La tragedia, desde dentro

Escaleras abajo, el equipo de la ambulancia saca al enfermo de su casa y lo monta en el vehículo. “Te veo al rato, Quino, échale ánimo, no va a pasar nada, ahorita regresas”, se despide la mujer. Pero los ambulancieros saben que darán vueltas por la ciudad en busca de un hospital que tenga una cama libre para el enfermo. Mientras se establecen esos contactos, la respiración trabajosa del paciente ensordece los pitidos de la maquinaria médica. Los paramédicos están al límite. Adolecen, como el resto del personal sanitario, de equipos insuficientes, de falta de descanso, del trauma incesante de ver cómo se contagian “familias enteras”, repiten, “familias enteras”, y colegas, sin que puedan echarles una mano.

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