Las calles que nos abren (o nos cierran) al mundo | Blog Seres Urbanos

Los sucesos que ocurren en las calles de las ciudades del mundo son muy parecidos. En su mayoría tienen que ver con la agobiante realidad del tráfico, la congestión y la polución. Pero también existen similitudes más esperanzadoras cuando las calles se convierten en espacios públicos para compartir.

El fin de semana pasado, en Ciudad del Cabo, se llevó a cabo lo que se denomina “calles abiertas” —Open Streets en inglés—, un programa que, inspirado en la Ciclovía de Bogotá, arrancó hace 6 años. Se realiza en diferentes lugares de la ciudad y tuvo lugar en el barrio marginado de Mitchells Plain. Las fotos publicadas en las redes sociales capturan la celebración del espacio público en su más básica expresión: niños, niñas y adultos de todas las edades sonriendo, jugando e interactuando de una manera natural y auténtica.

Mitchells Plain es un barrio característico no solo de los ‘townships’ sudafricanos sino de muchos barrios populares en las ciudades del sur global. Existe un problema grave de pobreza, desempleo y por ende, de crimen. En su gran mayoría, los niños y niñas que viven allí no tienen la libertad de salir a la calle, mucho menos de jugar en ella y de aprender a desenvolverse en el espacio público desde una temprana edad. De hecho, cuando el programa de Open Streets llega a este barrio, lo cual ocurre únicamente una vez al año, las personas, de todas las edades se lanzan a las calles como lo hacen los europeos cuando hay un pequeño rayo de sol en invierno.

En una de las redes sociales, Nadine Philmon, una residente, decía: “Realmente espero y rezo para que Open Streets se convierta en una mentalidad, en un movimiento y no solo en un evento excepcional. Nuestra gente anhela tener calles abiertas donde nuestros niños sean libres de correr sin miedo. Gracias por abrir las calles, así solo sea, por ahora, un día de libertad”.

La tarea no es fácil por supuesto, Mitchells Plain es el resultado de un Gobierno que deliberadamente rigió para separar a las comunidades con base en su raza y que con su política, desplazó a miles de personas del centro de la ciudad a este lugar lejano, en una planicie, cerca al mar, pero lejos de todo y en donde las pandillas han encontrado un lugar propicio para sus fechorías.

Al mismo tiempo, como en el caso de muchos barrios latinoamericanos, la gente de Mitchells Plain tiene una identidad muy fuerte, se enorgullece de ser de allí y está comprometida con sacar a su comunidad adelante. Mucho tiene que ver con el hecho de que ya van dos o tres generaciones desde que se fundó el barrio en los años 70, pero también con esa entereza humana que nos impulsa no solo a salir adelante como individuos, sino también a crear los lazos indispensables para que el tejido social se fortalezca.

Open Streets empezó con la idea de emular la Ciclovía, y hasta el día de hoy se hace referencia al programa colombiano. Pero la acción de ‘abrir’ o reclamar las calles como espacio público ha tomado una diferente manifestación en la Ciudad del Cabo. Aunque la organización local trabaja por conservar los mismos componentes —el tipo de actividades, el equipo de voluntarios (o guardianes en el contexto Bogotano), el mensaje de compartir el espacio y por supuesto, el poder de la bicicleta—, desde el principio, el entusiasmo se sintió sobre todo en la oportunidad de crear espacios que trajeran seguridad y gente de otros barrios de la ciudad para empezar a sanar heridas que con la historia se han acentuado en lugar de curarse.

En realidad, las divisiones creadas por el Apartheid —el sistema de racismo institucionalizado que existió en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994— son aún muy profundas, y el deseo de habitar espacios en donde se pueda divisar una diferente realidad, en donde la gente pueda compartir de manera segura, orgánica y de manera gratuita es descomunal.

