La radiactividad que ‘alumbra’ diagnósticos

En la nave de la Unidad Central de Radiofarmacia de Galicia, en el parque empresarial de Ordes, la actividad empieza a las cuatro de la mañana. Entre las seis y las siete deben salir las primeras remesas de jeringas de radiofármacos —precargadas y blindadas— para las pruebas diagnósticas y los tratamientos programados por los hospitales cada día. Al mediodía parte una segunda expedición regular, completando los suministros encargados por los ocho centros sanitarios de la Comunidad —cinco públicos y tres privados— con equipos para gammagrafía instalados. En 2017 se enviaron desde estas instalaciones 36.104 monodosis de radiofármacos (un 4,6% más que en el ejercicio previo) y este año ya han sido 30.500 las entregadas hasta finales de octubre. A un ritmo promedio de 120-150 diarias, apunta Ximo Castillo, radiofarmacéutico responsable de la unidad, el ejercicio terminará previsiblemente en el entorno de las 36.500. Los radiofármacos, compuestos por al menos un radionucleido y una molécula ligante que cumplirá la función de dirigir el elemento activo hasta el área del organismo deseada en cada caso, son necesarios para la práctica de pruebas de imagen con gammacámara. La gammagrafía es una exploración en alza (en 2016 se realizaron 16.013 y el año pasado la cifra subió hasta las 17.704). Con menores niveles de radiación que pruebas radiológicas como el TC y en umbrales similares o levemente superiores a los de una radiografía convencional de tórax, las gammacámaras (preparadas para detectar los rayos gamma emitidos por los isótopos en desintegración inyectados al paciente) permiten a la medicina monitorizar desde el exterior el funcionamiento de órganos y tejidos antes incluso de que las disfunciones se manifiesten en alteraciones estructurales, anticipando así la detección de enfermedades. Alrededor del 30% de las gammagrafías practicadas en los servicios de Medicina Nuclear se corresponden con estudios óseos ante sospechas de enfermedades graves (metástasis ósea en enfermos oncológicos) o benignas (muchos dolores articulares en pacientes pediátricos), pero las imágenes obtenidas a partir de la radiación gamma también son cruciales en la valoración de urgencias médicas —es la prueba base para el embolismo pulmonar—, por lo que la Unidad Central de Radiofarmacia funciona de modo ininterrumpido, con expediciones extraordinarias ante demandas específicas de los hospitales. «El viernes pasado —ejemplifica Castillo— nos llamaron de un hospital para solicitar un radiofármaco de perfusión cerebral para confirmar una muerte cerebral para donación de órganos». La unidad, única en España con participación pública, se constituyó a iniciativa de la Consellería de Sanidade en el año 2000, fruto de la alianza entre la empresa pública de servicios sanitarios Galaria y el sector privado (en los últimos años GE Healthcare), con el cometido de uniformizar la producción y multiplicar las garantías de seguridad en la elaboración y comercialización de estos compuestos radiactivos. Hasta entonces, estos preparados se elaboraban en cada servicio hospitalario, aumentando la variabilidad en los procedimientos y diseminando la exposición y el riesgo por los distintos centros sanitarios. Tratamientos oncológicos El 85% de los radiofármacos preprados en las instalaciones de Ordes se destinan a exploraciones diagnósticas. El otro 15% —en este caso en dosis más altas de radiación—, se corresponde con usos terapéuticos; es el caso del tratamiento del carcinoma de tiroides o de determinados tumores de próstata. Hasta el 95% de los pedidos se reciben en las 24 horas previas. Personal cualificado —seis técnicos y dos radiofarmacéuticos con licencia del Consejo de Seguridad Nuclear— con la ayuda de un programa informático de gestión radiofarmacéutica prepara las monodosis prescritas desde los hospitales. Cada formulación responderá a una composición exacta ajustada a las características físicas del paciente y programada en función de la sospecha diagnóstica y del órgano o tejido a explorar. La carga radiactiva dependerá también de la hora prevista para la realización de la gammagrafía. «En el caso del Tecnecio -99m, que es uno de los que más utilizamos, cada seis horas pierdes la mitad de actividad, lo que quiere decir que si va a ser empleado a las 12.00 en el hospital y lo envío a las 6.00 debe salir de aquí con el doble de la actividad deseada», expone Castillo. Composiciones a medida A partir de una docena de elementos radiactivos (tecnecio 99 metaestable, galio 67, indio 111, iodo 131, iodo 123…), combinados con distintas moléculas seleccionadas en cada caso atendiendo a su modo de distribuirse y acumularse en el organismo, en la unidad se elabora un catálogo de cerca de 40 radiofármacos finales; alrededor de una tercera parte, difosfonatos marcados con tecnecio para estudios óseos. En menor proporción, la Unidad Central de Radiofarmacia realiza marcajes de células sanguíneas propias del paciente: en este caso, la radiación de los radionucleidos adherida a glóbulos rojos o leucocitos previamente extraídos y después reinyectados al paciente permite a los médicos seguir a estas células sanguíneas hasta el origen de una hemorragia o de una infección oculta. Personal técnico trabajando en la sala limpia – MIGUEL MUÑIZ Desde 15 y hasta 12.000 euros por monodosis La elaboración y distribución centralizada de radiofármacos en monodosis precargadas no es exclusiva en Galicia. País Vasco, Cataluña, Madrid o Valencia gestionan también el acceso de sus hospitales a estos compuestos mediante procesos centralizados pero, a diferencia de la sanidad gallega, sus centrales son 100% privadas. La participación de la empresa pública Galaria, exponen desde el Sergas, cumple también un papel de contrapeso que ayuda a contener precios. Los radiofármacos, que además de exigentes condiciones de seguridad y buenas prácticas radiofarmacéuticas para su preparación requieren de una gestión específica de residuos, no son compuestos baratos. Algunas de las formulaciones más utilizadas (como los difosfonatos óseos) rondan los 15-25 euros por dosis, pero los costes se disparan en ciertos preparados terapéuticos. Según Galaria, el más caro, destinado al tratamiento de un tipo de linfoma alcanza los 12.000 euros por dosis. Otros, para el tratamiento paliativo del dolor óseo en cáncer de próstata, superan los 4.000.

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