La otra guerra de las Malvinas

En 1982 la Argentina estaba gobernada por una dictadura bajo el mando del teniente coronel Leopoldo Fortunato Galtieri. El 30 de marzo el movimiento obrero convocó una marcha hacia la plaza de Mayo, en Buenos Aires. Desde 1976 el régimen militar había secuestrado y asesinado a miles de ciudadanos, suprimido el derecho a huelga y prohibido la actividad gremial. Aun así, cincuenta mil personas convergieron en la manifestación que se realizó bajo el lema Paz, Pan y Trabajo, entre gritos de “¡Galtieri, hijo de puta!”, y terminó con enfrentamientos salvajes y más de tres mil detenidos.

Apenas dos días después, el 2 de abril, en la misma plaza, cien mil ciudadanos eufóricos alzaban banderas patrias y enarbolaban carteles con la leyenda “Viva nuestra Marina”, mientras un grito fervoroso avanzaba como la proa de un barco bestial: “¡Galtieri, Galtieri!”. La televisión mostraba al teniente coronel abriéndose paso entre una multitud rugiente que se disputaba espacio para abrazarlo. La voz de una locutora relataba con vehemencia: “¡Ha salido el excelentísimo señor presidente de la Nación a saludar a su pueblo! Todos lo han vitoreado. El señor presidente se acercó a esta multitud que lo aclamaba tanto a él como a las Fuerzas Armadas por la actitud histórica tomada en las últimas horas. ¡Gracias, gloriosa Armada Nacional!”. La locutora, el pueblo, el teniente coronel celebraban que, horas antes, tropas nacionales habían desembarcado en las islas Malvinas, un archipiélago del Atlántico sur que llevaba 149 años bajo dominio inglés con el nombre de Falklands Islands, y cuya soberanía se reclamaba desde siempre.

Siguió una guerra corta, de setenta y cuatro días. Pocas cosas se detuvieron en el país por ese conflicto. La selección de fútbol viajó al Mundial de España y debutó el 13 de junio con un partido en el que perdió contra Bélgica. Al día siguiente, la guerra terminó. El teniente coronel Galtieri anunció la rendición de esta manera: “Nuestros soldados lucharon con esfuerzo supremo por la dignidad de la nación. Los que cayeron están vivos para siempre en el corazón y la historia grande de los argentinos (…) Tenemos nuestros héroes. Hombres de carne y hueso del presente. Nombres que serán esculpidos por nosotros y las generaciones venideras”. Seiscientos cuarenta y nueve soldados y oficiales argentinos murieron en combate. El nombre de más de cien de ellos demoró treinta y cinco años en ser esculpido. No en la historia grande sino en una lápida.

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Con esta camisa iba a bailar.

Estas son las cartas que nos mandó desde las islas.

Esta es la cadenita que le regaló la novia, el anillo de casado, el reloj, el carnet de la Armada, las fotos de la dentadura y del ataúd y de la fosa que están en el informe que nos entregaron los forenses.

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Al terminar la guerra, miles de soldados regresaron a sus casas pero, salvo excepciones, el Estado no notificó oficialmente la muerte de los que no volvieron. Día tras día, semana tras semana, cientos de familiares recorrieron los cuarteles buscando al muerto vivo, al despedido al pie de un autobús semanas antes. Apostados al otro lado de los muros gritaban: “¿¡Alguien sabe dónde está Andrés Folch?!”; “¡Araujo, soldado Araujo!”.

Entretanto, el ejército inglés, que había sufrido 255 bajas, envió a las islas a un oficial de 32 años llamado Geoffrey Cardozo con el fin de ayudar a su tropa en la posguerra. Cardozo encontró un panorama inesperado: los cuerpos de los argentinos seguían esparcidos en el campo. Lo comunicó a sus superiores y, en noviembre de 1982, el gobierno británico presentó una nota a la junta militar argentina preguntando qué hacer. Según sostiene el historiador Federico Lorenz en el texto El cementerio de guerra argentino en Malvinas: “El gobierno militar respondió (…) autorizando el entie­rro de sus soldados caídos, pero “reservándose el derecho de decidir, cuan­do sea adecuado, acerca del traslado de los restos (…) desde esa parte de su territorio al continente”. Las idas y vueltas se debieron a que las consultas oficiales británicas incluían la palabra “repatriación”, algo inadmisible para la Argentina en tanto considera a las islas parte de su territorio”. Así fue como el destino de cientos de cadáveres quedó reducido a un asunto semántico.

