La ‘normalidad’ también era esto | Babelia

Los Lykov llevaban más de cuarenta años apartados del mundo cuando fueron “descubiertos” en el verano de 1978 en una zona remota de la taiga siberiana. Karp Ósipovich Lykov y sus cuatro hijos practicaban una variante especialmente radical del cristianismo ortodoxo y aún hablaban del zar como si estuviera vivo, en un ruso anticuado, difícil de comprender para sus interlocutores. Los más jóvenes nunca habían visto a ningún otro ser humano aparte de sus padres. Vestían con ropas de arpillera de cáñamo, iban descalzos y se alimentaban principalmente de patatas y piñones: cualquier otra comida y utensilio que no hubieran sido producidos por ellos “no les estaba permitido”, decían.

A pesar de lo excepcional de sus circunstancias, los Lykov tenían algo parecido a una rutina, sobre la que el periodista Vasili Peskov reportó en el Komsomólskaya Pravda durante más de una década: el trabajo en el huerto, la elaboración de recipientes de corteza de abedul para guardar las provisiones, un poco de pesca y de caza menor y la lectura de libros litúrgicos y la oración ocupaban la totalidad de una jornada vivida de acuerdo a “la vieja fe”. Peskov se convirtió en un visitante asiduo y narró sus encuentros con los Lykov en unos artículos que despertaron la simpatía de sus lectores para con unas personas que representaban una vida simple y mejor al margen de la sociedad soviética. Impedimenta publica ahora el libro que reúne esos artículos, bajo el título Los viejos creyentes, y lo hace en un momento en que la voluntad de aislamiento y la idea de que el contacto con los otros es potencialmente peligroso ya no son patrimonio exclusivo de los viejos creyentes.

Una vida simple y mejor es la que tratan de vivir también Luz del Fuego, la bailarina y performer brasileña que creó una colonia “naturista” (es decir, nudista) en la bahía de Guanabara en la década de 1950, como narra Javier Montes en su quest del mismo título, y la protagonista del manga de Miki Yamamoto Sunny Sunny Ann!, una joven que vive en su coche, se prostituye ocasionalmente y paga un precio no menor por su rechazo a las restricciones impuestas a las mujeres de su clase en nombre de su propia “seguridad”. Y es la vida a la que aspira Perro Pequeño, el protagonista de En la Tierra somos fugazmente grandiosos, primera novela del poeta norteamericano Ocean Vuong.

Perro Pequeño tiene una madre y una abuela vietnamitas y un padre estadounidense ausente y maltratador; en la escuela es excluido por ser inmigrante y por su mezcla racial, pero los hechos determinantes de su vida son su homosexualidad y una historia de amor intensa y desgraciada que vive junto a su amigo Trevor: su queerness supone una dificultad añadida en su tránsito a la vida adulta, que Vuong, cuya novela, como ha afirmado en varias ocasiones, contiene muchos elementos autobiográficos, narra en detalle. Perro Pequeño encuentra belleza y felicidad en los márgenes de los márgenes de la raza y el género, pero también dolor, y Vuong brilla especialmente cuando muestra la escasa distancia que existe entre las unas y el otro con una prosa lírica y de rara perfección, poética en el sentido menos disuasorio de esta expresión, por lo general, temible.

Una chica es una cosa a medio hacer, de Eimear McBride, también está narrada con una excepcional prosa poética, igualmente es una primera novela y se ocupa de una cierta forma de radicalismo religioso y de una sexualidad poco normativa, todo lo cual la relaciona con los libros de Peskov y Vuong. La narradora de la novela se expresa en una lengua rota, como si fuera una orfebre que sólo dispone de un hacha para hacer su trabajo. Los temas de la religión y la culpa en el libro remiten a la literatura de Edna O’Brien, pero su lenguaje prueba que su joven autora aprendió de James Joyce y de Samuel Beckett todo lo que vale la pena aprender de ellos, que no es poco.

