Las otras voces del Prado

Son las 9.15 de la mañana. Es jueves. Aún faltan 45 minutos para que se arremolinen cientos de personas ante las puertas del Museo del Prado. Pero dentro del museo ya hay una actividad frenética. Todo debe estar a punto para recibir a los visitantes. Tenemos cita con cuatro trabajadores de la pinacoteca: tres en activo y uno ya jubilado desde hace una década. No suelen salir en los medios de comunicación, aunque una de ellas fue protagonista hace unas semanas: acudió a Oviedo a recibir, junto a Javier Solana y Miguel Falomir, el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, en nombre de los trabajadores del Prado. Es Laura Fernández, jefa de vigilantes. «Fue una alegría tremenda. Toda mi familia es de Asturias. Me hizo muchísima ilusión. Representar a todos los trabajadores del museo es un orgullo tremendo». Le acompañan en nuestra cita Celia Guilarte Calderón de la Barca, jefa de relaciones institucionales; Javier Sainz de los Terreros, técnico de gestión de comunicación digital, y Luis Lapausa, que trabajó cincuenta años en el Prado. Entró en 1960, con 15 años, como ascensorista, después pasó a ser vigilante de sala y acabó en el área de carpintería. El martes, el Prado cumple 200 años. Queremos saber qué opinan sobre él quienes mejor lo conocen. A Luis le saludan a cada paso antiguos compañeros. Trae consigo, como si fuera un tesoro, su carnet de trabajador del Prado, expedido por Diego Angulo en 1970. Entró hizo gracias a su tía, que trabajaba allí. Años después tres hijas siguieron sus pasos: Charo es hoy jefa del servicio de relaciones con los medios. Luis confiesa que le hubiera hecho más ilusión trabajar en el Museo del Ejército. Pero con los años, como todos, llegó a amar el Prado. Claro que eran otros tiempos. Cuando había una nevada o llovía mucho, recuerda, se cerraba el museo. Si le pillaban hablando en el trabajo, le castigaban haciendo guardias. Y no todo relucía como el oro: «He llegado a ver ratas en el Prado». De la Casa de Socorro a comisaría Tiene muchísimas anécdotas que contar. Algunas, en el ascensor de Velázquez, que funcionaba con manivela. «Cuando llevaba mucho peso, tenías que frenar antes, porque si no se hundía», explica. A punto estuvo de ocurrir con Doña Sofía y su familia «a bordo». Afortunadamente, no hubo ninguna desgracia. En otra ocasión, un visitante no paraba de señalarle el pie. Como no sabía inglés, no le entendía. «Pensaba que le ocurría algo y le llevé a la Casa de Socorro. El médico se echó a reír. Estaba buscando “El niño de la espina”, una escultura del museo». O el día que «cazó» a un joven norteamericano subido a lomos del águila de «La apoteosis de Claudio», otra escultura. Acabaron todos en comisaría y en los juzgados. Laura Fernández (32 años) iba para fisioterapeuta y técnico de radiodiagnóstico, pero a los 18 años probó como vigilante de sala… y ahí sigue hoy. Desde hace dos años, como jefa de vigilantes. «Le cogí el gustillo. Era una gozada llegar por las mañanas, antes de la apertura al público, y pasear a solas por las salas, contemplando las obras en silencio. Disfrutaba mucho. Ahora también. Cuando hago la requisa por las mañanas, recorro a solas todas las salas en completo silencio». Hay unos 120 vigilantes en el museo. Se les adjudica una sala fija al mes, pero hay cuatro que cada día cambian de vigilancia porque son más estresantes y requieren más trabajo: la sala XII de «Las Meninas», la del Bosco, la de las pinturas negras y «Los fusilamientos», de Goya, y la de «Las Majas», también de Goya. Marca España Celia Guilarte Calderón de la Barca (38 años) dejó el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, donde trabajó diez años, por el Prado. Llegó hace año y medio. «El hecho de que un museo no esté en Madrid marca mucho. Se le atribuye la etiqueta de museo de provincias. El cambio de escala es considerable. Hay un pequeño salto cualitativo y cuantitativo muy notable. Dora Maar