¿Lo mantengo o lo cambio? Personas migrantes con nombres poco comunes nos cuentan sus dilemas

−Buenos días, le llamo de una empresa de telefonía. ¿Me podría facilitar un nombre para dirigirme a usted?

−Me llamo Karessa.

−Encantada, Carlota.

Carlota, Elisa, Teresa, Melisa o Vanesa son algunos de los nombres que entienden las personas que conocen a Karessa Malaya Ramos Aguiñot, antes de que repita: «Karessa, con K». Sus padres, activistas comunistas durante la dictadura de Ferdinand Marcos en Filipinas, la bautizaron usando las siglas K. M., de Karl Marx. Nacida en plena transición democrática filipina, su nombre significa «caricia de libertad».

Las confusiones con los nombres de personas migrantes y racializadas son bastante comunes. Y, en algunos casos, no se quedan en meras anécdotas. Cuando Thiambou llegó hace 15 años a las costas de Tenerife en un cayuco desde Senegal, siendo menor de edad y después de cuatro intentos, fue llevado a una comisaría donde le registraron como Thimbo: «A partir de ahí, y como no supieron escribirlo, mi nombre y mi vida cambiaron por completo».

Después de tres años en España sin papeles, el plazo mínimo de estancia para conseguir una autorización de residencia temporal, llevó su pasaporte a las autoridades policiales, que creyeron que era falso porque los nombres no coincidían: «Hasta que no pasaron seis años más y conseguí demostrar que mi pasaporte no era falso, no conseguí regularizar mi situación». Hoy, Thiambou es actor y utiliza Thimbo Samb como nombre artístico, aunque la gente que le conoce de verdad le sigue llamando por su verdadero nombre.

En la revista Pai Pai Mag, Hu Chenzhen, madrileño con padres chinos y estudiante de Lenguas, Cultura y Comunicación en la Universidad Autónoma de Madrid, reflexiona sobre que «el nombre es la sombra que te acompaña, que te recuerda que tú eres tú en relación a otras personas». Durante su infancia, todo el mundo le llamaba Julio, hasta que llegó a un colegio donde había otro alumno con ese nombre, por lo que la gente empezó a llamarlo por su apellido: Hu (胡), que se pronuncia como la primera sílaba de Julio.

Hace poco tiempo, Zhen empezó a reflexionar más sobre su nombre. «Parecía un nombre entre comillas, un nombre traidor, un nombre imposible para alguien con mi cara: racializada y alejada del imaginario europeo y, por ende, español», afirma. Por tanto, después de algunas consultas, llegó a la conclusión de que quería ser conocido como Hu Chenzhen (胡陈臻), que incluye el apellido paterno y el materno (Chen).

Pese al cambio de nombre, algunos de sus amigos y familiares aún le llaman Julio: «Agradezco que me reconozcan como Julio, porque muchas veces a lo largo de mi vida tampoco me han llamado así, al ponerme motes racistas o supuestos apodos cariñosos que no me gustaban», explica a Verne.

Cristina, la hermana mayor de Hu Chenzhen, también ha reflexionado mucho sobre su nombre. Nacida y criada con su abuela en la ciudad china de Wenzhou, migró a España con cinco años. En el colegio se enfadaba cada vez que pronunciaban mal su nombre, Yue, que significa «júbilo» y «felicidad». Entonces, su padre le enseñó una lista de nombres españoles y, sin pensarlo demasiado, eligió Cristina. «No sé por qué, pero me llamó la atención», reconoce. Cuando cumplió la mayoría de edad, añadió Cristina a su DNI: «Pensé en quitar Yue, pero mi madre me dijo que pusiera los dos. Fue la mejor decisión. Ahora se me ha quedado Cristina Yue, un nombre compuesto».

Susana no ha llegado a cambiar su nombre en los documentos oficiales, pero sí se ha animado a cambiar su usuario en Instagram por Yu Zhihong, a pesar de que resulta menos práctico para quienes desean seguirla en la red social.

