La servidumbre de los cuerpos

En sus estudios sobre la sociología del cuerpo, Le Breton expuso con gran éxito la idea de que la técnica y la ideología estaban construyendo la nueva corporalidad de la Modernidad. Más restringida la velocidad del cambio por condicionantes éticos que por barreras tecnológicas, el cuerpo humano escapaba de su condición natural y dejaba progresivamente de ser un cuerpo orgánico para convertirse en un cuerpo plástico, protésico, digital, cibernético y, finalmente, inmaterial. De golpe y sin previo aviso, esta perspectiva parece haberse esfumado. A causa de la pandemia de la covid-19, las insuficiencias de la técnica y de la estructura productiva se han hecho patentes y la penuria de simples equipos de protección ha echado por tierra el sueño de la inmortalidad cibernética. Quizá no era un sueño, sino una pesadilla en los comienzos de su gestación. Las relaciones humanas se han hecho más restringidas y corpóreas a la par que virtuales; el cuerpo no puede darse ya por garantizado ni es el telón de fondo que enmarca las demás cualidades de la persona, sino un aviso de alerta que se anticipa a cualquier otra percepción. El miedo al contagio se ha instalado firmemente y evitar el cuerpo del otro es una guía de conducta legalmente impuesta.

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