La mentira por bandera

En 1997 el gran cineasta Steven Spielberg, cuyo proyecto creativo ha pretendido mostrar una versión épica renovada de la historia de Estados Unidos, estrenó la película «Amistad». El título recordaba el de una goleta española, protagonista de un episodio acontecido en 1839, que en efecto tuvo que ver con los horrores del tráfico negrero en su etapa final, ilegal y por ello aún más peligrosa. Ahí termina la verdad. El resto de lo que cuenta, con algún dato más para despistar, es pura leyenda negra. En la película, mientras el barco costea en Cuba, el antiguo jefe tribal Joseph Cinqué promueve un motín y se apodera del mando; ya se sabe que los españoles son malos marinos e indisciplinados que duermen la siesta. Intentan retornar a África. Alcanzan Estados Unidos (buena suerte), donde son hechos prisioneros. Como los huídos no hablan inglés (mala suerte), son capturados y llevados a juicio. Un fervoroso abogado abolicionista demanda su libertad. El caso llega al tribunal supremo y el patricio bostoniano y expresidente John Quincy Adams logra su definitiva salida de prisión. Fin de la novela. En la historia verdadera, el protagonista Joseph fue capturado por otra tribu africana y esclavizado hasta que fue vendido a los portugueses; los esclavos, que eran muy valiosos, paseaban por cubierta para que no enfermaran ni perdieran masa muscular y peso; el abogado que los defendió en el juicio en Estados Unidos no fue un mequetrefe, sino un experto que tuvo importantes cargos políticos; el único juez implicado fue abolicionista; los españoles malvados Montes y Ruiz pagaron su fianza y retornaron a Cuba; el presidente Van Buren, que en la película evidencia su miedo a que el sur declare la guerra al norte, debía ser adivino, porque se habría adelantado veinte años a la guerra de secesión. Mejor no seguir. El descubrimiento de la «Clotilda» pone las cosas en su sitio y supone cierta justicia poética. Hallada en regiones que formaron parte de la monarquía española y del virreinato mexicano, evoca que los horrores masivos e inconcebibles de la esclavitud no formaron parte de la experiencia hispana. La trata atlántica (una parte reducida del total, pues hay que añadirle la interior en África y la masiva que se dirigió hacia el Medio oriente) fue practicada por portugueses, franceses y sobre todo británicos. La abolición, primero de la trata, luego de la propia esclavitud, la demoró cuanto pudo en la España del siglo XIX la sacarocracia cubana, la elite del azúcar y los ingenios, con la complicidad de las clases mercantiles catalanas y de otros lugares. Otra historia por contar.

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