Las mujeres también se suben a ‘La Bestia’ | Babelia

En siete días, Sofía Nayeli Bazán, de 18 años, escribió la historia de Andrea, una adolescente guatemalteca que deja a su familia en la ciudad de Antigua para subirse a La Bestia, el tren de mercancías al que se encaraman los migrantes centroamericanos con destino a una vida mejor en EE UU, o por lo menos alejada de la miseria, la violencia y la desigualdad. Si es que sobreviven a uno de los viajes transfronterizos más peligrosos del mundo. Escribió día y noche hasta que se le cerraban los ojos. Se le acababa el plazo para presentarse a la 15º edición del premio SM Jordi Sierra i Fabra para jóvenes. Consiguió entregar a tiempo y se llevó el galardón con La Bestia.

Andrea, la protagonista de la novela, apareció en la cabeza de Bazán el verano de 2019 en un viaje familiar a la región de Chiapas, en el sur de México, la frontera con Guatemala. Era la primera vez que volvía al país norteamericano desde que se había vuelto a trasladar a España con su familia hace algo más de dos años. De madre española y padre mexicano, nació en Alicante. A los dos meses –“cuando me pude subir a un avión”, aclara en conversación telefónica desde Murcia, donde vive ahora– se trasladó a la Ciudad de México.

En su viaje de vacaciones a Chiapas se encontró con los migrantes centroamericanos que esperaban para subirse al tren. “Estaban en el río Suchiate, en las carreteras, andando por la selva”, explica. Hacía algún tiempo que estas personas rondaban su cabeza. Su abuela, la química bacterióloga a la que le gusta viajar, la contadora de historias que contribuyó a formar el pensamiento mágico de su nieta desde que era una niña, ya le había hablado de ellos. Verlos. Tenerlos delante, aunque no llegó a ver a La Bestia, terminó de convencerla. “Es una realidad muy dura y triste”, recuerda.

Aparcó otro libro que había empezado –asegura que escribe desde los cuatro años– y en un viaje de carretera, de vuelta a su hotel en Chiapas, tumbada en la parte de atrás de la furgoneta que su familia había alquilado, escribió el prólogo en verso. “El tren de la muerte / un arma letal de tamaño siniestro / Lleva en su espalda, una espalda de acero / cual bala en la recámara, / sus presas, pequeñas, débiles e indefensas. / En cualquier momento se aprieta el gatillo. / Salen disparadas las balas, / muriendo según muere el camino. / Como balas, las víctimas; / como camino, las vías. / Y como arma, como monstruo, / el gran tren: / La Bestia”.

Bazán escribe en primera persona. “Para contar una situación de este tipo hay que describir los sentimientos y los pensamientos de la chica. Y esta es la mejor forma de hacerlo”, asegura la joven que quiere estudiar Psicología, pero sin abandonar la literatura.

Lo primero que tuvo claro es que la protagonista sería una chica. Con la ayuda de una amiga de su familia, una periodista mexicana, y los recuerdos de las historias de su abuela, descubrió que, al contrario de lo que parece una percepción generalizada, a La Bestia también se suben mujeres, de todas las edades. “Entre toda la información que encontré leí que las chicas se disfrazan de chicos para, así, disminuir los riesgos de violencia de género”, dice Bazán. Andrea, la protagonista, se corta el pelo y se venda el pecho, por consejo de su madre.

La autora lleva a su personaje por todas las paradas que separan Antigua de EE UU. El recorrido lo fue armando con las informaciones que encontró en medios de comunicación. “Consultaba más de un periódico para contratar los datos”, cuenta. Y cuando el dato que necesitaba no aparecía en un medio, recurría a otras herramientas de Internet. “Nunca he estado en Guatemala”, dice, “por eso usé Google Maps para tener una imagen en mi cabeza del recorrido que hace la protagonista entre Guatemala y México”.

El resultado es una mezcla entre la crónica periodística –al más puro estilo latinoamericano, por la profusión de detalles en las descripciones– y un diario de viaje. Una apuesta por «el realismo», según ella misma describe el libro, alejada de la literatura fantástica de uno de sus referentes, Laura Gallego. «Me interesan los temas sobre la desigualdad y los trastornos psicológicos», dice, «aunque me gustaría probar distintos estilos, me cuesta más narrar mundos de fantasía, al final son distintos de los que conozco».

En sus años en México, Bazán aprendió que “la desigualdad es un arma”. Que “la población más rica suele tratar con superioridad a los más pobres”. Por eso, Andrea dice en un momento del libro: “No somos nadie para pedir que nos recuerden”. La autora se reconoce en la desesperanza de su protagonista. Y a la vez pretende convertir su novela en lo contrario, “en un mensaje de esperanza”. “Hay muchos migrantes que consiguen llegar a EE UU y así ayudar a sus familias”.

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