decía: “Después de Picasso, solo Dios”. Y, después del Prado, ¿dónde vas? Tiene su propia marca, que incluso creo que llega a rebasar la marca España». ¿Sería posible cerrar una sala del Prado como hicieron Beyoncé y Jay-Z en el Louvre con la «Gioconda»? «Si se hace fuera del horario de apertura al público, no veo ningún problema. Pero el museo no quiere abusar de iconos. Se mide mucho dónde aparecen “Las Meninas” para no sufrir un “efecto Gioconda”. Llegará un momento en que la Gioconda se independice del Louvre». Javier Sainz de los Terreros, pamplonés de 37 años, tiene como misión difundir el museo a través de los medios digitales. «Cuando venía a Madrid, solía visitar el Prado. Para mí era una meta, apuntar lo más alto posible. Trabajar en el Prado a veces da un poco de vértigo. Conlleva una gran responsabilidad. Siento que hay un gran orgullo, respeto y admiración por el Prado en todos los rincones del mundo». Es la cabeza visible del museo en las redes sociales, donde advierte cada vez una mayor exigencia del público. El Prado cuenta con 600.000 seguidores en Instagram; 1.250.000, muy activos, en Twitter, y un millón más en Facebook. El 35%, dice Javier, son de Latinoamérica. Pero también hay muchos grupos de presión: «Ocurre como con el fútbol, que cada uno tiene un seleccionador dentro. Cada uno tiene un director del Prado dentro y te dice cómo gestionaría la colección si fuera director». Públicos muy diversos En cuanto al público, Laura Fernández dice que hoy hay más coreanos que japoneses y las mujeres de mediana edad son, en general, las más interesadas en el arte. ¿Qué es lo más raro que ha visto? Un tipo, advierte, «se ha desnudado ya varias veces ante obras de Goya y Durero. Lo hace como una performance y lo sube a las redes sociales. Pero también he visto a gente rezando ante el Cristo de Velázquez». Sainz de los Terreros apunta que, con las redes sociales, «el público potencial del Prado se ha disparado. Es global. No hace falta venir al museo, aunque la experiencia de ver las obras es siempre mucho mejor. Se ha ampliado el concepto de museo. Es, por supuesto, el edificio y la colección, pero también el canal de YouTube, con todo el conocimiento que atesora el museo; la página web, las redes sociales… Hay muchas formas de disfrutar el museo». A Luis todo esto le sueña a chino: «En los 60, los visitantes eran sobre todo alemanes, italianos y franceses. Muy educados. Más bastorros eran los americanos. Había muy pocos asiáticos. No había tanto público como hoy. Solo para ver “Las Meninas”, que estaba entonces a solas en la sala 15, junto a un espejo». Y es que el Prado ha cambiado mucho. Recuerda Lapausa que las capillas ardientes de los directores se hacían en el museo, en la cripta de la rotonda de Goya. La de Beruete, con el Cristo de Velázquez presidiendo el féretro. Esta obra, dice Luis, se cubría con una cortina en Semana Santa. ¿Qué obra robarían del Prado? Celia, «Epimeteo y Pandora», dos pequeñas esculturas del Greco; Laura, «El paso de la laguna Estigia», de Patinir. Javier duda: «Me quedaría quizás con las Vírgenes devocionales de Gérard David. Son muy delicadas». Luis se viene arriba: «Las Meninas». Recuerda que robaron un cuadro en el Prado. «Me parece que nunca apareció». ¿Y han sido testigos del ataque a alguna obra? Laura comenta que un Día de Reyes se llevó un susto tremendo: «Estaba vigilando la sala de las pinturas negras de Goya. De repente vi un paraguas volando por los aires. Se le había escapado a un visitante asiático. Le dio a una de las obras. Fue un daño mínimo. Los restauradores lo arreglaron. Me temblaba todo el cuerpo». Era «La romería de San Isidro». Retos del museo ¿Qué debe mejorar en el Prado? Para Guilarte, «tenemos una gran virtud: todas las empresas que nos apoyan siguen con nosotros, tienen una gran fidelidad. Nuestro hándicap, quizá, es ser capaces de seguir aumentando las colaboraciones. Hay mucho aún por hacer en patrocinios. Toda