Ocupar las calles de la manera en que se hace durante la Ciclovía es algo realmente especial y el programa Bogotano ha recibido reconocimiento internacional sobre todo en la última década. Varios académicos han escrito al respecto y diferentes fuentes han documentado su historia. En la Ciudad del Cabo, por ejemplo, existía el precedente de delegaciones sudafricanas que habían visitado Bogotá (para aprender sobre el Transmilenio) y después de ver la ciclovía regresaron con la idea de replicarla.

En 2003 se realizó el primer evento, llamado en Ciudad del Cabo ‘festival sin carro’ y luego en Johannesburgo ‘Calles Vivas’ en 2012. El concepto no arrancó con fuerza al principio, pero dejó un imaginario sobre el cual construir. Fue así como un grupo de voluntarios empezó a trabajar la idea de crear un programa que se alineara a la ola de iniciativas que se expandía por América del Norte. De allí el nombre “Open Streets”.

El concepto se ha ido cultivando por el mundo, en gran parte por la labor de abogacía de varios individuos y organizaciones. Sin embargo, al parecer, ocupar la calle, ya sea para montar bicicleta, protestar, realizar un acto artístico o simplemente caminar, es algo realmente intrínseco en la psicología humana. Lo interesante es como se ha venido manifestando en diferentes partes del mundo y las necesidades de las que ha surgido.

El pasado domingo, 7 de abril, Johannesburgo y la capital Etíope de Adís Abeba, también se unieron a la red internacional y celebraron sus calles abiertas. El primer grupo, con un enfoque muy específico en los niños y niñas y empujado principalmente por un colegio de primaria en colaboración con la municipalidad; y en el segundo caso, con una mirada centrada en el tema de la salud pública como epicentro.

Independiente de la razón, existe un poder enorme en abrir nuestros espacios públicos. Aunque hay un peligro de que se convierta en espejismo. La sociedad no cambia con esfuerzos momentáneos, aunque lleven mucho tiempo como es el caso de la Ciclovía. El cambio viene de los sistemas estructurales que ayudan o impiden que las relaciones entre las personas e instituciones cambien, y eso, implica cambios profundos en educación, repartición de bienes, reparación y reconciliación.

Uno de los fundadores de la Ciclovia en Bogotá y precursor del movimiento a nivel internacional, Jaime Ortiz, se refiere al programa como la fiesta de los del norte y los del sur. En realidad, es un espectáculo que la ciudad entera se pueda recorrer en bicicleta y que todo el mundo pueda usar el mismo espacio, pero en realidad, así como ocurre en Ciudad del Cabo, es solo una integración efímera.

Puede que las personas ocupen los mismos espacios y que, como dice Bibiana Sarmiento, la coordinadora actual de la Ciclovía en un artículo reciente para National Geographic, “donde no importa la clase, todos son bienvenidos”. El resto del tiempo, la ciudad es un espacio completamente estratificado donde la clase social define el tipo de interacciones que son posibles.

De la misma manera, como decía Nadine en Mitchells Plain, un día de libertad es muy valioso, pero todos en ese barrio son consientes de que no es suficiente.

Las heridas de nuestras sociedades son profundas, pero la oportunidad de soñar y de tener la experiencia de algo diferente tiene un valor inmenso. Mientras en un barrio como el de Mitchells Plain, sus residentes añoran poder salir a caminar en la calle sin miedo de ser atacado o de resultar víctimas de una pelea entre pandillas, en Bogotá se sueña con tener una sociedad en donde exista menos desconfianza y más respeto mutuo. Mientras tanto, en Johannesburgo, la juventud anhela la experiencia de una realidad donde jugar no es un delito; y en Adís Abeba, buscan un aire más puro y saludable.

Quizá sea cursi decir que el éxito está en la inclusión y la participación, pero si hay algo que se está aplicando en Ciudad del Cabo, es que no importa quien inicia las ideas, lo importante es que existan oportunidades para que otros participen, las ayuden a co-crear y las adopten, así como lo ha hecho la gente en Bogotá.


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