La pandemia da la puntilla al toro bravo | Fortuna

Nunca, ni en periodo de guerras ni en la pandemia de la gripe de 1918, dejaron de celebrarse festejos taurinos en España. Lo recuerda Antonio Bañuelos, presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), quien lamenta la suspensión de las corridas de toros y el maltrato que está recibiendo la llamada fiesta nacional por parte de los gobernantes. “Llevamos más de un año sin actividad y esto es la ruina para el sector, y en particular para los ganaderos. Los toros son un producto perecedero, ya que a una determinada edad tienen que ser lidiados, además de que hay que alimentarlos todos los días”, detalla Bañuelos.

Habla por boca de las 347 ganaderías inscritas en la UCTL y repartidas principalmente por Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura, Castilla-León y la Comunidad de Madrid. La situación es dramática para muchos. El año pasado, el ganadero Victorino Martín llevó a la plaza 17 toros del mítico encaste frente al centenar que lidió en 2019 en unas 15 corridas. En 2021, de momento, van seis toros lidiados en Jaén. Y asegura que es de los afortunados, sobre todo porque el nombre de los victorinos siempre tiene tirón. Cuenta con unas 2.000 cabezas dentro de tres ganaderías bravas, repartidas en dos explotaciones ganaderas, Monteviejo y Las Tiesas, ambas en la comarca de Coria (Cáceres). “Es una cabaña importante desde el punto de vista genético, ya que a través de varios encastes hay más de 30 núcleos genéticos”, explica Martín, que cree que muchas ganaderías reducirán tamaño debido a la crisis económica.

El toro bravo es especial, ya que es a partir de los cuatro años, y como máximo hasta los seis, cuando alcanza el potencial de bravura que se requiere para la lidia. “A partir de esa edad se le pasa el momento, y ya no sirve”, añade Bañuelos. En ese periodo de crianza, la alimentación, que se compara a la misma que recibe un atleta, y los cuidados del animal son clave: “todo tiene que estar controlado, con correctores de minerales, con proteínas, con vigilancia del veterinario, todo esto tiene unos costes”. Y estos se traducen, según el portavoz de los ganaderos, en unos 5.000 euros por cabeza antes de ir a la plaza.

“Es un animal que come todos los días, aunque ahora como medida hemos dejado de darle de comer los domingos, le viene bien el ayuno y es una forma de limpiarse”, dice Martín, que cuenta con 20 empleados a su cargo. “La ganadería de bravo es la que más mano de obra fija genera, entre tres y cinco veces más que una ganadería de vacuno manso”, añade.

Esto es insostenible, advierte Javier Núñez, propietario del hierro de La Palmosilla, ubicado en Tarifa (Cádiz). “Un año se puede aguantar, pero otro más en blanco sería la puntilla, la situación de la tauromaquia está en quiebra”, prosigue el ganadero, que cuenta con un millar de cabezas de ganado. Sin corridas de toros ni festejos populares, los toros están condenados a ir al matadero, donde se paga por animal, asegura, entre 300 y 500 euros. “Con unas pérdidas de ingresos del 90%, la ganadería está abocada al cierre y al despido de los trabajadores. Es una cadena, ya que también afecta a los fabricantes de piensos y a toda la economía que hay alrededor”, agrega Núñez, que no duda en calificarla de la mayor generadora de empleo en el entorno rural.

En la idea coincide también Juan Pedro Domecq, al frente de una ganadería, fundada en 1930, con 1.800 cabezas entre toros y vacas, que ha tenido que reducir en 500 animales la base de su cabaña. “Mando los toros directamente al matadero sin pasar por la lidia, con el dolor económico que ello supone, al que se añade el sentimental por no llevar al animal a la plaza”, asegura Domecq, que lamenta que si no se toman medidas urgentes y se vuelve a la actividad, muchas enseñas van a desaparecer. “Y la ganadería sustenta la España rural, además de toda la riqueza biológica que se encuentra en la dehesa”, agrega el ganadero, que estima las pérdidas por animal entre 4.000 y 6.000 euros. En una plaza como Las Ventas en Madrid, se puede llegar a pagar por un toro entre 10.000 y 12.000 euros, detalla Domecq, mientras que si se envía directamente al matadero el precio es de un euro el kilo de la carne en vivo, esto es, 500 euros por animal.

Más afortunado que otros ganaderos, a pesar de que en 2020 facturó un 15% de los ingresos que obtuvo el año anterior, ha sido Ricardo del Río, de la ganadería Victoriano del Río, con 1.800 cabezas repartidas entre Guadalix de la Sierra (Madrid) y Mayorga (Valladolid), que ha recibido 72.000 euros de los 100.000 euros como ayuda máxima que concede la Comunidad de Madrid a las ganaderías ubicadas en la región –en la UCTL hay inscritas 21­–. “Esta comunidad ha entendido bien la importancia de la cría del toro de lidia, y lo que el ganadero soporta y aporta a la España vaciada, además de que fija la población femenina en el entorno rural y eso es clave para su desarrollo”, prosigue Bañuelos.

En el resto de comunidades, salvo Castilla-La Mancha, que no ha aprobado ningún tipo de compensación económica, las ayudas oscilan entre los 6.000 y los 7.000 euros por ganadería. “Hay que poner el énfasis en que es la Administración la que tiene el poder de ayudar dentro de las medidas y las restricciones sanitarias, y velar de esta manera por los negocios con repercusión en las poblaciones en las que se está presente”, afirma Del Río, perteneciente a la sexta generación de ganaderos.

Además de la ruina económica, hay otro desastre en ciernes, el ecológico. “El toro es un elemento que conserva la naturaleza. En la dehesa favorece la convivencia con otras especies, mucho más que el ganado manso, además de la aportación de nitratos de mayor calidad debido a su alimentación, y además donde está el toro no hay pesticidas”, explica Núñez, que aporta como dato relevante el hecho de que tiene como vecino en tierras gaditanas a un ornitólogo de la Universidad de Oxford, admirado por la cantidad de pájaros que observa allí donde se encuentra el toro bravo. “Es el guardián y hace que se respete el entorno”, detalla.

 

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