captación supone un esfuerzo ingente. Son meses y meses de negociaciones. Las empresas no te dan dinero sin esperar nada a cambio. Otro gran reto es dar a conocer la cesión de espacios. No es algo elitista. Es una gozada invertir en una visita privada al Prado. Se lleva haciendo desde el siglo XIX. Hay que quitarle el miedo y el respeto a la gente. El Prado impone mucho». Laura Fernández apunta que los visitantes ven «un poco lioso el recorrido del museo. Mucha gente entra preguntando por dónde se empieza, cuál es la ruta… Les cuesta ubicarse. Se ha hablado de cambiar la numeración de las salas. Goya, por ejemplo, está en las tres plantas». A Luis le hubiera gustado que la pintura del XIX se hubiera quedado en el Casón. ¿Qué les parece el proyecto del Salón de Reinos? «Como siga creciendo el Prado, se va a quedar hasta con la Cibeles. Es ya demasiado grande», advierte Luis. Para Celia, en cambio, «tiene una justificación histórica absoluta. Tienes el contenedor y el contenido». En cuanto a la entrada del arte contemporáneo en el Prado, dice Javier que «ha habido exposiciones muy interesantes en las que ha habido diálogo entre lo contemporáneo y las colecciones del Prado. Siempre se ha hecho en el museo. Picasso copiaba a Goya, Goya a Velázquez… Estoy a favor». «A mí también me gusta mucho, funciona muy bien, pero tiene que estar justificado. Es ver el arte clásico de otra manera. Ves los suelos de Fra Angelico y ves a Pollock. Somos contemporáneos. Contemplar con nuestros ojos una obra clásica es dificilísimo. Es mucho más difícil entender el arte clásico que el contemporáneo, pese a lo que piensa la gente», añade Celia. Cuota femenina La cuota femenina no se cumple, ni de lejos, entre los artistas. Pero, ¿y en la plantilla? Hay más mujeres que hombres, pero no ha habido en 200 años ninguna directora del museo ni presidenta del Patronato. «Es parte de los retos del Prado contar unas realidades que hasta hace muy poco no se contaban», comenta Javier. «Es un reflejo de la sociedad. Tampoco hay mujeres candidatas a la presidencia del Gobierno», apostilla Laura. Recuerda Luis que en su época no estaba permitido que hubiera mujeres vigilantes en el Prado. Hoy, ha cambiado por completo: de nueve jefes de vigilantes, ocho son mujeres. Hay quienes critican que los museos se han convertido en parques temáticos. ¿Qué opinan? «Me impactó mucho una declaración de Frances Morris, directora de la Tate Modern, diciendo que los museos habían perdido su superioridad y competían con el resto de espacios de ocio. Creo que, sin perder la esencia de lo que se es, los museos tienen que atender las demandas de la sociedad. Con templanza y con poso, y dando pequeños pasos. Sin perder la dimensión. Que no lleguen a ser parques temáticos», reflexiona Celia Guilarte. En lo que coinciden los cuatro es en destacar el compromiso y la entrega de toda la gente que trabaja en el museo. Sienten que forman parte de algo muy importante. Que tiene ya 200 años. De Franco a los ángeles de Charlie En estos 200 años son muchísimas las celebridades que han pasado por el Prado. Eso sí, nuestros políticos parece que le tienen alergia. Se les ve muy poco por el Prado. Luis Lapausa no olvida el día que estuvo Franco: «Había militares por todos lados; registraron hasta las rejillas de la calefacción». Ni la avalancha de mujeres que provocó Roger Moore. Se le pidió que volviera a museo cerrado. Celia Guilarte recuerda la revolución que supuso la visita de Michelle Obama. Le conmovió especialmente la de la viuda de Balthus: «Solo quiso ver tres cuadros. Iba tapada para no contaminarse de tanto arte». Raphael, Ana Belén y Víctor Manuel son asiduos al Prado. Ni siquiera se lo perdieron los ángeles de Charlie (Drew Barrymore y Cameron Diaz), a quienes un novatísimo Javier Sainz de los Terreros, en vez de pedirles sus teléfonos, no perdía ojo por si se iban sin pagar las guías.

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