«Los españoles tienen una mala relación con su historia, acomplejada»

Confiesa José Varela Ortega (Madrid, 1944) que se hizo historiador movido fundamentalmente por la curiosidad: «Las épocas pasadas y sus gentes me han despertado siempre una enorme curiosidad y comprobé que muchos personajes habían tenido una vida que podría superar la imaginación de cualquier novelista». Esa curiosidad le acompaña a Varela Ortega desde su niñez. Uno de sus recuerdos más intensos es cómo lanzaba a su abuelo, el filósofoJosé Ortega y Gasset, continuos interrogantes: «Mi abuelo era muy niñero. Escribía apoyándose en su atril mientras sus nietos jugábamos a su alrededor y hasta montábamos tiendas de campaña en su despacho y biblioteca. Y yo no paraba de formularle preguntas». Tanto era así que Varela Ortega conserva en un lugar preferente de su casa uno de sus más entrañables tesoros. Una nota enmarcada, escrita por el autor de La rebelión de las masas, que se titula «Mi nieto y el diablo», donde leemos: «Cuando mi hija explica a mi nieto Pepito cómo es el diablo, el niño pregunta: “Y por qué no lo coge la Guardia Civil?”. Cuando su madre le responde que el diablo tiene más fuerza que toda la Guardia Civil junta, el niño vuelve a preguntar: “¿Entonces, por qué no lo mata Dios?”».

Y esa curiosidad insaciable es la que le llevó a embarcarse en un proyecto de gran calibre y calado que ahora ve la luz: «España. Un relato de grandeza y odio», donde se pregunta, y responde, a través de una inmensa documentación, qué piensan de nosotros los extranjeros. En definitiva, abordar la historia del estereotipo de España.

¿Es su obra más ambiciosa?

No lo sé, depende de lo que se entienda por ambiciosa. Sí es la más general, la más abrumadora, en cierto modo, por la cantidad de libros leídos, de fuentes, de datos recogidos y analizados… Es también la que encierra una mayor proyección histórica, aunque el enfoque sea muy especial: confrontar, a lo largo de los siglos, la imagen foránea sobre España con la realidad de los hechos. No es, por tanto, una historia de España al uso. Aunque, inevitablemente, transite por lo que de manera convencional se califique de historia de España. Por otro lado, de entre todos mis libros, es el que tiene una más extensa génesis, desde que me metió el gusanillo por indagar la opinión de los otros sobre España uno de mis maestros en Inglaterra -en mi trayectoria académica y profesional he vivido y trabajado en diversos países-, Joaquín Romero Maura. Asimismo, he aprendido mucho en esta inacabable investigación llevada a cabo y me he divertido enormemente.

Sin duda, los lectores compartirán el aprendizaje y la diversión. Por ejemplo, con el caso de Madame d´Aulnoy…

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Madame d´Aulnoy escribió uno de los libros de viajes a nuestro país más influyentes y que gozó de mayor crédito. En él se refiere, por ejemplo, a la extravagancia y desmesura de la «sinrazón hispánica» señalando la pretenciosidad del madrileño puente de Segovia construido como si se tratara, nos dice, de «cruzar el Rin o el Danubio», y no el Manzanares, que le parece casi un riachuelo. Las impresiones de Madame d´Aulnoy tuvieron multitud de seguidores. Pero resulta que grandes hispanistas franceses, como Raymond Foulché-Delbosc, sostienen que nunca puso los pies en España. El caso de Madame d´Aulnoy, autora de cuentos de hadas, no es el único, pero quizá ha sido uno de los que mejor dio el pego. Hay un tipo de libro de «viajeros», sobre todo en el siglo XIX, que se denomina de chimenea y sillón, porque están escritos sin salir de una biblioteca. Aunque, en ocasiones, son bastante buenos y muestran gran habilidad narrativa, si bien no son, obviamente, testimonios directos.

«Los enciclopedistas nos reprocharon más que derramar sangre en América, construir una sociedad mestiza»

La verdad es que hay de todo, buenos y malos, entretenidos o un tanto plomizos, aunque a efectos de mi investigación me interesaba sobre todo estudiar el impacto que causaron en la imagen de España. No obstante, uno de los mejores y más célebre, es la Guía del británico Richard Ford. Conocía bien España, lo que no significa que no tuviera su parte fantasiosa. También, por ejemplo, La Biblia en España, del inglés George Borrow, naturalmente bastante sesgado, pero muy divertido y bien escrito, y espléndidamente traducido por Manuel Azaña.