Geoffrey Cardozo recibió la orden de armar un cementerio. Encontró un lugar en el istmo de Darwin. Recogió cadáveres insepultos, exhumó los sepultados, revisó uniformes buscando documentos, carnets, placas identificatorias: los rastros de la identidad esquiva. Logró reunir docientos treinta cuerpos pero ciento veintidós de ellos -restos mudos, sin placas ni documentos- quedaron sin identificar. Los trasladó, a todos, al cementerio. Los envolvió en tres bolsas y, en la última, escribió con tinta indeleble el nombre del sitio donde habían sido encontrados. En las cruces de quienes no tenían nombre hizo grabar una leyenda: Soldado argentino sólo conocido por Dios. Elaboró un informe minucioso y lo remitió a su gobierno que, a su vez, lo remitió a la Cruz Roja que, a su vez, lo remitió al gobierno argentino. El cementerio se inauguró el 19 de febrero de 1983. Luego, Cardozo volvió a Inglaterra. No regresó a las islas pero jamás dejó de pensar en ellas.

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Yo supe cómo había muerto mi hermano veinticinco años después de la guerra.

Yo pensé que ese cementerio estaba vacío.

A mí me habían dicho que estaban en una fosa común.

¿Cómo nadie nos dijo nada del trabajo que había hecho Cardozo?

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En 1982, un militar llamado Héctor Cisneros -cuyo hermano, Mario El Perro Cisneros, también militar, había muerto en la guerra y cuyos restos no habían sido identificados- fundó la Comisión de Familiares de Caídos en las Islas Malvinas que sentó una línea de pensamiento clara: todos –soldados y oficiales- eran héroes; todos eran el último bastión argentino en las islas y debían permanecer allí.

En 1983 terminó la dictadura, se restableció la democracia y la guerra quedó en la memoria como el intento agónico del régimen militar por unir al pueblo en torno a una causa épica. Ni los sucesivos gobiernos democráticos ni las fuerzas armadas entraron en contacto con -o confeccionaron un registro de- familiares de los soldados muertos; jamás notificaron esas muertes de manera oficial ni proporcionaron datos acerca de cómo se habían producido.

En 1999, un acuerdo entre países otorgó a la Comisión de familiares el mantenimiento del cementerio y en 2004 uno de los empresarios más ricos del país, Eduardo Eurnekian, costeó su remodelación. Reemplazó las cruces de madera por cruces blancas, hizo colocar lápidas de pórfido negro, alzó un cenotafio con los nombres de los caídos. Así, en los aniversarios de la guerra, los medios argentinos comenzaron a publicar imágenes de ese sitio de pulcritud vascular, una geometría perfecta crucificada por el viento a la que muchos creían un espacio simbólico, vacío.

Durante todo ese tiempo, el oficial inglés Geoffrey Cardozo conservó una copia de su informe, convencido de que el Estado argentino lo había dado a conocer a los familiares. Pero en 2008 supo que no: que los familiares ni siquiera sabían de su existencia.

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El lunes 20 de agosto de 2018, a las ocho de la mañana, un hombre camina hacia el bar La Biela, en el barrio porteño de la Recoleta, que a esa hora aún está cerrado. Hacen dos grados bajo cero. Camina erguido, encendiendo una pipa. Al llegar a la esquina, con un español cargado de acento británico, dice: “Oh, no. Está cerrado. Vamos a mi hotel”. El coronel británico Geoffrey Cardozo se hospeda a metros de allí, invitado por el Gobierno argentino: la cámara de Senadores le ha entregado una mención de honor por haber colaborado en el trabajo de identificación de los caídos en el cementerio de Darwin. Apenas sentarse, empieza su relato en lo que, más que una reacción automática, parece un pragmatismo radical.

-Cuando fui a las islas mi jefe me ha dicho: “Geoffrey, tienes que enterrar a estos soldados, es humanitario”. Entonces hice un registro muy detallado, porque algo me decía: ‘A lo mejor en el futuro su país podrá exhumar para ver si es posible identificarlos’. Me marché sintiéndome mal por no haber identificado a todos.

Veintiséis años después de la guerra, en 2008, llegó a Londres un excombatiente, Julio Aro, para asistir a jornadas sobre estrés postraumático. Le asignaron un intérprete: Geoffrey Cardozo. A lo largo de tres días Cardozo escuchó, incrédulo, el relato de Julio Aro que decía que ese año había ido al cementerio de Darwin por primera vez, había buscado los nombres de compañeros a los que había enterrado y no entendía por qué no estaban ni cómo era posible que hubiera tantos cuerpos sin identificar.

