“La protección mínima no basta para quienes se encuentran en lo más bajo de la sociedad” | Tendencias

La cultura zulú es oral. A falta de una escritura en la que inmortalizar su filosofía, esta se se engarzó en el lenguaje. En vocablos tan básicos como el saludo, sawubona, habitan connotaciones que van más allá de un mero hola. “Significa literalmente te veo, te siento, te reconozco”, explica Sabelo Mhlambi, investigador de origen zambiano de los centros Harvard Carr y Berkman Klein, de Harvard.

Esa fuerte interrelación entre la comunidad, propia de la filosofía postcolonial africana, choca con todo lo que hoy es la industria tecnológica y, en concreto, el campo de la inteligencia artificial. Formado en ciencias de la computación y centrado en el estudio de las implicaciones éticas de la tecnología en las regiones en vías de desarrollo, Mhlambi pasó por Silicon Valley antes de regresar a la academia. Desde su experiencia en startups y compañías del Fortune 500, rechaza que desde un rincón del mundo se pueda crear una herramienta global y personalizada para los habitantes del resto del planeta.

“Si quiero construir algo que te ayude, no puedo hacerlo desde California y esperar que sea perfecto. Tengo que estar en relación contigo para saber lo que necesitas. Tengo que verte”, explica. “Da igual la tecnología, las matemáticas y los programas que desarrollemos. Nunca reemplazaremos la necesidad de ser relacionales. Nunca reemplazaremos el input de otras personas”. El hecho de que ya haya sistemas automatizados decidiendo la suerte de ciudadanos anónimos y convirtiendo sus experiencias vitales en un puñado de datos procesables prueba según el investigador que algo ha estado fallando… durante siglos.

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