Quizá los libros de viajeros románticos sean de los más influyentes. ¿Qué imagen trasmiten de España?

Los viajeros románticos aterrizan en una España devastada por la Guerra de la Independencia. Y traen en la mochila el desagrado con la sociedad industrial de sus países, denostando la industrialización, el ferrocarril… Ven el atraso de España, pero eso para ellos no es negativo: es interesante e incluso bello. Encuentran en España lo que se ha perdido en sus lugares de origen, y que aquí se mantiene. Creen hallar el verdadero mundo del pueblo. Naturalmente, solo se fijan en lo que les atrae, desdeñando en general la España urbana, progresiva, que más bien les incomoda. Sin duda, fabrican una imagen especialmente pujante y que se ha mantenido mucho tiempo.

«El atraso español no solo no desagradaba a los viajeros románticos, sino que les parecía interesante y hasta bello»

Los enciclopedistas son los que más nos atacan, a pesar de que parece que tenían bastante poca idea de España y su historia…

Ciertamente. Tenían escaso, por no decir nulo, conocimiento real de la España peninsular y americana . Y no solo eso. También un enorme desprecio por el mundo natural americano, considerándolo degradado, primitivo, e inferior al europeo. Sobre todo, creen que el principal pecado de los españoles es el mestizaje. No tanto el derramar la sangre de los indios como mezclarla, construyendo una sociedad mestiza. No les interesan ni reconocían los logros americanos, como que se levantaron numerosas universidades, o que el Colegio Universitario de Lima, y no es un caso único, contaba con una biblioteca diez veces mayor que la de Harvard.

Resulta muy llamativo ese reproche ante la mitificación de los enciclopedistas, sobre todo por ciertos sectores «progresistas» que abogan con ahínco por el multiculturalismo…

Sí, lo es. A los enciclopedistas, Diderot, Montesquieu, Voltaire… les venía bien encontrar un modelo católico de la antimodernidad. Por eso presentaron a España como un país atrasado, fanático, completamente alejado de las luces, contrario al progreso. Aunque, en efecto, la recriminación fundamental que hacían a los españoles americanos, dicho de manera brutal, no era derramar sangre, sino haberla mezclado.

«Junto a la leyenda negra, existió una leyenda dorada que revelaba la admiración hacia España»

La percepción básica que preside el recorrido por la historia de la imagen de España es de carácter bifronte, contradictorio…

En efecto, todo es muy complejo y no debe simplificarse. He tratado de reflejar cómo han funcionado los estereotipos entre los siglos XV y XXI, situándolos en su contexto histórico adecuado. En general, se agrupan en torno a dos visiones contrapuestas: la del español militante, apasionado, caballeroso, valiente, enérgico y emprendedor (pero que también tiene una imagen peyorativa como arrogante cruel, fanático y supersticioso) frente al español indolente, decadente y hasta degenerado. Ya apuntó Maurice Barrès que España «reúne todos los contrarios». Lo que ha propiciado y contribuido a que España tenga una imagen muy potente, fuerte y arraigada, porque es uno de los pocos países con el cual la cultura occidental ejemplifica alguno de sus grandes periodos: en nuestro caso, España es el ejemplo del barroco y del romanticismo. Wittgenstein dejó claro que los estereotipos son una forma «primitiva de razonar». Y Walter Lippman sentenció que el estereotipo es una economía de pensamiento. Pero lo cierto es que millones de personas se han guiado por ellos, y hoy siguen creyéndolos, con consecuencias en todos los campos.

¿Los españoles han interiorizado la leyenda negra?

De algún modo, eso es cierto. En rigor, todos los países imperiales tienen cierta leyenda negra, si bien en el caso español entraña peculiaridades. El español en cierta medida sí ha interiorizado esa leyenda negra, sobre todo porque tenemos que tener en cuenta que el mundo español del Antiguo Régimen es muy religioso, muy bíblico y la Biblia, como sabemos, es una cultura con complejo de culpa, con una omnipresencia del pecado. El español se ha fijado mucho en esa leyenda negra, parecen muy preocupados por lo que se piensa sobre ellos. Y los españoles tienen una mala relación con su historia. Una relación acomplejada. Sea como fuere, la leyenda negra es diversa y contradictoria.