-Y ahí estalló mi furia –dice Cardozo-. Yo entregué ese informe a mi gobierno, que lo envió a la Cruz Roja y al gobierno argentino. Todo en 1983. Y años después veo que no sabían lo que había pasado. Una noche fuimos con Julio Aro a un pub y, después de tomar una cerveza, le di mi informe y le dije: “Sabrás qué hacer con él”.

Pero Julio Aro no entendió nada porque no hablaba una sola palabra de inglés.

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El 11 de junio de 2019, a las seis y media de la tarde, Julio Aro, excombatiente y fundador de la Fundación No me olvides, que brinda apoyo a personas con estrés postraumático, llega a un bar de Buenos Aires. En dos horas emprenderá el regreso a la ciudad donde vive, Mar del Plata, a 400 kilómetros de la capital. Aro fue a la guerra a los 19, poco después de haber terminado el servicio militar, entonces obligatorio. Cuando el conflicto terminó, regresó a su pueblo –Mercedes, provincia de Buenos Aires-, en una larga fila de buses que demoró dos horas en recorrer los últimos kilómetros: miles habían ido a recibirlos.

-Pero después no se habló más. La familia no te preguntaba. Los amigos no te daban pelota.

Estudió educación física, se mudó a Mar del Plata. La guerra era un recuerdo del que, a veces, brotaba un gemido incómodo. Hasta que en 2008 viajó a las islas, buscó los nombres de sus compañeros en el cementerio y no los encontró.

-Ese año fui a Londres con dos veteranos de guerra para unas jornadas sobre estrés postraumático. Y ahí dijimos que no entendíamos esa placa de Soldado argentino sólo conocido por Dios, que nosotros habíamos enterrado a nuestros compañeros. Me habían puesto un intérprete, el coronel Geoffrey Cardozo. El último día fuimos a un pub, y cuando salimos Geoffrey saca un sobre y dice: “Sabrás qué hacer con él”. Y se va. Estaba todo en inglés. Cuando volvimos a la Argentina lo hice traducir. Y cuando lo leí me dieron ganas de prenderlos fuego a todos. Porque el informe mostraba dónde se habían encontrado los cuerpos, dónde estaba enterrado cada uno, y decía que se había pedido al gobierno argentino que enviara a un grupo a reconocer a los que no había podido identificar Geoffrey. Y el gobierno no hizo nada.

En el informe había un número -16.100.924- que Cardozo había encontrado en el reverso de una medalla. Aro entendió que se trataba de un documento de identidad. Lo googleó y, en efecto, pertenecía a Gabino Ruíz Díaz, 19 años, muerto en la guerra. Fue a una oficina de Anses, una dependencia que paga jubilaciones y pensiones, y le pidió a un amigo un favor ilegal.

-Le dije: “Necesito saber quién cobra la pensión por este soldado”. Buscó y me dijo: “Una señora que se llama Elma Pelozzo y que vive en San Roque, Corrientes”. Tenía que ser la mamá de Gabino. Agarré la camioneta y me fui a San Roque, 1000 kilómetros, con estos dos compañeros. Y la encontramos.

La madre era diabética; el padre, enfermo de Alzheimer, usaba una silla de ruedas masticada por la furia del tiempo.

-Le preguntamos: “Elma, ¿te gustaría saber en qué lugar del cementerio está tu hijo?”. Y nos contestó: “¿Cómo no voy a querer?”. Ahí dijimos: “La mamá quiere. ¿Dónde están las otras madres?”.

Nadie –ni el estado, ni el Ejército- sabía dónde estaban. De modo que tuvo que ir a buscarlas.

-Pero antes fui a ver a Luis Fondebrider.

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La oficina de Luis Fondebrider, el presidente del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), parece un sitio del que alguien se estuviera llevando cosas de a poco. El espacio es aséptico comparado con el que ocupaba en el edificio antiguo del barrio del barrio de Once donde el Equipo funcionó hasta 2017, cuando se trasladó a este predio de simbolismos espesos. Al igual que la Secretaría de Derechos Humanos, el EAAF está en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionó un centro de detención clandestino durante la dictadura militar. Para este grupo que existe desde 1984 con el objetivo de aplicar la antropología forense a casos de violencia de estado y delitos de lesa humanidad, mudarse aquí fue un bucle paradójico y extraño.