Si bien en algunos casos los padres adoptivos dejan los nombres originales, ella se ha llamado Susana desde que llegó a España adoptada en China con 10 meses. Aunque todo el mundo le ha llamado siempre Susana, cuando empezó a interesarse por la racialización y la identidad, se planteó cambiarlo. «Ser china sigue siendo parte de mí y lo va a ser toda mi vida», explica. El nombre que ha elegido para sus redes sociales procede de Zhihong, que significa «gran aspiración» o «ideal», y de Yu, que es el apellido asignado a todas las niñas y niños de su orfanato.

Antonio Liu Yang llegó a España con diez años. Entonces, había personas que le llamaban Liu, Yang Liu, o incluso Li. «Para unificar y facilitar, me puse Antonio. No recuerdo por qué, simplemente me sonaba bien», afirma. Aunque el nombre de Antonio no figura en su DNI, tanto chinos como españoles le conocen así.

Eso sí, en 2004, cuando obtuvo la nacionalidad española y añadió un segundo apellido, el de su madre, que coincide casualmente con el paterno, uno de los apellidos más frecuentes, su nombre oficial quedó como Yang Liu Liu, que para los chinos también es confuso: «Suena a nombre de mujer, y da pie a errores porque Yang también puede ser un apellido. Así que a los chinos igualmente les digo que me llamen Antonio».

Quien nunca se ha cambiado el nombre es Boita Etataake Bokoko Toichoa, nacido en España y con padres de Malabo, Guinea Ecuatorial, pertenecientes a la etnia bubi, que migraron de adolescentes a España para estudiar, hace más de 50 años. María Ángeles, que fue de las primeras enfermeras negras en España, y Bwelalele, de los primeros abogados, decidieron poner a sus hijos nombres africanos para cuidar de sus orígenes: Bisila, Boyoyo, Boita y Botuku, siguiendo la costumbre de empezar el nombre con el mismo sonido con el que empieza el apellido.

Si bien su hermano mayor Boyoyo si adoptó el nombre Miguel, Boita siempre ha defendido usar su nombre real, aunque lo tenga que deletrear constantemente y sea escrito o pronunciado mal en la escuela, en el médico, en Correos o en Starbucks: «Bokoloko, Bokaokao, Bolita, Boitha, Botia… De pequeños, en mi familia jugábamos a coleccionar todas las cartas que llegaran con los nombres o apellidos deformados. Acumulamos un fajo enorme».

Oyidiya Oji Palino, barcelonesa de madre filipina y padre nigeriano, está también acostumbrada a que pronuncien mal su nombre, o a que, incluso, ni lo intenten: «En actividades de networking en que tenemos que repetir los nombres de los demás participantes, hay personas que se bloquean y empiezan a resoplar antes de ni siquiera probar a nombrarme».

Si bien como excolonia del Imperio Británico, en Nigeria son corrientes los nombres en inglés, en la familia de Oyidiya se mantienen nombres africanos. Ella heredó el nombre de su bisabuela, igual que el resto de sus hermanos también heredaron nombres de generaciones anteriores, en el orden del árbol genealógico. «Mi apellido, Oji, es el nombre de mi padre. Mi nombre significa ‘Oyidiya, hija de Oji’. Oji quiere decir ‘árbol grande’, en base a la creencia de que los árboles grandes sirven para que los más pequeños crezcan.

«Aunque mi educación fue muy española, mi padre siempre me dijo que tenía que tener claro de dónde venía, que mi nombre era sagrado y los demás lo tenían que entender y respetar», declara Boita Bokoko. Es la misma postura que tiene Thiambou: «Nos esforzamos para aprender los nombres de los españoles aunque para nosotros sean difíciles. Me parece una falta de respeto poner otro nombre o apodo si no se sabe pronunciar el nombre de alguien. Nosotros a veces nos esforzamos tanto para encajar que cambiamos nuestros nombres y olvidamos nuestras raíces, cuando lo más rico sería disfrutar de lo mejor de ambas culturas».

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