la poesía va más allá de las sombras

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Difícil prueba –dirán con razón algunos, o la mayoría– la de escribir u opinar en esta hora sobre la persona y la obra poética de Joan Margarit. El triste, violento, ciego panorama político del momento no ayuda a aproximarse no ya a la política cultural o a la poesía de Cataluña con objetividad. Y sin embargo… La poesía va más allá, en el caso de Joan Margarit; la autenticidad de su poesía va más allá de todas las lamentables situaciones políticas de este momento y es rico el diálogo mantenido en ella entre las dos lenguas hermanas.

Quienes nos hemos formado amando la mejor literatura de Cataluña –el «El Quadern gris» de Josep Pla, la pureza y el espíritu mediterráneo de Salvador Espriu y de Carles Riba, o la maravillosa versión catalana de la «Odisea» de este último–, no podemos dejar de celebrar el don de la poesía verdadera, la que supera todo cuanto no es poesía: la poesía reveladora del sentir y del pensar desde lo más elevado y, especialmente, como sucede en este caso, cargado de humanismo.

Concesiones y sombras

Tengo noticia de la concesión del premio Cervantes a Margarit –en días de otras concesiones muy poco afortunados y en las que espejea el cainismo que nos envuelve– precisamente cuando ayer llegó a mis manos el libro conmemorativo de otro galardón recibido por este poeta: «Viaje hacia la sombra», la selecta antología de otro galardón, el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que recibirá dentro de muy pocos días en el Palacio Real. Una ocasión preciosa para sentirnos vivir en la concordia de todos gracias a la poesía.

Curiosa y antisectaria confluencia la de un galardón que nos remite, por una parte, al más humanista y liberal de los escritores españoles, Cervantes, y por otro lado a incuestionables patrocinadores como son la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional. Se dice que no siempre el premio Cervantes ha sido justo en sus decisiones y se repite que los intereses meramente políticos han primado, a veces, por encima del valor literario. Creo que no es este el caso, por más que el premio llegue en unos momentos socialmente amargos, desesperanzados y muy críticos.

Me llegó ayer el último libro de Joan Margarit y recibo hoy la noticia de su premio Cervantes, y debo valorar esta confluencia de sentires y pensares que rebullen en mi interior. Que la poesía se vuelve a cruzar con la política es inevitable en este caso, pero no es óbice para que no salvemos a la primera. Y es así porque, al contrario de lo que algunos piensan, los frutos de la cultura son lo más elevado, en cuanto tienen en la poesía a su género por excelencia y a que la alta sabiduría de su lenguaje está por encima de la desdichada Historia.

La palabra poética

Por eso, me quedo con esa humilde intrahistoria que tiembla y late en la emoción, coherencia y unidad de la poesía de Margarit. La poesía es y debe ser, como Antonio Machado quería, «palabra en el tiempo»; es decir, palabra no sólo de hoy y del ayer, sino del mañana. Y será así cuando venga avalada por el humanismo, por el afán de paz, por unas palabras que sanan y que salvan en el poema y no que enfrentan y agredan.

Abro su último libro. Leo sólo el último poema del mismo. Es un inédito. Se titula «Concerts/Conciertos». Podría ser considerado como un resumen, como una fe de vida, como un humildísimo testamento. No suelen ser ligeros los poemas finales. En él me encuentro con la música que salvó la niñez del poeta y que ahora le salva en la plenitud, con el cuarto en el que se escucha, con la presencia de «unos pocos amigos» (porque «es difícil escuchar entre una multitud»), y aunque a veces, en la vida, el poeta tenga que taparse los oídos para no escuchar lo «violento», al «Napoleón» de turno.

La vida es, como Margarit ha titulado en su libro, «Un viaje hacia la sombra». Pero un viaje superior y superador de las tensiones provisionales, críticas, destructivas. Entreabro las páginas de este libro y en modo alguno puedo ver este tipo de tensiones, tan de actualidad. La sombra es en la poesía de Margarit la del ser grave que pasa sus pruebas y que comienza superándolas al revivir su memoria de niño. El viaje no es otro que el interior y no el que conduce hacia las sombras y fantasmas de un presente agresivo y ciego, desesperanzado. Sin poesía.

Antonio Colinas

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