-Nosotros siempre dijimos que desde lo técnico, la identificación era posible -dice Fondebrider-. Cuando vino Julio Aro a plantearnos si podía hacerse, le dijimos que sí. Eran fosas ordenadas en un lugar acotado, potencialmente existían muchas muestras de ADN. Pero ningún político quería debatirlo.

Había que salvar obstáculos –buscar familiares, exhumar muertos en territorio bajo dominio británico-, pero parecía una tarea noble. Identificar. Hacer los ritos de la muerte ante la cruz correcta. ¿Quién podía oponerse a eso?

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La periodista Gabriela Cociffi era, en 2008 directora de la revista Gente. Había cubierto la guerra a los 23 años y, desde entonces, jamás había abandonado el tema. Julio Aro la contactó, le habló del informe de Cardozo, de su visita a la madre de Gabino, de su intención de buscar a las demás. Cociffi le dijo: “Hagámoslo”. Empezaron a recorrer, por su cuenta, ciudades y pueblos. El método era rústico, impropio: llegaban, preguntaban. “¿Hay alguna familia con un soldado caído?”. Encontraron padres viejos que habían reconstruido la muerte de sus hijos como quien hilvana un cotilleo antiguo; o que conservaban la esperanza de que anduvieran por ahí, desmemoriados. Casi todos decían que querían saber. Sin embargo, un grupo se opuso categóricamente a que las identificaciones se llevaran adelante: los padres y las madres de la Comisión de Familiares de caídos.

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Decían que era un plan de los británicos para vaciar el cementerio y sacar la presencia argentina de las islas.

Decían que iba a ser un carnaval de huesos.

Para nosotros eran todos héroes y no necesitábamos saber dónde estaba cada uno.

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Los años pasaron. Aro y Cociffi viajaban buscando familiares. La Comisión, cada tanto, emitía comunicados que decían que “las pericias genéticas han sido rechazadas por los Familiares, por (…) hacer peligrar la permanencia de los restos de los Héroes en el lugar en el que deben permanecer a perpetuidad”. En 2010 se desclasificaron documentos que develaron que Héctor Cisneros, el presidente de la Comisión, había sido agente de inteligencia del batallón 601 del ejército durante la dictadura. Cisneros renunció y asumió en su lugar Delmira Cao, madre del soldado fallecido –no identificado- Julio Cao. Ella, como Cisneros, se opuso a las identificaciones. Aro y Cociffi intentaron acercamientos a la presidencia de la Nación, que ocupaba Cristina Fernández de Kirchner, pero el Estado no mostraba interés en abordar un tema en el que se mezclaban una guerra declarada por la dictadura, caídos entre los que había soldados rasos y oficiales, y una Comisión fundada por un militar que había formado parte de los servicios de inteligencia.

Las cosas se pusieron en movimiento por un email. En diciembre de 2011, Gabriela Cociffi le escribió al músico británico Roger Waters, que preparaba una serie de recitales en la Argentina: «Le pedimos que ayude a estas madres de Malvinas que desde hace más de 30 años no tienen dónde dejar una oración o una flor». Lo envió sin saber que él ignoraba dónde estaba enterrado su propio padre, caído durante la Segunda Guerra Mundial. Dos días después, Waters le respondió: “Tengo una reunión con tu presidenta. Decime qué necesitás que le pida”. El 6 de marzo de 2012, el ex Pink Floyd se reunió con Cristina Kirchner y le pidió por los soldados argentinos no identificados. Y el 2 de abril la presidenta anunció que había dirigido “una carta al titular de la Cruz Roja Internacional para que tome las medidas pertinentes e interceda ante el Reino Unido para poder identificar a los hombres argentinos y aun ingleses que no han podido ser identificados, porque cada uno merece tener su nombre en una lápida”. Poco después, la Cruz Roja armó un grupo de trabajo formado por el Equipo Argentino de Antropología Forense, el ministerio de Justicia y el de Desarrollo social que comenzó a viajar por el país buscando y entrevistando familiares -se preguntaba por las características físicas de los caídos que pudieran ayudar a identificarlos-, y tomando muestras de ADN.

Entonces empezaron los problemas de verdad.

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Virginia Urquizu es miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense e hizo muchas entrevistas con los familiares.

-La primera entrevista que hicimos fue terrible. Era con la mamá de un caído que era hijo único. Tocamos timbre. Un hombre respondió: “Soy el hijo, ya bajo”. Dijimos: “Acá pasa algo raro”. El caído no tenía hermanos. Adentro estaba la mamá con otros hombres que se presentaron como hijos de ella. Eran excombatientes que venían a presionar para que la madre no diera la muestra. Nos dijeron que ellos no iban a permitir que eso se hiciera, que éramos profanadores de tumbas, que era un manejo para traer los restos al continente. La mujer sólo dijo: “Yo voy a hacer lo que mis hijos digan”. Y no dio la muestra.

