Las mascarillas y las máscaras

Soy más bien tímida. A veces cuando miro fotos en Instagram me siento aún más tímida o me siento mal por no estar haciendo algo que quiero hacer y alguien ahí está haciendo y no sé cómo habría cruzado la adolescencia, cuando era más tímida, entre las selfies y las imágenes en las que parece que siempre hay alguien más deportista, más feliz o alguien comiendo algo más rico que lo que estoy comiendo o alguien que hace algo que sueño hacer. Al inicio de la cuarentena, cuando empecé a usar mascarilla, una de las primeras veces salí a la calle con lentes oscuros, que la pasaron empañándose y desempañándose con mi respiración, me acordé de esa timidez adolescente, y sentí cierta seguridad en el saberme cubierta detrás de la mascarilla y los lentes, como si me ocultaran. Como si la mascarilla fuera una fantasía adolescente, selfies invertidas, un escondite. Con los meses que hemos pasado usando mascarilla, parece que más que una forma de ocultarse son una forma de mostrarse. Algunas cosas han cambiado con el hábito de usar mascarilla, como la forma de nombrarlas, al principio les decía cubrebocas o tapabocas, pero visualmente no parece que la palabra sea suficiente porque no incluye la nariz. Hace poco en un puesto en la calle vi unas mascarillas que tenían impresas distintos tipos de máscaras icónicas, como una de Darth Vader y otra del Santo, y quedó aún más clara la relación que hay entre las máscaras y las mascarillas. Con el uso cotidiano, y la cantidad de interacciones que hacemos con mascarilla, su significado se va complejizando.

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