La letra pequeña

Las personas viven como metidas en cápsulas. Ahí dentro llevan sus ideas, cultivan sus prejuicios, se ven trajinadas por sus afectos. Son las crisis sociales y personales las que agrietan esa frágil armadura que les garantiza circular con un relativo equilibrio arrastradas por la corriente de las cosas. El coronavirus vino a tensar esa situación. El miedo se impuso en la zona de las emociones, y por eso seguramente los Gobiernos acudieron a los recursos de la ciencia para lidiar con la pandemia. Los expertos son los que saben, vinieron a decir, así que de su mano vamos a transitar por este desfiladero. No iba a ser así porque son los políticos los que deciden, pero eso fue lo que se nos procuró hacer creer. El teatrillo. Salía un caballero todos los días y recitaba el estado de la cuestión: número de contagiados, muertos, la curva, los nubarrones que se veían al fondo, las recomendaciones de las autoridades mundiales, la batalla por la vacuna. Todo parecía claro aunque estuviera a veces bastante enmarañado. Los científicos estaban aprendiendo cómo se comportaba una criatura extraña, no estaba en sus manos disponer de la solución, la andaban buscando. Prueba y error: muchas veces cambiaron sobre la marcha de criterio. Pero la puesta en escena funcionó bien. Los ciudadanos entendieron que los trataban como adultos y que les explicaban el asunto. Eso sí, hubo quienes arremetieron contra el mensajero. E inmediatamente después surgió un coro de entusiastas para defenderlo.

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