-Hubo familias que no dieron la muestra porque la Comisión de familiares iba antes y les decía: “No lo hagan, esto lo está usando políticamente el kirchnerismo, van a sacar los cuerpos y van a cerrar el cementerio” –dice Luis Fondebrider-. Algunos organismos de derechos humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, habían ido a las islas y hablaron de los caídos como de NN. La Comisión se opone a que los llamen así. La palabra “desaparecido” en la Argentina remite a la dictadura, y varios de los héroes de Malvinas fueron represores. Es difícil de procesar: un héroe de la patria que antes torturaba y mataba.

Héctor Cisneros, el militar y ex presidente de la Comisión, recibió a los miembros del grupo de trabajo y les dijo: “No voy a dar la muestra, estoy en desacuerdo con el trabajo que van a hacer, y voy a hacer todo lo posible para que no se realice”.

Mientras, desde un cementerio casi siempre solo, los muertos irradiaban muertes que ya eran mucho más largas que sus vidas.

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Es un día de sol y en la oficina de la Procuración General de la Nación donde trabaja Carlos Somigliana todo parece embutido a empujones: los dos escritorios, las tres sillas, las torres de papeles. Sin embargo, la ventana deja entrar una luz que le da al conjunto un aire amplio y campestre. Somigliana es abogado y forma parte del Equipo Argentino de Antropología Forense desde 1984. Recuerda los tres años durante los que recorrió el país entrevistando familiares con la felicidad de quien emprendió un viaje a una tierra fantástica.

-Había gente que te decía: “La causa Malvinas, cuestión nacional”. Y estábamos en el medio de una ruta sin guita para la nafta. Pero era hermoso. La recepción de la gente era entrañable. Era difícil porque había que manejar la expectativa. Uno les decía que había posibilidad de que el gobierno argentino acordara con el británico para que se pudiera hacer el trabajo de exhumación, pero que eso podía ser en un año, en diez o nunca. Y en ese momento, la Comisión de Familiares estaba taxativa y militantemente en contra, diciendo que este trabajo iba a ser un carnaval de huesos.

En 2016, tres años después de que el grupo empezara a trabajar, y bajo el gobierno de Mauricio Macri, se firmó el acuerdo entre la Argentina, Gran Bretaña y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Se estableció que se trabajaría con peritos argentinos, ingleses y españoles; que sólo se abrirían las tumbas no identificadas; que los cuerpos debían exhumarse e inhumarse el mismo día (por el temor de los familiares a que los retiraran del cementerio); que el trabajo se haría en el invierno austral de 2017. El acuerdo se llamó Plan de Proyecto Humanitario. En octubre de ese año, Delmira Cao dejó la presidencia de la Comisión de Familiares y asumió María Fernanda Araujo cuyo hermano, Eduardo Araujo, era uno de los caídos sin identificar. Ella, como sus predecesores, se opuso a las identificaciones. Pero en junio de 2017 el Plan de Proyecto Humanitario se puso en marcha. En medio de un paisaje de estoicismo violento, el CICR creó junto al cementerio un laboratorio repartido en cuatro containers: oficina, morgue, baño y cocina, depósito.

-Cuando vimos que Cardozo los había puesto en dos o tres bolsas, que había escrito los nombres de los lugares donde los había encontrado, nos dimos cuenta de que iba a ser muy sencillo –dice Luis Fondebrider-. Aparecieron algunos documentos en las capas interiores de ropa que Cardozo no encontró porque estaba trabajando en condiciones muy difíciles. Un día yo estaba revisando un cuerpo, saco un documento y era del hermano de María Fernanda Araujo, la presidenta de la Comisión, que no había querido dar la muestra.

Poco después, en otro cuerpo, encontró el documento de Mario Cisneros.

-El hermano de Héctor Cisneros, el expresidente de la Comisión que tampoco había dado la muestra. No podíamos asegurar que fueran ellos, pero había que entregarles los documentos a las familias y preguntarles de nuevo si querían dar la muestra.

Se analizaron los restos de 122 soldados argentinos, exhumados de 121 sepulturas (en una de las fosas había dos cuerpos), y se enviaron muestras a tres laboratorios. Los primeros resultados llegaron en diciembre y en tres meses se realizaron noventa identificaciones positivas.

