Los ‘entrepreneurs’ de los geriátricos

Como a todo el mundo, la vejez me asusta. Me da miedo despertarme un día y ver que me he hecho vieja. Más que ser vieja: mirarme de frente y no saber reconocer quién es esa persona de ahí delante. Es trágico comprobar que una se ha modificado del todo, y su cara no es exactamente su cara, y su cuerpo no es exactamente su cuerpo. ¿Esto es un lunar nuevo o me estoy convirtiendo en un caballo pinto?, dice Ursula K. Le Guin a propósito de esa cosa vanidosa e irresponsable que son los años pasando. No quiero que sigan pasando los años y cuando me encuentro a mí, dentro de mí, diciendo eso, no puedo sino pensarme como una consentida que es capaz de mirarse al espejo, porque tiene un espejo, y lamentarse por cosas. Me pregunto si la cuarentena ha aumentado nuestro miedo a morir lentamente, o súbitamente, o solitariamente, o indignamente; y a preguntarnos, de hecho, qué significan palabras como indigno o muerte. Porque aquí apenas se habla de morirse, o de cuánto duelen las cosas, está muy mal visto. Si hasta cuando alguien fallece se dice que esa persona ya no está más con nosotros como el mensaje tipo que aparece cuando alguien abandona un grupo de WhatsApp.

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