La narradora de Una chica es una cosa a medio hacer cuenta su historia y la de su hermano menor, que sobrevive a un tumor cerebral en sus primeros años de vida pero queda intelectualmente limitado, así como la de su madre, que los cría en un ambiente asfixiante y muy religioso en el que la supervivencia del niño es tanto un “regalo de Dios” como su castigo. Ya adolescente, el hermano menor trata de encajar en el colegio, pero es humillado y maltratado. La narradora, por el contrario, disfruta de su condición de paria: comienza a acostarse con los acosadores de su hermano para protegerlo y en reconocimiento de un poder que ejerce sin control alguno. El abuso y el sexo violento con desconocidos (y al menos un familiar, el marido de una tía) son su forma de expiar pecados que se inscriben, en la línea temporal, después de la enfermedad del hermano, pero que, en un sentido moral o religioso, anteceden y justifican su condición: en el mundo de la religión y de la culpa en el que los personajes viven, el hermano menor enferma “por” los pecados de la narradora, y cuando el tumor regresa y el hermano muere, la culpa ahoga a la narradora, literalmente.

La desaprobación y el rechazo de los demás y los temas de la redención y el castigo resuenan en estos libros, cuyos personajes son o se encuentran en situaciones “singulares”. Notablemente, es lo que le sucede también a Arvid Jansen, quien recoge a su exmujer en las afueras de Oslo en un estado de confusión absoluta una madrugada un año después de que ella lo abandonara y, con ella, regresan a él los meses previos a la separación, su soledad, la de ella, la de los hombres “en su situación” para los que dormir es imposible. Per Petterson es uno de los autores noruegos más populares de su país, y su nueva novela, narrada en un estilo digresivo y algo moroso del que la evocación es el rasgo dominante, justifica su popularidad tanto en Noruega como en el exterior. La juventud perdida, las fábricas, el Partido, la conciencia de clase, las pequeñas traiciones, los equívocos, las peleas, la tragedia familiar en el pasado reciente del protagonista, las lecturas, la culpa, una excursión con la hija mayor, las mujeres, la necesidad de escapar, un encuentro en un cementerio, el abismo que se abre entre sus hijas y él y la liberación que supone, por una vez, cuatro años después de los hechos narrados en la mayor parte del libro, dejar de lado el malestar propio porque es el malestar de los otros, y su dolor, el que debe ser solucionado, se suceden a modo de epifanías intensas aunque breves que apenas dejan huella en Jansen, cuya falta de atributos lo convierte en el personaje moderno por excelencia. También en su relación con la ciudad, en este caso Oslo, esa ciudad donde todo parece posible todavía.

Perro Pequeño, los Lykovy, Ann, los personajes de McBride y el protagonista de Petterson son excepcionalmente heterodoxos, pero los une una búsqueda de aceptación y de normalidad que resuena especialmente en nuestros días, cuando la expectativa de una “nueva normalidad” parece dividirse entre quienes prefieren creer que todo será “como era antes” y aquellos, quizás más rea­listas, que se ven incapacitados de imaginar un futuro que no esté condicionado por las amenazas que provienen del medio ambiente y de la torpeza gubernamental. Aun imperfecta, la normalidad que disfrutamos hasta la pandemia era la de un mundo extraordinariamente diverso en el que cabían vidas como las de estos personajes, que oscilan entre la promiscuidad y el aislamiento, entre la esperanza y la decepción, y que proponen posibles “nuevas normalidades”, muy poco normales, para quien sepa dar con ellas y se haga la antigua y muy pertinente pregunta acerca de cómo se debe vivir.

“Déjame volver a empezar”, pide Perro Pequeño a su madre al comenzar su carta, y al final de la novela de Per Petterson su protagonista afirma: “El nudo se deshizo. Algo se acabó. Y era maravilloso. Lo oyes, Jondal, dije en mi interior, es maravilloso”.

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