Y parece que hoy se sigue utilizando. Bien recuerda usted que el abogado flamenco de Puigdemont recurrió a la «Apología», de Guillermo de Orange, el sumun de un texto antiespañol

Ese texto de Guillermo de Orange, que le escribieron sus plumíferos, es uno de los puntales de la leyenda negra, o de la literatura de batalla, expresión que me gusta más y prefiero emplear. El abogado de Carles Puigdemont, especialista en defender a etarras, lo utiliza porque le viene muy bien. Quiere enviar el mensaje de que ahora es igual a como hace siglos: el español es un ser fanático, cruel y arbitrario. Pero lo importante es cómo hemos de tomárnoslo. Y no creo que deba ser en serio. No pienso que tengamos que poner cara de ofendidos ante algo que es ridículo. No hay que darle mayor pábulo: me parece más apropiado recurrir a la ironía y el buen humor como en el filme «La Kermesse héroïque».

«Mi libro no es un alegato ideológico. No propongo, expongo para que el lector saque sus propias conclusiones»

¿Hoy continuamos interiorizando esa leyenda negra?

Bueno, hay dos libros recientes: «Imperiofobia», de María Elvira Roca Barea, e «Imperiofilia», de José Luis Villacañas, que nos remiten a que hoy todavía ese asunto se discute y levanta pasiones. Son dos libros con una fuerte carga ideológica, pero muy distintos. El de Roca Barea es muy valioso, trabajado y documentado, mientras que el otro carece de originalidad, contiene numerosos errores y parece concebido al pairo de «Imperiofobia». En mi libro no he pretendido en ningún momento realizar un alegato ideológico a favor o en contra de leyendas negras o doradas, sino un ensayo de historia profesional, en el que no propongo, sino expongo e invito al lector saque sus propias conclusiones.

Junto a la leyenda negra, usted examina la «leyenda dorada», menos estudiada hasta ahora, y que parece que los españoles no conocen lo suficiente…

Sí. Es la admiración e imitación que suscitó nuestro país. Suele olvidarse que en la época imperial hubo en Europa una potente «leyenda dorada», en expresión, si bien crítica, de doña Emilia Pardo Bazán. Así, la reconquista de Granada produjo un gran impacto por muchas razones, entre otras porque parecía que de alguna forma equilibraba la pérdida de Constantinopla. Carlos V va de viaje de novios con su esposa Isabel a la ciudad andaluza. Asimismo, la conquista de América no deja de ocasionar admiración, pues da la impresión de ser una gesta propia de héroes griegos y romanos. Pero, le insisto, mi objetivo no ha sido un alegato ideológico, sino una exposición que enfrenta imagen y hechos, apoyándose en numerosísimos ejemplos que se internan en solo en la Historia, sino también en la literatura, la pintura, la música, el cine… En mi opinión, un historiador no es un cura ni un policía -aunque comparte con este la labor de investigación y averiguación-, ni mucho menos un juez. No debe emitir sentencia.

«La conquista de América no deja de ocasionar admiración, pues da la impresión de ser una gesta propia de héroes griegos y romanos»

¿En ese contraste entre la imagen y los hechos, prevalece una u otros?

El estereotipo tiene indudable fuerza, generaliza, transmite sensaciones más que otra cosa, evita la complejidad. Y, como hemos analizado, las expresiones literarias y artísticas dejan no pocas veces más impronta que la verdad histórica y literal. Próximamente podrá verse en el Teatro Real de Madrid Don Carlo, de Giuseppe Verdi. La pieza teatral de Friedrich von Schiller, y esta ópera del compositor italiano, una de las más populares, ofrecen una imagen del hijo de Felipe II como víctima absoluta de su siniestro padre. La realidad es que Don Carlos no fue asesinado por Felipe II, según han demostrado los historiadores. Pero en este caso, como también en otros, se consagró la estampa por encima de los hechos.

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