Los 49 peores chistes de la historia

Hemos seleccionado los peores chistes que hemos encontrado, con el objetivo de que los atascos de este verano se te hagan aún más largos. Son tan malos que llorarás. Y luego le retirarás la palabra a quien te los haya leído en voz alta mientras conducías. Y querrás dejarle tirado en la cuneta. Y no volver a verlo en tu vida. Pero luego te acordarás de alguno de ellos y te reirás. Porque son tan malos que te tienes que reír. Al fin y al cabo, no hay nada peor que un chiste, pero nada mejor que un chiste malo.

—Niño, sal del coche y mira si funciona el intermitente.

—Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…

—Oye, ¿sabes cómo se llaman los habitantes de Barcelona?

—Hombre, pues todos no.

¿Qué le dice la foca a su madre?

I love you, mother foca.

—¿Dónde vas, Antonio?

—A por estiércol para las fresas.

—¿Pero por qué no te las comes con nata, como todo el mundo?

—Doctor, tengo todo el cuerpo cubierto de pelo. ¿Qué padezco?

—Padece uzté un ozito.

Un matón de metro noventa y casi cien kilos de peso entra en el bar, le da un puñetazo a la barra y pregunta con voz amenazante:

—¿QUIÉN ES JUAN?

Un tipo delgadito y bajito se levanta de una de las mesas, apurando su cerveza, y contesta.

—Yo soy Juan, ¿pasa algo?

El matón agarra a Juan, lo saca del bar y le pega una paliza. Juan vuelve a entrar en el bar. Cojeando. Con toda la cara y la camisa manchada de sangre. A pesar de que le duele respirar, se está riendo, muy flojito.

—He engañado a ese estúpido -dice-. Yo no soy Juan.

—Hombre, Juan, cómo has cambiado.

—Yo no soy Juan.

—Más a mi favor.

—Hombre, Juan, cuánto tiempo. ¿Dónde vives ahora?

—En Leganés.

—Qué bien, donde el monstruo.

Jajaja… Hiena…

El otro día tu mujer me contó un chiste tan bueno que de la risa me caí de la cama.

—Buenas, ¿cuánto cuesta el bus?

—Un euro.

—¡Pues que se bajen todos, que me lo quedo!

—A mí me gustaría vivir en una isla desierta.

—A mí también.

—¡Joder! ¡Ya empezamos a llenarla!

—Mamá, ¿América está muy lejos?

—Calla y sigue nadando.

—Mamá, el abuelo está malo.

—Pues apártalo y cómete solo las patatas.

—Mamá, en el cole me llaman despistado.

—Niño, que esta no es tu casa.

Hay 10 tipos de personas: los que saben binario y los que no.

—Pues entre pitos y flautas me he gastado diez mil euros.

—¿Y eso?

—Pues ya ves, cuatro mil en pitos y seis mil en flautas.

—¿Pero qué haces hablando con una zapatilla.

—Aquí pone “CONVERSE”.

—¿Cuánto cuesta alquilar un coche?

—Depende del tiempo.

—Vale, pongamos que llueve.

Un paciente entra en una consulta.

—¿Qué es lo que le ha traído por aquí? —le pregunta el médico.

—Una ambulancia, ¿por qué?

—No sé qué me pasa, doctor, pero en seguida pierdo los nervios y me pongo a insultar a todo el mundo.

—Está bien, cuéntemelo todo.

—¿Y qué cree que estoy haciendo, pedazo de imbécil?

—Parece que su tos está mejor.

—Sí, estuve practicando toda la noche.

Un señor va por el campo con su mula y su perro. La mula, muy cargada, no puede más y se para, hincando las rodillas en tierra, a punto de desplomarse. El hombre, cada vez más molesto e impaciente, comienza a azotar con una vara al pobre animal, hasta que la mula coge y le dice:

—Antonio, ¿así me tratas después de todos estos años en los que te he ayudado fielmente, sin flaquear ni una sola vez hasta hoy, que estoy ya cansada y mayor?

El hombre se asusta y sale corriendo con el perro a su lado. Se detienen casi medio kilómetro más lejos, apoyándose en un árbol mientras intentan recuperar el aliento.

—Joder —dice el perro—, menudo susto nos ha dado la mula cuando se ha puesto a hablar.

—¡Camarero! Este filete tiene muchos nervios.

—Normal, es que es la primera vez que se lo comen.

—Camarero, ponga una de calamares a la rumana, por favor.

—Será a la romana.

—Irina, cariño, dile al gilipollas este de dónde eres…

—Buenas, ¿me da una caja de ácido acetil salicílico, por favor?

—¿Aspirinas?

—Sí, eso, que nunca me acuerdo del nombre.

—Deme dos barras de pan, por favor. Y si tiene huevos, dos docenas.

Y le dio VEINTICUATRO BARRAS DE PAN.

—Espero que esta vez hayas estudiado para el examen.

—Por supuesto.

—Háblame del Tercer Reich.

—¿El de la mirra?

Un hombre llega a la consulta del psicólogo y dice:

—Doctor, tengo un gran complejo de superioridad.

—A ver, siéntese y le ayudaremos.

—¡Tú qué me vas a ayudar, doctorcillo de pacotilla!

—Hola, soy paraguayo y quiero pedirle la mano de su hija para casarme con ella.

—¿Para qué?

—Paraguayo.

El Titanic se está hundiendo y el capitán reúne a sus oficiales:

—¡Lancen al agua el último bote y vayan subiendo en orden!

—Pero mi capitán, todavía quedan mujeres en el barco.

—¡Sí, hombre! Para follar estoy yo ahora.

—¿Sabes cuánto pago de alquiler por la frutería?

—No, ¿cuánto?

—PIMIENTOS EUROS.

Un hombre entra a una tienda de animales y dice:

—¿Me da cien pollitos?

Al cabo de una semana vuelve y pide otros cien pollitos. Lo mismo a la semana siguiente. Hasta que el dueño le pregunta:

—Pero hombre, ¿qué hace usted con los pollos, que le vendo cien cada semana?

—Pues no sé si es que los planto mal o los riego poco, pero el caso es que se me mueren todos.

Un hombre entra en la consulta del médico con un pato pegado a la cabeza. El médico, sorprendido y asustado, exclama:

—¿¡Pero qué le ha pasado!?

—No sé —contesta el pato—, todo comenzó con un bulto en el pie.

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