Línea recta, curva tensa: la revolución de Mondrian y De Stijl

A veces, parece que la historia del arte moderno se puede leer como la historia de la pintura tradicional puesta al revés, como una película proyectada hacia atrás: un desmantelamiento progresivo de todos los mecanismos de representación inventados a lo largo de siglos hasta llegar a un lienzo monocromo que tensa la idea de la muerte de la pintura. Estamos en 1917. Kandinsky llevaba tiempo con las abstracciones puras y Malevich había pintado ya su Cuadrado negro, marcando época. Ambos creían haber abierto las puertas a un nuevo mundo en cuyo umbral se encontraban como exploradores ante un mar desconocido. Europa se autodestruía en la I Guerra Mundial y la abstracción llegaba dispuesta a cambiar el mundo y redimir el espíritu humano. Theo van Doesburg era entonces un joven pintor de influencia impresionista que veía en Palos, la novela autobiográfica de Kandinsky, otra dimensión espiritual de la pintura. Piet Mondrian, ocho años mayor que él, se había mudado a París con la intención de aprenderlo todo del cubismo, pero la llegada de la guerra le pilló de visita en Holanda y allí tuvo que quedarse.

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