no han sabido enfrentarse a la ideología de Daesh son responsables. Daesh es un tipo de islam, y aunque no sea el que conocemos ni el que nos gusta, también forma parte de esta religión, que puede tener una versión violenta.

¿Qué le decían esos jóvenes con los que se entrevistó?

Casi todo lo que he escrito en «Cartas a Nour» viene de lo que he escuchado en las prisiones. Allí me he encontrado con gente brillante intelectualmente, gente con estudios que no tiene problemas psicológicos o dificultades para encontrar su lugar en la sociedad. Se han unido a Daesh porque es una ideología que puede seducir a los jóvenes. Algunos no se arrepienten para nada de haberse ido, porque sostienen que les empujaba un ideal. No hay un único perfil.

En otro fragmento de «Cartas a Nour», el padre recuerda a su hija: «No te equivoques de combate: la libertad, la democracia, la emancipación de los pueblos, pasan por la educación». En Francia, después de los atentados contra «Charlie Hebdo», hubo chicos de instituto que dijeron que, al fin y al cabo, los dibujantes se lo «habían buscado un poco». ¿Qué ha pasado con la educación? Me consta que hay barrios conflictivos donde el trabajo en los institutos es realmente duro.

Efectivamente. En los barrios donde las condiciones económicas y sociales no son perfectas, donde vive gente que tiene muchos problemas, la educación nacional no puede hacerlo todo. En esos barrios, los profesores están muy entregados y son valientes, porque es mucho más difícil enseñar en esos centros que en institutos de clase media o burguesa. Los problemas son enormes. Hay muchos jóvenes que no controlan el idioma y que tienen dificultades psicológicas, económicas o sociales. Además, los adolescentes adoran la provocación. Después de los atentados contra «Charlie Hebdo», hubo jóvenes que dijeron «Yo no soy Charlie». Como adultos, tenemos que aprender a desactivar ese discurso, a trabajar con ellos. Hay padres que han perdido a hijos en los atentados de Bataclan y que van a institutos donde se han dicho esas cosas. Cuando cuentan su testimonios, los chicos se callan. Por eso he escrito «Cartas a Nour», que mezcla emoción y razón. El ser humano no es solo racional. Es también emocional. Si se mezclan las dos cosas, se comprende mejor un mensaje.

En Francia hay un debate sobre lo que se debe hacer con los jóvenes que se unieron a Daesh y ahora quieren regresar. El ministro del Interior, Christophe Castaner, ha hecho declaraciones contradictorias al respecto ¿Cuál es su punto de vista?

Creo que nuestra sociedad tiene la capacidad de recibirlos, así que deberían volver y ser juzgados severamente, porque, si cumplen sus penas allí, de todas formas no podremos impedirles que regresen a Francia. Lo emocional, que es el miedo de la población, no debe actuar sobre lo político.

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