La noche de mi mal

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En el repertorio de María Dolores Pradera y Chavela Vargas hay una hermosísima canción de desamor, con tintes dolorosos, titulada «La noche de mi mal». «No quiero ni volver a oír tu nombre, no quiero ni saber adónde vas, así me lo dijiste aquella noche, aquella negra noche de mi mal…». Así comienza la primera estrofa, con el desgarro confeso por una ruptura, que siempre supone un fracaso, como el vivido en la madrugada del pasado domingo por Rivera, Albert.

De tanto ir el cántaro a la fuente acaba por romperse. Con la incertidumbre del tactismo, de no saber de qué manantial se bebe. En días feriados reivindica a Adolfo Suárez. En laborables se pone socialdemócrata. De mañana lleva el traje liberal reformista para tratar de eclipsar al indefinido PP. A mediodía surge el subidón patriótico-ilustrado de las Cortes de Cádiz. Al atardecer sale a hombros de la monumental de Barcelona junto al diestro catalán Serafín Marín, en defensa de la libertad de ir a los toros. Una reivindicación de la que nunca más se supo.

Albert ha sufrido un tremendo batacazo. Su marcha deja descabezado al partido. Ha sido visto con Malú desayunando en un bar de la Autovía de Extremadura. El mejor destino para aclarar las ideas y digerir el trago es una dehesa en montanera. O cruzar el Guadiana para adentrarse en el Alentejo portugués, donde confluyen un mejor clima por las bondades del Atlántico y una izquierda no bolivariana.

Queda al frente del aparato José Manuel Villegas, hombre gris de pensamiento, palabra, obra y omisión, que vino a nuestra tierra hace unos meses para defender la fallida operación Silvia Clemente. Un abogado que parece una mutación moderna de los caballeros del cuadro del Entierro del Conde Orgaz. Sin golilla ni cruz de Santiago al pecho, como símbolo del servicio a España.

En medio de la conmoción, Francisco Igea se muestra preocupado por el gobierno frentepopulista que ya tienen Sánchez e Iglesias en mente. Ante la gravedad del hecho, otro paso más en la voladura del sistema constitucional de 1978, en la liquidación de un periodo de estabilidad con más luces que sombras, el número dos de la Junta de Castilla y León propone ofrecer al PSOE el gobierno de comunidades como esta y Andalucía, en manos de PP y Cs, para evitar el pacto estatal con Podemos. Pero el comandante en jefe Villegas le desautoriza. Lo bueno de los vicepresidentes, da igual Paco que Pica, es que van a su aire y tienen criterio propio. Lo que supone un mérito en estos tiempos.

Ignacio Miranda
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