Líbano, los ancestros comunitarios redoblan sus pasos

El primer ministro libanes, Mustafá Adib, designado el 31 de agosto para formar un Gobierno después de la explosión en el puerto de Beirut, acaba de renunciar por no haber encontrado consenso entre los partidos. Mientras tanto, los libaneses siguen gritando sus cóleras, decepciones y frustraciones en las redes sociales. Líbano ha vuelto, tras aquel siniestro, a su cruda normalidad. El presidente Emmanuel Macron, pese a la campaña propagandista que ha presidido su entrada en el escenario de ayuda al pueblo libanés, se ha topado frontalmente con el muro visible del viejo mundo del multiconfesionalismo identitario, aferrado a la impotencia del Estado libanés. Todos sus esfuerzos para cambiar las cosas son baldíos. Los principales jefes de las comunidades religiosas —Michel Aoun y Samir Geagea para los cristianos, Hassan Nasrallah y Nabih Berri para los chiíes, Saad Hariri para los suníes— mantienen entre sus manos los hilos del complejísimo tejido del país, y, aunque divididos, comparten la consigna de impedir interferencias externas que cambien las coordenadas de la situación, salvo consentimiento de los más poderosos entre ellos.

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