La vida a palo seco

Hay un hombre que veo pasar todos los días y al que cada vez veo peor, y no sé si decírselo, porque no le conozco de nada. Siempre iba de traje, repeinado, afeitado, activo, con prisa. Me lo imaginaba en un banco, en una multinacional, algo importante, pero ahora es un pringado como yo (esto es muy reconfortante). Ahora hasta camina de forma distinta. Nunca me ha parecido la alegría de la huerta, siempre me lo imaginaba como uno de esos tipos de mediana edad en crisis de Forges, que mira por la ventana: “¿Qué he hecho con mi juventud?”. Y la mujer le responde mientras lee un libro: “¿Has mirado en la cómoda?”. En los dibujos de Forges las mujeres son las que leen y no se rinden, y los hombres los que hacen el canelo. Volviendo al señor este, se va dejando, viste con chándal de capucha que no le pega nada, como si tuviera 15 años, y ya tiene unos pelos rarísimos, aunque ahora que lo pienso yo estoy igual. No sé si ha perdido el trabajo o es que trabaja desde casa y siente que ha perdido el estatus. Porque desde luego esta igualación social es insoportable, todos parecemos chusma. La pandemia te va desnudando de tus hábitos, me refiero a las costumbres, hasta dejarte con lo puesto, la vida a palo seco. Te planteas tu vida como cuando te quedas tirado en un aeropuerto, aunque todas las cosas trascendentales que piensas se te olvidan en cuanto sales de ese no lugar y la vida continúa. Pero ahora pasan los meses y seguimos aquí tirados.

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