Elma Pelozzo, la primera de las madres a las que Julio Aro había entrevistado, recibió la notificación en su pueblo. Con las piernas amputadas por causa de la diabetes escuchó, en el colegio que lleva el nombre de su hijo, la notificación del resultado en silla de ruedas: “las características físicas (…) son consistentes (…) lo que permite concluir que los restos inhumados en la ubicación señalada corresponden a quien en vida fuera Gabino Ruiz Díaz”. La mujer que, acompañada por excombatientes, se había negado a dar la muestra, accedió a hacerlo años después y recibió la notificación en un geriátrico, enferma de Alzheimer. Resultó positiva, pero quienes se la leyeron no pudieron saber si entendía lo que le estaban diciendo. La familia Cisneros recibió la visita de Carlos Somigliana que viajó hasta la provincia en que vivían, Catamarca, para entregarles el documento de Mario Cisneros. Las hermanas del caído aceptaron dar la muestra y poco después fueron notificadas con la ubicación exacta de la tumba.

El 26 de marzo de 2018 se organizó un viaje a las islas -costeado por el empresario Eduardo Eurnekian- con los primeros familiares que participaron del muestreo. Llegaron a la base militar de Darwin y fueron conducidos hasta el cementerio. Allí descendieron y caminaron en silencio hacia las lápidas como un río cauteloso que vuelve a un cauce seco. Tres horas más tarde regresaron al continente. Muchos habían recogido piedras de las tumbas pero los obligaron a desprenderse de ellas en el control de seguridad. La Comisión de Familiares, para entonces, continuaba oponiéndose a las identificaciones.

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En esta sala, Cristian Panigadi vio, a los 20 años y por televisión, la noticia de que su padre, Tulio Panigadi, marino mercante y capitán del buque de abastecimiento Isla de los Estados, había muerto.

-Yo estaba mirando la tele y un comunicado de los milicos dice que habían hundido el buque de mi viejo.

Panigadi es médico, y habla sin resentimiento aunque no sabe nada de lo que ocurrió en el sur.

-Cuando empieza la guerra, el buque de mi viejo, el Isla de los Estados, que hacía el recorrido entre Buenos Aires y el área patagónica, quedó bajo bandera y lo usaron para trasladar armamento entre las islas. El 10 de mayo el barco fue atacado y lo hundieron. Salió una balsa con cuatro personas. Mi papá, el capitán militar, el ayudante de cocina y el primer oficial. El oficial murió cuando llegaron a la playa. Al capitán militar y al ayudante los rescataron. Pero durante años pensé que sólo había sobrevivido el ayudante de cocina, no tenía idea de que había sobrevivido también el capitán militar.

Las versiones acerca de cómo murió su padre son varias: se arrojó al agua confiado en que podía llegar a la orilla y se lo llevó la corriente; hubo una discusión, alguien le disparó y cayó al agua, vivo o muerto.

-¿Qué pasó ahí? No sé. En el año 2000, leyendo un diario, veo una entrevista al capitán militar y digo: «Oiga, ¿y este de dónde salió?”. Lo llamé. Y no le pregunté nada. Es una persona que vivió un drama terrible. El momento político de la guerra era nefasto. Usaron Malvinas como una causa nacionalista. Se jugó el Mundial, la gente iba a la plaza a vivar a Galtieri. Los diarios lo vitoreaban. Yo nunca me moví con comisiones de héroes ni de familiares. Los discursos nacionalistas y mesiánicos no me los banco. La sensación con mi viejo fue que se había ido de viaje. Hasta que en un punto dejó de ser así. Y no sé en qué momento fue ese punto. Pero cuando me llamaron para preguntarme si estaba dispuesto a dar una muestra de ADN, dije que sí enseguida. Aunque no tenía esperanza, la omnipotencia tiene un límite.

Tal como esperaba, lo notificaron con una exclusión: un resultado negativo. Aun así, el 13 de marzo de 2019 se sumó al viaje de los familiares. Como los notificados con una exclusión no podían llevar acompañante, solo y sin tumba Panigadi fue hasta el cenotafio y buscó el nombre de su padre.

-Lo que más sentí fue rabia. Veía a las señoras sentadas en la tierra, vistiendo las cruces con la ropa de los caídos. Pensaba que ni el nazismo hizo esto: yo tengo que agradecer que a 40 años del conflicto pude ir al cementerio.

