La revolución se llama Simone de Beauvoir

A través de toda su vida, la vida de una de las más influyentes mujeres del siglo XX, Simone de Beauvoir (París 1908-1986) -filósofa, novelista, memorialista y ensayista- llevó a cabo, con un gran rigor intelectual y capacidad de compromiso, una indispensable obra dirigida a la libertad de las mujeres. Una libertad que siempre quedaba pendiente una vez conquistados el resto de los derechos políticos e incluso sociales. Su figura, la de una joven y brillantísima estudiante de filosofía en París, nacida en el seno de una familia burguesa y destinada a un futuro convencional, lejos aún del personaje llamado «Castor» -como sus amigos y Sartre siempre la conocieron- iría creciendo cada vez más. Sería reivindicada por encima de otras muchas jefas de filas o «madres simbólicas» del movimiento feminista. Su figura seguiría iluminando a muchas más mujeres, varias décadas después de su desaparición. En su ensayo de 1947, Para una moral de la ambigüedad, ya lo dejó escrito: «Quererse libre es querer libres a los otros».

Tras cinco novelas, entre ellas La invitada, de 1943, y algo antes de la aparición de su célebre Los Mandarines, de 1954, que se alzaría con el Premio Goncourt y que ponía en escena a un grupo de antiguos resistentes e intelectuales parisinos recién salidos de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos Sartre y Camus, Simone de Beauvoir publicó en 1949 lo que sería su definitiva consagración internacional y uno de los textos teóricos más importantes del feminismo: El segundo sexo.

Enorme escándalo

El libro llevaría a cabo una auténtica revolución antropológica, en la que lo social estaría ya definitivamente ligado al mundo de lo íntimo. Muy pronto se vendió un millón de ejemplares, provocando un enorme escándalo tanto entre los comunistas como entre los católicos. Por su parte, el Vaticano lo situó en el índice de libros prohibidos. El escritor católico François Mauriac escribiría en Les Temps Modernes (la mítica revista fundada por la propia Simone en 1945, junto a Sartre, Raymond Aron, Michel Leiris, Merleau-Ponty, Boris Vian y otros intelectuales de la izquierda, siendo dirigida por Sartre y por ella misma hasta su fallecimiento): «En estos momentos, puedo decir que ya sé todo sobre la vagina de vuestra directora».

Unos años después de ser publicado su famoso ensayo, en los setenta, convertida ya en una feminista radical, y una vez fundada la revista Questions féministes, Simone de Beauvoir diría: «Vi llegar demasiado rápida una victoria próxima de las mujeres (…) Como sucede con los pobres que tienen que conquistar el poder de los ricos, las mujeres tienen que hacerse con el poder de los hombres». Si veinte años atrás había trazado el cuadro más completo y despiadado de la alienación de la mujer en las sociedades burguesas, Simone de Beauvoir pasó a tomar conciencia décadas más tarde de que, llegados a un cierto punto, la lucha de las mujeres por su independencia y autonomía individual no podía hacerse con los hombres sino contra los hombres, a través de «la unión de todas las mujeres contra todos los hombres». Hasta entonces había creído en una posible y eficaz alianza con «los opresores». Pero ahora había dejado de creer que los hombres «pudieran comprender» y defendía que había que atacar tanto al sistema como a ellos, «incluso si los hombres eran feministas».

De Beauvoir y Sartre actuaron como un tándem indivisible. Luego, llegarían los cruentos ajustes de cuentas

Posiblemente, hasta entonces, había pesado demasiado su condición de «privilegiada»: privilegiada por su inteligencia, en muchas ocasiones superior a sus «pares» masculinos, pero privilegiada también por no haber tenido nunca la necesidad de luchar por su independencia, respaldada siempre por su compañero y cómplice Jean-Paul Sartre, al que había conocido en los tiempos de la universidad y desde entonces no se había separado.

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Una pareja totémica y singular en los acuerdos que los unirían -como pareja totalmente libre y abierta- a través de las épocas y a través sobre todo de otros amantes y «relaciones contingentes», además de parejas compartidas. Sartre y Beauvoir, que dominarían una buena parte del pensamiento y de la cultura de izquierdas de la posguerra europea, actuarían prácticamente como un tándem o camarilla indivisible: en proyectos impulsados, en viajes, en fundaciones de revistas y en activismo político e ideas compartidas, desde el existencialismo de sus comienzos y el maoísmo, o Mayo del 68, hasta Cuba, la guerra de Argelia, la guerra del Vietnam y la lucha por el derecho al aborto. Más tarde, cuando la estrella de su influencia fuera palideciendo, llegarían los cruentos ajustes de cuentas e incluso lapidaciones. También los hechos no siempre comprensibles.

Excelente memorialista en libros como Memorias de una joven formal, de 1958, La plenitud de la vida, de 1960, Final de cuentas, de 1972, así como sus Cuadernos de juventud 1926-1930 y los varios tomos de sus Cartas a Sartre (estos últimos editados póstumamente por su hija adoptiva y heredera Sylvie Le Bon de Beauvoir), nada más morir Sartre, en 1980, publicaría La ceremonia del adiós. Un libro que provocó el disgusto de no pocos discípulos del filósofo desaparecido. En esta obra Beauvoir describía descarnadamente los últimos diez años de vida de su famoso compañero, en ocasiones con detalles médicos e íntimos de una enorme crudeza.

Otros amores

En 1997, su hija adoptiva publicaría sus trescientas Cartas a Nelson Algren. De una gran calidad literaria, en ellas se recogía, en toda su intensidad, «un amor transatlántico», como rezaba el subtítulo del volumen. Entre 1947 y 1964 Simone de Beauvoir había vivido una gran pasión con el escritor judío y comunista de Chicago Nelson Algren, autor de títulos tan conocidas como El hombre del brazo de oro, galardonada en 1950 con el National Book Award y llevada al cine por Otto Preminger, con Frank Sinatra como protagonista. Simone le dedicaría a Algren su libro Los mandarines y retrataría la relación de ambos en los personajes de Anne Dubreuilh y Lewis Brogan. Por su parte, él le dedicaría su novela Un paseo por el lado salvaje.

Además de Algren, Simone de Beauvoir mantendría una relación durante algunos años con Claude Lanzmann, el autor del documental Shoah, veinte años más joven que ella. Tras el fallecimiento de Simone de Beauvoir, Lanzmann dirigió la revista Les Temps Modernes. Para abundar en la leyenda de que Nelson Algren fue el gran amor de Simone de Beauvoir, hay que decir que, si bien enterrada en el cementerio de Montparnasse junto a su eterno compañero Jean-Paul Sartre, Simone se hizo sepultar con el anillo de plata con dibujos incas que Nelson Algren le regaló la mañana siguiente de su primera noche de amor.

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