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Mercedes Salado es española, forma parte del Equipo de Antropología Forense, y ella y Luis Fondebrider fueron los peritos del EAAF designados por la Cruz Roja para trabajar en las islas. La Comisión de familiares expresó reparos ante la elección de Salado: «se trata de una española cuando Argentina tiene muchos forenses de prestigio, lo que evidencia un desprecio por nuestros profesionales», dijo César Trejo cuando aún formaba parte de la Comisión y exigía que, si el proceso seguía adelante, se designara como perito a Héctor Enrique Brunner, ex combatiente de Malvinas y médico forense que sostenía que “(…) no sería nada extraño que traten de sacarse el cementerio de encima, que es la meta final de esto”.

-En todo el tema de Malvinas ha habido mucha manipulación de grupos políticamente confrontados que han tenido a los familiares como el jamón del sándwich –dice Salado-. Se había instalado la idea de que el interés de este proyecto era sacar la presencia argentina de las islas. Costó mucho que se entendiera que identificación y traslado no eran sinónimos.

-Según lo que encontraron al exhumar, ¿el trabajo de Cardozo fue bueno?

-Cuando la cosa viene mal, desde el principio empiezas a encontrar contradicciones entre el registro escrito y lo que sale en el terreno. Y nosotros íbamos siguiendo el registro y lo que encontrábamos se relacionaba con lo que decía la bolsa. A mí me sorprendió lo prolijo que fue su trabajo.

Esteban Tries pertenece a un grupo llamado Malvinas, educación y valores, que difunde el tema en colegios. Fue a la guerra con 19 años y, después, vendió autos, fabricó ropa, y un día lo dejó todo para abocarse a “la gesta”.

-Yo también me oponía a las identificaciones porque un legista forense, Brunner, nos decía que la única forma de hacerlas era traerlos al continente. Y los familiares decían “No” y nos alineamos con ellos. Hoy los familiares están sonrientes y agradecidos. Le pedí disculpas a Julio Aro, porque él unos ocho años atrás vino a verme y me dijo: “Esteban, vamos a hacer esto”. Y le dije: “Sos una basura”.

Esteban Tries parece el hombre clave en un engranaje que empieza con un excombatiente –Walter Neira- que le cuenta a una madre –Delmira Cao- algo que creyó ver, y que sigue con esa madre tomando una decisión -oponerse a las identificaciones- basada en un dato errado.

-Yo me enteré de cómo murió Julio a mediados de 2017, por otro excombatiente, Héctor Rebasti. Rebasti me dijo que había escuchado a un excombatiente contar que había visto que Julio Cao había quedado pulverizado. Rebasti sabía que no era así, que la onda expansiva lo había matado pero que ellos lo habían enterrado. El excombatiente que contaba eso era Walter Neira. Cuando Rebasti me cuenta le digo: “Le tenés que contar a Delmira”. Pero no se animó. Después Neira murió, y cuando me invitaron a la televisión conté cómo había muerto Julio Cao, para homenajearlo.

-Cuando lo contaste en televisión ¿no pensaste que la familia podía estar viendo?

-Es que yo con Delmira ya lo había hablado. En la intimidad.

-¿Qué te dijo?

-Se quedó así, no me dijo nada. Y para mí ella es la referente.

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Le dieron un peine. Un crucifijo de plata. Una carpeta con un informe técnico, imágenes de un ataúd, de una dentadura, fotos con epígrafes: “conducción del féretro a la reinhumación”, “féretro dispuesto en la tumba”. Antes de eso, hubo una vida corta.

-Yo siempre junto cosas, acumulo. A veces pienso que fue porque cuando era chica no tuve nada.

Adriana Rodríguez Guerrero, 57 años, madre de cuatro hijos, habla con el susurro tímido, sumiso y arrepentido con que los creyentes se confiesan. Está en la sala de su casa en Lomas de Zamora. En el comedor hay una vitrina sobre la que se apoya, enmarcada, una camiseta de fútbol en la que se lee la palabra “Lobito”. Al pie, una foto de Gustavo Rodríguez, el hermano de Adriana, vistiendo esa camiseta.

-Me enteré hace poco que en el club le decían Lobito –dice Adriana, recorriendo la trama del mantel con las uñas pintadas de un violeta cansado.

Vivían en el campo, en la provincia de Santiago del Estero. Cuando ella tenía cuatro y él tres, sus abuelos fueron a buscarlos -la madre no se ocupaba de ellos- y los llevaron a Lomas de Zamora donde se criaron en casas de parientes que, a los 14, la mandaron a trabajar como empleada doméstica.

-Mi hermano empezó a trabajar en lo que conseguía. Dormía donde lo agarraba la noche.

En 1981, a los 19, Adriana se casó con el hombre que aún es su marido, y su hermano fue convocado al servicio militar.

-Todavía estaba haciendo el servicio militar y nos avisaron que lo mandaban a Malvinas. Fuimos a verlo. Nos sentamos en el pasto, conversamos.

Se despidieron sin tragedia. Después hubo cartas, unas encomiendas y, finalmente, silencio. Gustavo estuvo muerto durante cinco días –del 11 al 16 de junio- sin que su hermana lo supiera.

-Terminó la guerra y nadie te sabía decir nada. Mirábamos los noticieros buscando la cara. Al final, alguien fue a avisar a la casa de mis abuelos y mandaron a unos vecinos a avisarme. Pero me enteré cómo había muerto veinticinco años después, en 2007. Un excombatiente me buscó durante años y me contó. Mi hermano estaba en el casino de suboficiales. Justo había entrado para hacer la guardia. Y pasa un avión y cae una bomba.

A lo largo de más de tres décadas, Adriana no recibió notificación oficial del fallecimiento de su hermano ni datos acerca de cómo se había producido; no fue contactada por funcionarios de ningún gobierno ni por el ejército que lo llevó a la guerra. Un día de 2008, un excombatiente llegó hasta su casa.

-Era Julio Aro y me preguntó si yo quería saber dónde estaba mi hermano, pero le dije que no. Años después me llamaron de Derechos Humanos, y les dije: “No, esto es todo mentira, todo política”.

Pero en 2018 supo –por Facebook- que dos compañeros de su hermano habían sido identificados.

-Y dije: “No puedo ser tan egoísta”. Así que me contacté con derechos humanos.

Poco después la citaron para la notificación. Fue acompañada por algunos de sus hijos, que ni siquiera habían conocido al tío muerto, y escuchó la lectura del informe que decía que su hermano estaba en la tumba número diecinueve.

-Yo pensé que en estos 37 años ya había llorado, ya había hecho el duelo. Y no. Se ve que todavía lo esperaba. Yo no puedo entender que no nos hayan contado que Geoffrey Cardozo había hecho ese trabajo. Y le doy gracias a Dios porque le dio una santa sepultura. Dije: “Señor, no lo abandonaste en ningún momento”. Yo fui al viaje de los familiares este año. Y cuando vi ese lugar… lo que pensé fue: “¿Por esta mierda Gustavo se murió?”.

Le quedan pocas fotos de su hermano, pero tiene cartas que él envió desde las islas: “Hoy la verdad que ocurrió algo muy lindo acá donde estamos nosotros. Vino el presidente Galtieri. El general Lami Dozo, toda gente importante. También vino ATC y (…) Gómez Fuentes nos filmó ¿Sabés qué lindo que fue eso? (…) ¿Sabés, Adriana? Yo en televisión”. Gómez Fuentes conducía el noticiero de ATC, el canal público. Lami Dozo era el comandante de la fuerza aérea.

-Para él fue gente importante. Pero para mí esa gente fue basura. Con tan poco se conformaba.

En 1981, cuando Adriana se casó, ya existían los VHS pero los precios de las grabaciones en video eran muy altos así que, para tener al menos un registro en audio, su boda se grabó en dos casetes TDK. Un día, mientras su hermano estaba haciendo el servicio militar y la guerra no era siquiera una posibilidad lejana, fue a visitarlo al cuartel.

-Mi marido me había regalado un grabadorcito, y en uno de los casetes había quedado un poco de cinta libre, así que ese día fui al regimiento y lo grabé.

En esa charla Gustavo tiene 18 años, está completamente vivo y se queja de cosas que, poco después, parecerán banales: dice que los oficiales los despiertan en medio de la noche y les dan un minuto para vestirse, que si no cumplen los castigan, que no les permiten quedarse con la comida que les llevan las visitas. No sabe que meses después una bomba lo exterminará en el Atlántico Sur, que su hermana pasará treinta y cinco años sin saber dónde está enterrado, veinticinco sin saber cómo murió.

-Hace unos años volví a escuchar esa grabación. Pero es muy triste. Siempre pienso que si él hubiera estado con nosotros todo hubiera sido distinto. Él tendría sobrinos, estaríamos juntos. En cambio, no me quedó nada. Me quedaron las cartas. Me quedó el perfume que usaba.

-¿Qué perfume era?

Como si despertara de un trance, levanta los ojos del mantel y dice:

Wild country, de Avon. Ese perfume no se me va más.

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